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Hablar de un amigo siempre es fácil. Hablar de su vida, no tanto. Sin embargo, haber compartido en muchas ocasiones sus andanzas, algunas veces cerca y otras desde la distancia, me da cierta licencia para poderlo hacer de forma, al menos, rigurosa.

Mi amigo (así lo llamaremos) siempre lo tuvo claro. En sus primeros años de la extinta EGB, los niños soñaban con un futuro vestidos de bomberos, maestros, policías o el más osado quería ser abogado “como papá”. Luego había un grupo numeroso, no el mayor de todos, el de los “yo quiero ser futbolista”. Allí, en un lugar destacable del mismo, estaba mi amigo.

Su sueño lo fue fraguando su padre, su gran referente tanto antes como en la actualidad, el cual compartía sus andanzas por los campos de tierra con el mayor de sus dos descendientes. Relatos de compañerismo, de largos viajes, de barro hasta la cabeza, de intenso calor, de códigos de vestuario, que fueron construyendo un futuro que se iría haciendo presente.

Lo haría subiendo un primer escalón, en uno de los grandes clubes dedicados casi en exclusiva a la formación de las estrellas del mañana. Una fábrica de muchos de los talentos que posteriormente han sido parte de las plantillas más importantes del panorama continental.

Mi amigo fue ascendiendo de categorías en paralelo a su crecimiento personal. Los grandes nidos de esos pájaros que luego vuelan muy alto tienen en sus formadores uno de sus grandes e imprescindibles valores. Fue uno de ellos, uno de los grandes emblemas de la sociedad, quien puso el ojo en mi amigo. Una mirada que le abrió la vía de los banquillos.

Una banda que seguiría subiendo dentro de la línea de cal, pero que ahora también lo haría por fuera de la misma. Nuevas vías que le llevaron a seguir formándose ahora como técnico.

Un verano en Melilla no hizo más que seguir ampliándole sus horizontes, con un título como técnico que le puso en la carrera por nuevos objetivos.

De vuelta la oportunidad de tomar las riendas de un buen equipo y, en paralelo, la primera experiencia como scout. Kilómetros de ilusiones en campos donde el cemento era muchas veces el mejor de los compañeros. Letras y más letras juntas sobre las hojas del cuaderno, conversaciones, familias dispares con las que tratar, informes, y futbolistas que por momentos parecían ser parte de su propia familia. Todo ello para conocer al destacado; para saber elegir al mejor.

Un día llega otra oportunidad. Un paso aún más significativo. Un club europeo; una cita con lo desconocido. Una cultura diferente, una forma distinta de ser, pero con algo siempre en común; la pelota. Emociones contrapuestas en un vértigo que desaparece recordando al mocoso de cartera a la espalda y bocadillo en una pequeña bolsa, que pese a dejar muchas cosas por el camino, veía como aquellos sueños de la niñez terminaban por acercarse a la realidad. Un amor por la pelota en un idilio que comenzó sin casi tener uso de razón y que se convertía en la fuerza necesaria para afrontar tan apasionante reto.

Horas atravesando carreteras inóspitas, en algunas ocasiones más propias de tiempos ya olvidados, con indicaciones en lenguaje difícil de entender si no eres autóctono de la región. Nieve, lluvia, frío o calor; compañeros de viaje que llegan muchas veces sin avisar. Hoteles que se convierten en tu propia casa. Nuevos y distintos hogares, rodeados en muchas ocasiones de la belleza creada por el ser humano, que pese a su cercanía, se desvanecían en su intención de poderlas disfrutar. Uno paseo por la calle Knez Mihailova o la avenida Ringtrasse, solo eran los caminos hacia a los verdaderos templos que visitar. El Nándor Hidegkuti, el Tauron Arena o el pequeño Maracaná, exponentes de la pasión, fidelidad, risas, llantos, en un cúmulo de emociones que trasladan los habitantes de sus gradas. Lugares donde encontrarse a alguien similar a ti, compañero en mil batallas en una pugna por saber elegir a los mejores, se transforma en un bálsamo entre tanto desconocido.

Un día suena el teléfono y al otro lado te preguntan “¿qué tal? ¿cómo te tratan allí?”, te entra el cosquilleo en el cuerpo, preguntándote el por qué de la llamada. “Tenemos que quedar” y “te tengo que comentar un tema”, se amplía el trasfondo de dos frases que tienen su fin sobre una mesa y un mantel. Allí la propuesta; irrechazable, pero que dispara un sinfín de emociones internas. Una lucha entre el jin y el jan, donde la lealtad en el que confió en ti y la oportunidad que igual nunca más se presenta, entran en una batalla sin cuartel y sin un sabido vencedor.

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Mientras, a mucha distancia, en casa una niña sigue creciendo, acudiendo a clases de baile, a fiestas infantiles del colegio. Una pequeña que se levanta al alba queriendo “ser como papá”, repitiendo la historia, aquella que empezó aquel referente ahora ya convertido en abuelo. Soñar con tener unos guantes o un balón, son la manera de poder acercarse, en su ausencia, a un distanciado progenitor.

El ‘Último Boy Scout’ es la historia de mi amigo, pero también un homenaje a todos esos benditos ‘locos’ que hacen más grande este maravilloso deporte; el fútbol.