Duele constatar que el mundo es un lugar indudablemente peor desde que se nos fue Carlos Pérez de Rozas. Que es un sitio menos humano, menos divertido, desde que, hace ya más de una semana, cerró los ojos por última vez. Aquellos ojos, centelleantes, hipnóticos, incapaces de restar quietos ni un solo instante, desorbitados, con los que escudriñaba el horizonte. Con los que jamás dejó de mirar el mundo como si fuera un niño; un niño encerrado en un cuerpo de hombre. Un niño, orgulloso continuador de una irrepetible saga de fotoperiodistas, al que nunca olvidaremos, al que nunca dejaremos de echar de menos y de recordar sus discípulos, ahora desnudos, huérfanos del faro, de la luz, que guió los primeros pasos de muchos de los que, gracias a tipos como él, nos entregamos a esta bella tarea de retratar historias, al que es el mejor oficio del mundo; como proclamaba el también añorado Gabriel García Márquez, de quien la escritora mexicana Ángeles Mastretta afirmó en una ocasión que “uno le quiere como quiere a la luna, porque le pertenece a cada uno de distinto modo”. Así quisimos, queremos y querremos, también, a Carlos Pérez de Rozas. Como a un padre. Como a una madre. Como a un hermano mayor. Como al mejor de los amigos. “Hacía que cada uno de sus amigos se sintiera especial. Que todos nos pensáramos que éramos su mejor amigo”, apuntó Concita De Gregorio, columnista de La Repubblica, en la emotiva ceremonia que sirvió para despedirle.

“Los que lo tienen jodido son sus amigos. Él era cocaína. Ahora les van a dar una aspirina y la gente no va a entender nada”, lamentó su hermano Emilio, que dos días antes, mientras todos tratábamos de digerir una de aquellas noticias que provocan un vacío insondable, quiso decirle adiós para siempre a Carlos a través de un maravilloso (e imprescindible) texto en El Periódico, uno de los muchos medios que crecieron gracias al hombre por el que hoy todavía lloramos. Ni siquiera hace falta glosarlos todos, enumerar todos los méritos profesionales que acumuló a lo largo de su trayectoria. Porque ni periodista ni profesor serán jamás suficientes para presentar la figura de un hombre único. Extraordinario. Carlos era una persona, en el sentido más puro, más pleno, más genuino, de la palabra. Una persona cercana. Humana. Que se desvivía por los suyos. Y los suyos éramos todos. Porque todos, todos, nos sentíamos parte de su vida. Y de él.

 

Carlos Pérez de Rozas era un monstruo comunicativo. Un tsunami

 

Pero Carlos Pérez de Rozas no solo era todo eso. No cometamos el pecado de subestimar su figura quedándonos con solo una de las dos caras de la moneda. Porque –al César lo que es del César– Carlos, tan cariñoso como salvaje, tan entrañable como explosivo, tan afectuoso como eléctrico, era, a la vez, un profesional brutal. E incansable. Era un monstruo comunicativo. Un tsunami. Recuerdo la primera vez que le vi en una clase, su hábitat natural. Saltaba por el aula; enloquecido, desatado, desbocado, entregado a su pasión. Volaba como una mariposa, como su admirado Muhammad Ali. Corría arriba y abajo; tropezándose con las sillas, maldiciendo el proyector. Nosotros, ojipláticos, permanecíamos agarrados, atornillados, a las sillas; poseídos, hipnotizados, hechizados, por su espíritu indomable, por su capacidad, inigualable, de explicar historias, por su irrefrenable energía, por su infinito poder de convicción. “Nadie contaba las historias como él”, acentuaba Ramon Besa en un precioso texto en el que también aseveraba que “nada resulta más descorazonador en vida que ver ahora mismo a Carlos Pérez de Rocas muerto, quizás porque nadie se le imaginó nunca quieto, ni siquiera dormido, tal que fuera un periodista de película, de aquellos que no tienen edad, siempre presentes y persuasivos, de los que no hablan ni caminan sino que seducen y saltan para anunciar las noticias”.

Aquellas clases, memorables e inolvidables, las más enriquecedoras que he presenciado en toda mi vida, sentado en un pupitre desde el que a menudo pensaba en que Carlos podría haberse puesto a recitar la lista de la compra y que le hubiéramos escuchado con la misma incondicional admiración, no eran sobre fotoperiodismo. Eran lecciones sobre la vida. Sobre la vida que no cabe entre cuatro paredes. Sobre la vida que le caía de sus bolsillos, desbordantes de pasión, de alegría, de la felicidad más pura. Recuerdo que Carlos se saltó el plan de estudios a más no poder; consciente de que un mundo tan cambiante como el del periodismo no puede enseñarse como si fueran matemáticas exactas, convencido de que, a pesar de la triste deriva de este bello oficio, tan pervertido, tan esclavo de la dictadura de los clics, del morbo, el valor de las historias bien explicadas será siempre incalculable. De él, que ahora debe estar desgañitándose al grito de La vida puede ser maravillosa junto al gran Andrés Montes, aprendimos a mirar el mundo. Mientras abarrotábamos los márgenes de nuestras libretas con nombres de fotógrafos o títulos de libros; mientras nos descubría, orgulloso, las portadas más bonitas, como aquella que el The New Yorker le dedicó a Prince, Carlos nos enseñó a salir de la caja, a salir del paisaje. A fijarnos en los pequeños detalles. A amar los pequeños detalles. Nos inculcó, nos inoculó, la necesidad de pensar cinco minutos antes de poner cada punto y final, de darle siempre dos vueltas más a todo, buscando la excelencia, lo diferente; perfeccionista como era. Acabó de despertar, en muchos, la pasión por esta profesión tan desprestigiada, tan maltratada. Nos iluminó el camino, tan oscurecido por las sombras que se ciernen sobre él.

En los momentos de mierda, en los que uno piensa que quizás valdría más mandarlo todo a la mierda, la cuota de autónomo y los cinco trabajos que te dejan sin vacaciones, y abrazar otro trabajo con el que tener menos preocupaciones, uno sigue agarrándose al legado, a la huella, de Carlos, un tesoro irrompible. Indeleble. Inmarcesible. Eterno. Gracias a él, que tanto repetía aquello de fácil, fácil, fácil, también aprendimos el poder de los adjetivos. Y el de la fotografía. Siempre nos decía que las imágenes de la derrota, de las debacles, son mucho más potentes que las de las victorias. Ojalá estuviera aquí para ver la preciosa foto de los suyos rodeando el féretro con el puño en alto, con una sonrisa, cantando, a pleno pulmón, la letra de la exquisita Hey Jude, de sus Beatles; la imagen con la que se cerró su entierro. “Esto es un homenaje a la vida”, remarcó su hijo Carlos cuando tomó la palabra. “Un día, Carlos Pérez sin roces, como yo le llamaba, se fue rápido de una de nuestras comidas con un soy tan, tan y tan feliz, pero me voy, añadió el editor Daniel Fernández, dibujando un paralelismo entre aquella anécdota, una de las miles que adornarán para siempre nuestro recuerdo de Carlos, y su prematuro adiós.

Carlos Pérez de Rozas se nos ha ido. Demasiado pronto, sí. Pero sigue vivo en nosotros porque nos queda su recuerdo. El de un profesional extraordinario. El de un hombre feliz, entusiasta, que dignificó, que honró, la profesión que amó siempre hasta el último de sus días, que jamás pronunció un no. Siempre optimista. Siempre positivo. Siempre tan grandilocuente. Siempre a medio camino entre una risa tan contagiosa como incontenible y una sonrisa inmarcesible. La que siempre recordaremos al hablar de un tipo único. De alguien formidable y colosal, dos de los adjetivos que más repetía. De alguien formidable. Colosal. E inmortal. Gracias, Carlos.