Un ineludible insomnio me visita cada noche de verano, se cuela en mi habitación y me mantiene despierto hasta altas horas de la madrugada. El calor probablemente influya en el asunto, pero confieso que, aunque odie tan altas temperaturas, la oscuridad y el silencio provocan que, sin quererlo pero deseándolo, explore entre los diversos pensamientos de mi mente. La mayoría de ellos apuntan a una misma dirección: qué escribir y cómo. Hace tan solo unos días, un estimado compañero, al que pido perdón por el hurto de la cita, compartió una frase de Fabio Morábito que resume una de mis inquietudes diarias: “Un escritor es el que, en rigor, no sabe escribir. Nadie sabe escribir, pero un escritor es el que se da cuenta y convierte eso en un problema”.

Entonces, intentando extrapolar las razones de mi zozobra, decidí redactar este atípico texto, aunque adaptando las circunstancias al ámbito balompédico. Caí en la cuenta de que, del mismo modo que existen unas comunes preocupaciones en el gremio periodístico y tal vez literario, también los futbolistas sufren y reflexionan sobre su propia naturaleza. Estirado en mi lecho, creé un personaje ficticio que intenté dotar de cualidades reales con el objetivo de comprender los motivos de su probable desasosiego.

¿Qué les quita el sueño a los delanteros?, pensé. Recordé enseguida una entrevista a un futbolista de un equipo británico, quien consideraba esencial el hecho de disfrutar de su trabajo. Me pareció algo comprensible, aunque me pregunto acerca de la compatibilidad entre el placer y los nervios por llevar a buen puerto la faena. Este era uno de los problemas, todavía sin resolver, de mi delantero imaginario, encontrar el punto intermedio. La presión es inevitable y, a la vez, un privilegio, puesto que le ayudaba a intentar superarse día tras día, en un mundo globalizado en el que los datos le clasifican en un ranking social del que no puede escapar. ¿Hasta qué punto le afecta en su trabajo la exposición pública?

La revolución tecnológica ha conllevado un aumento de la importancia de las estadísticas. La intuición y las sensaciones han perdido peso. Por un lado, mi delantero entiende las circunstancias, pero también las padece, pues los números que ofrezca serán vitales para la percepción de su labor. Existe ahí una perpetua necesidad de demostrarlo con goles, concibiendo la belleza sobre el rectángulo que determinará su rendimiento. El delantero busca el idealismo irremediablemente en cada partido y puede que a veces se olvide de que la sencillez le acercará al éxito. Las reglas que George Orwell aplicaba a la escritura también son aplicables a otros aspectos: evitemos complejidades. Juega fácil, traducido al rematador, un exceso de lucimiento puede provocar el más estrepitoso de los fracasos. “Jugar al fútbol es muy simple, pero jugar un fútbol simple es la cosa más difícil que existe”, pregonaba Cruyff.

¿Y en qué medida el contexto influye en el juego? La capacidad de adaptarse a diferentes situaciones o reinventarse ante otras inesperadas preocupaban al delantero que correteaba libremente por el interior de mi cabeza. El azar forma parte de su vida, vive inmerso en él como el resto de individuos que le rodean, así que sacarle provecho puede ser una de sus mayores ventajas. Varios aspectos determinan su nivel, difícilmente apreciado objetivamente por él, aunque el conocimiento de sus defectos se manifestara necesario para la máxima explotación de sus virtudes. Reconocemos la ineptitud y la utilizamos en beneficio propio.

Al final del sueño el delantero luchaba por triunfar, aunque descubrió que el placer era mayor cuando se sentía bien consigo mismo, pues entendió que la interpretación del fútbol varía según los ojos que lo miren. Como Borges expuso en Pierre Menard, autor del Quijote, un idéntico relato comportará tantas interpretaciones como lectores tenga, de modo que los goles no le pertenecían solamente a él. Su creatividad, o falta de ella, estaba expuesta públicamente, esta fue la posterior reflexión que me hizo llegar a una egoísta conclusión final. El rectángulo no era el césped sino la pantalla de un ordenador. Cada pase, una palabra. Cada gol, un párrafo. Antes de dormirme lo supe: el delantero era yo.

 


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Fotografía de Getty Images.