Soy entrenador -retumba esta palabra en mi cráneo- de dos equipos; uno de infantiles y otro de prebenjamines. Voy a hablaros del equipo de los pequeños, de la ilusión con la que vienen a cada entrenamiento, de las ganas que tienen de echar un partidito, de cómo cogen una pelota y avanzan con ella hasta más allá de la portería si pueden.

A través del fútbol (como de cualquier deporte), aprenden valores, trabajan en equipo, controlan sus impulsos que parecían imparables, mejoran su psicomotricidad y desarrollan su percepción del espacio, además, claro está, de hacer una actividad física que potencia su resistencia y mejora su salud.

Pero ya conocemos el beneficio del deporte. Quería venir a hablaros de la ilusión que tienen, y que a mí me contagian. Vienen acompañados de sus padres, o de sus abuelos, vienen de la mano hasta que pisan el césped, que sueltan ese agarre y corren liberados hasta la portería sin ningún obstáculo, y si lo encuentran, lo superan con la máxima habilidad. Arrastran las mochilas con ruedas que llevan al colegio, y las dejan a los lados de los postes de la portería, creando así un pequeño reguero de alegría sobre el césped. Me piden que les abroche los cordones de sus zapatillas de tacos. “¡Cómo molan!”, les digo. Se marchan orgullosos y tratan de hacerse con un balón. Tengo un candado para cerrar la bolsa que contiene esos pedazos de felicidad redondos que reclaman como famélicos frente a un trozo de comida.

 

Si existiese un medidor de disfrute, no sé si ganarían ellos o yo. Mejor lo dejamos en empate que no me gusta ganar ni perder

 

Los cinco primeros minutos corren desde la línea de fondo hasta el medio del campo. Es un campo de fútbol 7, no es muy grande, pero ellos son pequeños y en la otra mitad hay otro equipo. Al término se preparan para el próximo ejercicio. Pero antes, debemos hacer otro breve parón, aún no están todos preparados. Cinco de los trece jugadores se enfundan unos guantes que, como la portería, les quedan enormes. Es poco probable que paren algún balón, pero su ilusión es tal que les hace gigantes bajo los tres palos. Me piden ayuda para envainarse los guantes y luego tienen que estar recolocándolos continuamente porque se les escapan los dedillos.

Finaliza el entrenamiento con un partido que dura 15 minutos. Nos juntamos con el equipo de los alevines y utilizamos el campo completo. Me gusta jugar con un 2-3-1 y hemos practicado tres jugadas ensayadas. Cuando indico el inicio del encuentro –a mí también me gusta darle esos toques superlativos que convierten el mundo en un lugar un poquito más bonito- todos abandonan su posición inicial -menos el portero, que se mantiene fiero en su línea- y corren tras el balón olvidando su función, pero con una sonrisa que me vale más que todo. Así que les doy un par de indicaciones y dejo que sucedan los hechos tal y como se presentan. Soy entrenador, no un demiurgo.

Se marchan felices, agarrados de las manos de sus padres, madres, abuelos, abuelas, o de todos a la vez, contándoles lo bien que se lo han pasado en el entrenamiento. Me marcho feliz y completo en mi bici, deseando que llegue el siguiente entrenamiento. Si existiese un medidor de disfrute, no sé si ganarían ellos o yo. Mejor lo dejamos en empate que no me gusta ganar ni perder.