Emilio Butragueño no está muy lejos de su hábitat natural. Se acomoda en una sofá del antepalco del Bernabéu: unos 50 metros le separan del área. Ahí es donde se sentía seguro, dice. Butragueño rememora sus días en este estadio y su mente parece tan rápida como sus pies. Analiza, profundiza y, a ratos, se emociona. A su espalda, el campo y las gradas, puntos de referencia constantes. ‘Aquí’, señalando con el pulgar, es un adverbio que repite mucho. Aquí, donde su Quinta llegó a definir a toda una generación. Aquí, el Buitre.


Fotos de agencias y Gabriel Pecot

La Quinta del Buitre emerge justo cuando más lo necesitaban tanto el Madrid como el fútbol español.

España venía de la decepción del 82 y el Madrid estaba en una época extraña. Los equipos vascos habían ganado cuatro ligas consecutivas. No es que hubiera descontento, pero es cierto que no era una época brillante y en el fútbol español siempre agrada que venga gente joven. Nosotros jugábamos aquí los sábados a las cinco de la tarde y se produjo un fenómeno espontáneo. De repente, a un partido contra el Atlético Madrileño de Segunda acudieron 65.000 personas. Se había corrido la voz de que éramos un equipo alegre y talentoso. Recuerdo que aquel día no había suficientes puertas abiertas para absorber los ríos de gente, hasta el punto de que muchos entraron en el minuto 20. Aquella corriente de entusiasmo se cristalizó en el primer equipo a los pocos meses.

¿Por muy bueno que fuese aquel Castilla, te esperabas que subieséis cuatro jugadores?

Ni que subiésmos, ni que nos mantuviésemos. Martín Vázquez y Sanchís debutaron en Murcia en diciembre del 83, yo en febrero, luego Míchel. Pardeza ya había debutado. El hecho de subir es importante, pero no definitivo. La consolidación es lo que realmente llama la atención y esto vino en los siguientes años, aunque Pardeza saliera. Los cuatro terminamos siendo titulares y durante muchos cursos, algo sin precedentes. Además, fue una de las etapas más brillantes, en cuanto a fútbol, de la historia del club. No hablo de títulos, sino de juego. Si preguntásemos a un aficionado del Real Madrid de 70 años por los mejores equipos de la historia del club diría primero el de Di Stéfano y luego el nuestro. Es decir, lo mágico de aquello es que aquel equipo -e incluyo a todos porque es injusto reducir el elogio sólo a nosotros, ya que ahí estaban Camacho, Santillana, Juanito, Hugo, Gordillo- es que dejó una aroma de grandísimo fútbol. No ganamos la Copa de Europa, pero nosotros estamos en el corazón del madridismo.

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Pero esa ausencia os marcó.

El éxito fortalece, evidentemente, y a veces el fútbol es cruel. Pero hay algo más. El fútbol no premió a Holanda en 1974, a Brasil en 1982, pero fueron los equipos de aquellos Mundiales. Es cierto que fue una tragedia no ganar la Copa de Europa porque lo merecimos. Si la hubiéramos ganado hubiese sido tremendo, pero quizá lo más llamativo de aquel equipo era su manera de jugar.

Pero la Copa de Europa define al Madrid, es una obsesión.

El Real Madrid es prestigioso por las nueve [ahora ya doce] Copas de Europa, sí. Pero depende de qué quieras decir por obsesión. Suena negativo. Fue nuestra prioridad siempre y ahora es lo mismo.

¿Por qué no la ganasteis?

Llegamos a tres semis consecutivas. Primero, el Bayen; luego el PSV y después el Milan. En las dos primeras teníamos que haber ganado la Copa de Europa, sobre todo en el 88 contra el PSV. Fue nuestra gran oportunidad. Luego vino el Milan y era más fuerte que nosotros física y tácticamente. No dolió tanto. Crearon una dinastía, jugaron cuatro finales en cinco años. Para mí, el Milán es el equipo. Pero las dos anteriores… Fue terrible, horroroso. La noche de Eindhoven fue la peor de mi carrera, sin duda. Ganamos al Nápoles de Maradona, al Oporto campeón, al Bayern finalista la temporada anterior. Era nuestro año. Pero se nos escapó.

 

“No ganamos la Copa de Europa, pero nosotros estamos en el corazón del madridismo”

 

De todas maneras, afirmas que a veces no se trata sólo de ganar, que hay algo más intangible…

Al final dices: ”Oye, ¿qué hacen estos para ganar?” Y además, ganar jugando bien se disfruta más que ver correr el reloj. Compites para ganar, es cierto. Pero es un juego y cualquier juego tiene como fin disfrutar. Puedes ganar y sentirte satisfecho, pero no es lo mismo. Cuando ganas y encima juegas bien es maravilloso. La gente venía aquí sabiendo que iba a pasarlo bien. Al final, el fútbol lo que provoca son emociones que no son tangibles. No se ven, se sienten. A través del fútbol la gente vive una serie de emociones que rara vez surgen en otros ámbitos. También crea vínculos sociales. Antes, pocas familias venían al fútbol y con nosotros empezaron a venir mujeres e hijas.

Es que, según Jorge Valdano, la Quinta fue el ”brazo deportivo de la Transición” en tiempos de la Movida. 

Vivíamos una época de ebullición y, dentro de esa ensoñación general, formamos parte de ese río. Aquella España era una España muy creativa, que quería crecer y ser protagonista y a nosotros, al estar ahí, se nos identificó con ese periodo. Éramos un soplo de aire fresco, un equipo muy técnico que rompía con lo que había antes. Y lo realmente mágico era que veníamos todos de Madrid por lo que el grado de identificación era altísimo.

¿En aquel momento os dabais cuenta de vuestra relevancia sociopolítica?

[La respuesta es inmediata] No… [Medita] Bueno, sí. El jugador de fútbol vive en su mundo. Hoy en día aún más que antes, pero nosotros también. Entrenamientos, concentraciones, objetivos inmediatos, partido, descanso, partido. Pasa rápido. Cuando te das cuenta ya ha terminado la temporada y luego han pasado cinco años y luego tu carrera. La rueda sigue y cuando estás en ella lo importate es ayudar a tu equipo. ¿El papel que tienes en la sociedad? La realidad es que tú no haces nada para tener esa responsibilidad. El impacto que tengas entre la juventud depende más de ellos. Tú eres de una manera determinada, te comportas y entiendes la vida de una forma concreta y esa es tu personalidad y no vas a cambiarla. Eres quien eres.

Ya, pero vivís en este mundo, no en un vacío. Su interpretación os cambia, vuestro entorno os condiciona y viceversa. Vuestro estilo encajó con el momento y contribuyó al cambio del fútbol y de la sociedad. Fuisteis, quizá sin quererlo, parte de la Movida madrileña, ¿no?

Es verdad que el fútbol español se había relacionado mucho con la furia, con la lucha y nosotros no representábamos eso. Nuestro estilo tenía que ver con el talento, la creatividad, el entusiasmo. Era otra manera de ganar que fue exitosa. Esta transformación se produjo en España también. Incluso el propio jugador era diferente: empezábamos a estudiar carreras, que no era muy habitual, y la propia sociedad nos empezó a ver como parte de ella. El hecho de ser de la casa, de ser todos de Madrid… ¡Caray, podíamos ser sus vecinos! La gente nos acogió con mas cariño.

 

“Antes, pocas familias venían al fútbol y con nosotros empezaron a venir mujeres e hijas”

 

En cuanto al estilo, significó  un cambio radical…

Sí. Coincidimos muchos fútbolistas que teníamos la misma idea de fútbol. Interpretábamos el juego igual y además éramos complementarios. Excepto Pardeza y yo, que más o menos jugábamos en el mismo sitio, todos los demás teníamos posiciones distintas por lo que pudimos jugar todos a la vez. Manolo estuvo 16 años; Míchel y yo 12; Rafa creo que diez. Estamos hablando de toda una época.

Sin embargo, sí que también se mantenía parte de la identidad de antes. Las remontadas fueron ejemplo de ello.

Tuvimos la suerte de tener grandes padres fútbolísticos: un grupo de veteranos que representaban muy dignamente los valores históricos del Madrid. El compromiso y el sacrificio comienzan con Alfredo y se van pasando de generación en generación: los ‘yé-yé’ con Amancio; los de los años 70 con Juanito, Miguel Ángel, Santillana, los García; y nosotros nos ensamblamos ahí. Aquellas noches mágicas de las remontadas fortalecían la leyenda de la otra identidad del Madrid. El éxito te tiene que acompañar para que dejes huella porque si no, una idea romántica se queda en eso, en una idea. Y el éxito se materializó con títulos y con aquellas noches. Aquellas Copas de la UEFA son lo más emocionante de mi vida. Fue como vivir al límite y los que acudieron al estadio jamás van a olvidarlo. Desde aquella época solamente he vivido una vez algo parecido aquí: fue contra el Bayern, cuando ganamos 2-0 aquí, creo que en cuartos, con goles de Helguera y Guti. El ambiente esa noche se pareció al de las nuestras.

¿Es imposible recrear aquellas noches míticas ahora? El fútbol ha cambiado mucho.

La sociedad ha cambiado y el fútbol también. Los estadios primero. Aquí antes estaba mucha gente de pie, en el tercer anfiteatro. Cabían 115.000  personas en el estadio. Oficialmente, digo. ¡No existían los tornos! ¡Imagínate el control! No se sabía cuántas personas entraban. Yo, con diez años, vi partidos de Copa de Europa detrás de la portería de pie… ¡y no tocabas el suelo porque la marea te llevaba! Iba con mi padre. Hoy hay zonas VIP, un componte empresarial alrededor que antes no existía. Era otra manera de vivir el fútbol. Dicho esto, creo que ahora hay muchos más aficionados del Madrid y mucha pasión. Hay gente muy relacionada con el club a través de la página web, de las aplicaciones móviles. La tecnología nos ha permitido que un japonés en Tokio pueda relacionarse con el club casi casi igual que un seguidor de Guadalajara.

¿Esto cambia la propia identidad del club? ¿El japonés realmente puede ser igual que el de Guadalajara, o uno de Madrid?

Creo que los sentimientos son comunes. Con las giras compruebas que las reacciones de los aficionados son muy parecidas. Da igual que vayas a A Coruña o a Saint Louis. Ahí ves a mexicanos o ecuatorianos que viven y expresan su pasión y amor de igual forma. No son diferentes a mí. Yo venía con mi padre, soy socio desde siempre, pero por ejemplo soy de Los Angeles Lakers, aunque no haya visto en persona ningún partido de los Lakers en mi vida. He estado una vez en el Staples, el año pasado, y estaba vacío. Pero, sí, soy de Los Lakers y de los San Francisco 49ers.

¿Por qué?

Uno por Magic Johnson y el otro por Joe Montana. Y mi fidelidad será para siempre. Me siento muy de los Lakers.

Así que cuando vino Magic a Madrid durante el centenario tuvo que ser increíble.

Sí, sí, estuve con él. Fue un momento especial.

Volviendo a la Quinta. Cuando empezaste en el Real Madrid estabas haciendo la mili al mismo tiempo.

Sí. Por la mañana había instrucción y a las cinco nos soltaban hasta el día siguiente. Entrenábamos a las siete en la Ciudad Deportiva y hacia allí me iba con mi Vespa desde Cuatro Vientos.

Habían pasado cinco meses del 23-F.

Yo tenía 17 años. La verdad es que en la mili cada persona vive su propia vida, con sus propios objetivos. El mío era jugar en el Madrid, pero sí que es verdad que en el cuartel, aquello de Tejero estaba presente. Yo era un recluta que no sabía nada, calladito. Eres un soldado más y lo que quieres es que no te arresten. Cumples y punto. Yo fui voluntario, elegí Madrid y eso me permitió seguir jugando. Me levantaba todos los días a las seis menos cuarto porque a las siete tenía que pasar lista en el cuartel. Me dormía hasta debajo de los árboles. En agosto, cuando juré bandera, todo fue mucho más sencillo.

Antes el Madrid ya te había rechazado.

En febrero me habían llamado para una prueba. Era muy difícil porque estaban todos aquellos chicos que habían visto por Madrid y organizaban un partido entre ellos en un campo de tierra en la Ciudad Deportiva. No conocías a nadie y los equipos se hacían ahí mismo. Jugué bastante bien, por cierto, pero no iba con ninguna esperanza. Iba a jugar, sin más. Pero sin más, ¿eh? No tenía ningún planteamiento. No me escogieron, algo normal. Y saliendo de la vestuarios pensé: ”Algún día les diré a mis hijos que entrené en la Ciudad Deportiva”. Palabra. Así fue.

 

“Tras mi primera prueba en el club, solo pensé: algún día diré que jugué en la Ciudad Deportiva”

 

Y casi terminas en el otro bando, en el Atlético.

Yo jugababa en mi colegio, el Calasancio, y de repente el Atlético, que me había visto, mostró un enorme interés para que fichara por ellos. Hablaron con mi padre y me fui a entrenar un par de días con ellos en Cotorruelo. ¡Estaban dispuestos a que me incorporase ya para jugar con el tercer equipo! Eso era marzo, más o menos, y querían que jugase hasta final de temporada y luego medio le garantizaban a mi padre que pasaría al Atlético Madrileño, en Segunda.

¿Entonces?

Una noche estábamos en mi habitación y me preguntó: ”¿Qué hacemos?” Y yo le dije: ”¿Cómo que qué hacemos? ¡Si somos del Madrid!” ”¡Pero el Madrid no te quiere!”, me contestó. Lo que es la vida. Frente a mi colegio hay un bar, que todavía existe, en la calle Díaz Porlier, que se llama El Tulipán. Y el dueño era el padre de Juanito, un defensa del Castilla en aquel momento que también había estudiado en el Calasancio. Cuando se enteró le dijo a mi padre: ”No lo puedo permitir. ¿Cómo va a jugar tu hijo en el Atlético de Madrid?” Y él fue quien llamó al club para hablar con el responsable de las divisiones inferiores. ”Mira, te pido un favor. Que vaya dos semanas. Este chico es un fenómeno, no lo habéis visto bien. Si no os gusta, pues ya está, me quedaré tranquilo, pero no me voy a perdonar en la vida que este chico vaya al Atlético”. El club no quería, pero él insistió. Entrené con el Juvenil B y cambiaron de idea. Me dijeron que querían que me quedase y comencé en Tercera. Cuando la gente dice: ”¿Crees en el destino?”, yo siempre pienso que mi historia personal lo demuestra, aunque hoy sería imposible que se repitiese con un chico de 18 años. El scouting ha cambiado totalmente.

¿Echas de menos ese fútbol menos estructurado, más…?

¿Espontáneo? Pues mira, yo llegué al Madrid sin haber entrenado en mi vida.

¿Así que te consideras un futbolista hecho en la calle?

Totalmente. El segundo partido que jugué en campo de hierba en mi vida fue aquí, en el Trofeo Bernabéu de juveniles. En el Calasancio siempre jugábamos en tierra y en la Ciudad Deportiva todos los campos eran también de tierra.

Dice la leyenda que aquel día de 1981, durante el Trofeo Bernabéu juvenil, es cuando te ponen lo del Buitre por un error en el marcador, que lo escribió así… 

No, no, no. Lo del Buitre me lo ponen mis compañeros.

¿Por cierto, te gusta el nombre?

[Pausa]. Vamos a ver, lo importante no es la palabra; lo importante es el sentido de la palabra. Porque la realidad es que el buitre es un animal feo, aunque con una función muy importante en la naturaleza. Está asociado con algo no muy agradable, pero es que viéndolo de cerca es un animal hermoso. Me bautizaron así mis compañeros de Tercera. Me metí un día en el vestuario y escuché de fondo decir: ”Bueno es que el Buitre y tal…” y no sabía a quién se referían. Luego, con el paso del tiempo, lo descubrí. Era por el apellido, porque Butragueño es un apellido rarísimo. Incluso en el colegio los profesores se equivocaban, porque era muy difícil de pronunicar. Luego, cuando Julio César Iglesias escribió el artículo recogió un apodo que ya utilizaban y él vino a  reforzarlo. El nombre quedó bien, tanto que hemos pasado a la historia. La época de la Quinta.

¿Cuando viste el famoso artículo de Julio César qué sentiste? Vino a ser un poco el pistolazo de salida.

Lo más llamativo es que termina el artículo diciendo algo así como: ”Don Alfredo, le doy un mes para que suban estos chicos”. Fíjate, ¡decirle aquello a Alfredo Di Stéfano! ¡Le doy un mes! Nadie nos conocía en realidad. Julio César sí, porque es un apasionado de fútbol y le gustan las divisiones inferiores y los jóvenes talentos. Pero que en El País se escriba un artículo así, ¿de qué? ¡Sobre unos chicos del Castilla! Pero era Julio César, que convenció al director, lo escribió y fíjate dónde termina la cosa.

Te convertiste muy rápido en una estrella. ¿Cómo asimilaste eso?

Mi mentalidad siempre fue la misma que cuando fui a la primera prueba: cumplir. Mi filosofía era ceñirme al papel que me tocaba sabiendo que las consecuencias no dependían de mí. Yo me lo tomé con naturalidad. En todo ese proceso era consciente de que venía de jugar en el colegio. Empezaba a pensar: ”Tranquilo, sabes que hay alguien que lo organiza todo”. Yo vengo de un colegio de curas y tengo un sentido de la vida. Digamos que intento relativizarlo todo mucho. Sabía que una lesión podía terminar con todo esto y estaba estudiando porque era consciente de que podía ser una trampa, que algún día se podía terminar. Cuando llegué al primer equipo Vicente del Bosque todavía estaba en activo. Vicente ha sido compañero mío o, mejor dicho, yo he sido compañero suyo. Yo subo en febrero y en junio Vicente se retira, lo cual fortaleció mi convencimiento de que tenía que estudiar una carrera. Si Vicente, que había estado trece años en el Real Madrid, de quien yo coleccionaba sus cromos, se iba significaba que algún día tendría que irme yo. Tuve mucha suerte: caí bien, la gente me tenía mucho cariño y, de alguna manera, se produjo un fenómeno social alrededor mío.

 

“Dentro del área mandas tú. Tienes la pelota, tú eres el dueño. Eso era lo más llamativo de mi fútbol”

 

¿Incómodo?

Bueno, me adapté. Nunca me han gustado las masas, la verdad. Siempre he sido más de estar con mi familia, con mis amigos. Me lo tomé como algo temporal, lo que iba ligado en ese momento a mi condición de jugador del Madrid, de la selección, sabiendo que algún día iba a terminarse. La vida te da y te quita. Además, el futbolista lleva un ritmo de retos a muy corto plazo. El Bernabéu es un examen público cada muy pocos días y requiere de una preparación mental intensa. Yo el día del partido no existía ni para mi familia. Desaparecía. No hablabla con nadie, no quería. Ni compromisos, ni visitas, ni llamadas. Y la gente lo sabía. No existía. Porque luego eres tú el que sales ahí y es tu  prestigio el que está ahí. El tuyo y el de tu club. Ser profesional en el Real Madrid no es un capricho. Cada partido es una final y juegas con la ilusion de millones de personas que esperan mucho de ti y de tu equipo. Es algo serio.

Desde fuera, ¿el aficionado o la prensa son conscientes de la presión que soporta un futbolista?

El profesional está ahí porque ha sido capaz de superar muchas barreras, entre ellas la psicológica. Hay gente que no es capaz. ¿Cuál es la diferencia entre un extraordinario jugador y un muy buen jugador? Pues que en los momentos decisivos, el extraordinario jugador se sobrepone. Un ejemplo lo tenemos en Raúl. En cambio, hay otros que cuando llega la hora de la verdad, sienten la presión y no son capaces de expresar su talento.

Precisamente, tú parecía que vivías sin presión sobre el campo. Eras frío y jugabas sin prisa.

Porque esa era mi manera de jugar. A ver, yo venía de un colegio. Cuando  uno ya ha llegado al área, el defensa no puede hacer nada. Si te toca es penalti, así que la presión es para él. A mí me gustaba mucho recibir la pelota dentro del área porque me sentía seguro. El defensa tenía que tener cuidado para evitar cualquier tipo de contacto. Esto a la gente le llamaba la atención, pero es que ahí me sentía el dueño del partido, confiado. Fuera del área no, porque te pueden golpear y destrozar la jugada, pero dentro del área mandas tú. Tienes la pelota, tú eres el dueño, se acabó. Eso era quizás lo más llamativo de mi fútbol. Dentro del área, donde otros se ponían nerviosos, yo estaba muy tranquilo. Para mí era normal.

Como tu gol contra el Cádiz en el Bernabéu. Tres regates secos y adentro.

Eso fue algo espontáneo. Es importante aclarar esto: yo no pensaba las jugadas, todo era espontáneo. Todo. O sea que el día en el que yo no tenía creatividad, inspiración, era una calamidad. Pero el día en el que sí la tenía, era capaz de hacer cosas diferentes y creo que eso es lo que más le agradaba a la gente de mí.

Tu ídolo era Johan Cruyff, ¿no?

Sí, Johan era mi ídolo de pequeño porque me gustaban los jugadores diferentes, de esos que nunca sabes qué estan a punto de hacer cuando reciben la pelota. Eso es lo fascinante, lo realmente atractivo del fútbol. La capacidad de sorpresa te gana, y con Johan me pasaba. Y luego con Maradona, lógicamente. Johan marcó mi época. Cuando tienes ocho, nueve, diez años… [respira hondo] estás como ansioso. Lo quieres saber y ver todo, llevártelo para dentro, eres una esponja.

¿Estuviste viendo a Cruyff en el 0-5 de 1974, verdad?

Sí, sí. También vi a aquel Ajax, a aquella Holanda del Mundial. Tenía once años, con lo cual, aquello fue deslumbrante para mí.

El gran ídolo de Johan fue Di Stéfano y Cruyff siempre te admiró a ti. ¿Hay una línea de continuidad Alfredo-Cruyff-Quinta-Dream Team? ¿Y por extensión, la selección actual no sólo es producto del Barcelona sino también de vuestro Madrid?

Bueno, sí que es verdad que la idea de ser protagonistas, de mandar en el partido, de tener una alta capacidad técnica, de alguna manera comienza de nuevo con nosotros. Y al final, toda esa corriente ha encontrado su máxima expresión con esta generación actual. Futbolísticamente, sí, quizás sea así.