Hace tiempo, a raíz del nombramiento de Sergio Santomé —uno de los motores del proyecto de periodismo y análisis de fútbol Marcador Internacional— como ojeador en la dirección deportiva del Valencia, el colega Rafa Medel tuvo a bien escribir lo siguiente en Twitter: “Los clubes de fútbol fichando a más periodistas deportivos que los propios medios de comunicación”.

La reflexión, también fundamentada por la llegada de Abel Rojas (Ecos del Balón) y Guillermo Valverde (MI) a la Real Sociedad, me pareció demoledora. Y pensé que, seguramente, no había mejor sitio para un periodista de análisis que la dirección deportiva de un club de fútbol. Qué mejor recompensa para un tipo al que el fútbol ha colonizado sus horas de sueño entre semana y la plenitud de sus días de descanso que trabajar analizando partidos a nivel profesional, sin tener que recurrir a sitios clandestinos y una VPN ilegítima que recupera la señal de una televisora rusa.

No hay mucho que descubrir al respecto, el periodista de análisis ya no tiene cabida, por razones siniestras, en la estructura actual de los medios impresos y digitales. En España, particularmente en Barcelona, hay faros visibles con altavoz mediático como Axel Torres o Bruno Alemany, por ejemplo, pero en México, con la muy honrosa excepción del incombustible Pepe del Bosque, la situación se vuelve aún más dramática.

En general hay buenos y malos comunicadores, buenos y malos presentadores, buenos y malos reporteros y buenos y malos exfutbolistas reconvertidos en panelistas, pero la figura del analista, el que explica las razones por las que un plan es más o menos ganador a partir de su olfato táctico y no tanto de sus filias ideológicas, directamente no existe ni en los canales de televisión ni en las redacciones.

¿Por qué es importante la figura del periodista de análisis? Para contextualizar y matizar. Los juicios y valoraciones absolutas no sirven. Para cesar o promover entrenadores, condenar o encumbrar a futbolistas, sepultar o inmortalizar legados los periodistas deberían someterse, como mínimo, a procesos de reflexión más rigurosos y menos emocionales.

 

Para cesar o promover entrenadores, condenar o encumbrar a futbolistas los periodistas deberían someterse a procesos de reflexión más rigurosos y menos emocionales

 

Salvo Juan Manuel Navarrete, hoy analista de rivales en Chivas y a quien en su día conocí opositando por un puesto de becario en la Revista Futbol Total, pocos han podido dar el salto a algún club profesional a partir de su trabajo como periodistas de análisis en medios. Afortunadamente Luis Gil, Bat Pérez y Luis Peña, otrora colegas de redacción, están montando una pequeña gran revolución deportiva, metodológica y formativa en Mineros de Zacatecas.

Escribiendo sobre esto no puedo dejar de pensar en David Jiménez, excorresponsal de El Mundo y autor de El Director (Libros del KO, 2019), quien contaba que durante algún tiempo solía recomendar a los periodistas en formación que se fueran a un lugar del mundo donde estuvieran pasando cosas y contaran historias. Lo peor que podía pasar, dijo, es que aprendieran de periodismo y de la vida. Lo paradójico de la anécdota es que, tiempo después, desencantado de su entorno, él mismo se cuestionó: “¿Irse dónde si cada vez interesa menos lo que pasa más allá del vecindario y la pelea de gallos que es la política nacional? ¿Vender qué historias si el dinero que se ofrece no paga el taxi, difícilmente el recibo de la luz? ¿A aprender qué si lo que se pide desde muchas redacciones es rapidez y cantidad, despreciando la calidad?”.

Por esas mismas fechas, durante una preciosa charla de fútbol con Aitor Lagunas, Toni Padilla, Natalia Arroyo y Alberto Edjogo-Owono, Pep Guardiola explicaba que pese a todas las horas de trabajo dedicadas al diagnóstico y la preparación de los partidos, al final “el fútbol sigue siendo de los futbolistas”. Al escucharlo, nostálgico, no podía dejar de preguntarme por qué el periodismo dejó de ser de los periodistas.

 


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Fotografía de agencias.