El 11 de noviembre dos pilotos rusos dibujaron un inmenso pene en el cielo con la trayectoria de su avión. Un acto poético, desconcertante, mágico, gamberro, ustedes dirán, pero también futbolero. Con su Boeing 737 quisieron rendir homenaje a Artem Dzyuba, el tanque y capitán de Rusia, quien días atrás se había hecho un homenaje a sí mismo en un vídeo de contenido sexual. Dzyuba fue abucheado en su equipo, el Zenit de San Petersburgo, y apartado de la selección, donde es un auténtico icono. Ante la campaña de desprestigio a la que estaba siendo sometido Dzyuba, los dos pilotos del vuelo DP-407 no encontraron mejor manera de rendirle tributo que trazando con la estela de su nave un miembro viril entre las poblaciones de Neftekamsk y Krasnokholmskiy, lo que vienen a ser unos 60 kilómetros.

Las palabras sobran, el mensaje es inequívoco, contundente. Cuesta saber si estamos ante una performance artística de nuevo cuño o el sueño húmedo de un grafitero de bar. El caso es que, después de darle algunas vueltas al tema, no tantas como Dzyuba o los pilotos, todo sea dicho, creo que esta forma de comunicar un mensaje podría encontrar su aplicación paralela en el fútbol actual. Pienso, sin ir más lejos, en el mapa de calor. Estamos cada vez más acostumbrados a analizar el fútbol en términos estadísticos, categóricos, y en esas lecturas el mapa de calor desempeña un papel fundamental. Un recurso muy válido para ubicar las zonas de actuación de un futbolista que ofrece a los técnicos y analistas una lectura casi química del juego. Entonces, ¿por qué no aprovechar ese recurso para transmitir mensajes y, quién sabe, una visión artística del fútbol?

Hagamos la prueba. Dejemos volar la imaginación. Pongamos que un futbolista realiza extraños movimientos sobre el césped con el único propósito de componer un hipertexto y expresarse mediante su mapa de calor. En un tiempo en el que cada palabra está sujeta a la interpretación y al odio de los inquisidores breves, en el que los representantes, publicistas o cuñados obligan al jugador a medir hasta extremos delirantes sus palabras, ¿por qué no rebelarse contra ello con un mensaje secreto, con un gesto poético? ¿Y si el comportamiento de algunos jugadores solo pudiera ser explicado de esta manera? La posibilidad es sugerente y reveladora.

 

El arte se cuela siempre por los resquicios, por las grietas de lo visible. Llegará pronto el futbolista que sepa jugar con su mapa de calor como antaño llegó el primer caño, el primer sombrero, la primera rebeldía

 

Imaginemos que en verdad los movimientos de Dembélé tras pérdida de balón tienen un sentido. No es fácil, sin duda, pero quizá estamos ante un poeta en la sombra y los aficionados no lo sabemos. Analicemos con detalle su mapa de calor y seguro que veremos ahí algunas claves del Fortnite o el dedo que señala al impostor del Among Us. El bueno de Dembélé nos está hablando y no lo entendemos. Quizá nos toque pedirle perdón algún día. Algo parecido le pasaba a Bale en el Madrid, artista incomprendido capaz de trazar con su recorrido por el campo los 18 hoyos de St Andrews. Ni a Bale ni a Dembélé les hemos escuchado más de dos palabras en castellano pero seguro que si releemos con detalle sus mapas de calor ahí está todo lo que esos Bartleby y bohemios del fútbol del siglo XXI nos tenían que decir.

En esta época algunos también se empeñan en que Messi tiene que aparecer por todos los rincones de la cancha, como si su mapa de calor al final del partido tuviera que ser igual al de Tom y Jerry. Convertir a Messi en un fondista keniata no tenía sentido a los 20 años y mucho menos lo tiene ahora. Pero, aun así, si seguimos sus movimientos en los últimos encuentros es fácil experimentar la sensación de que Leo está tratando de decirnos algo. ¿Y si, asfixiado por el entorno, solo acierta a comunicarse a través de su mapa de calor? Desde el día del burofax, estoy convencido de que en cada partido Messi dibuja un gran SOS sobre el césped del Camp Nou. Una obra crepuscular para decirnos que el ocaso no debería ser ahora.

Si pensamos en los futbolistas del pasado, el ejercicio se vuelve inagotable. El mapa de calor de Gattuso, una sola mancha roja extendida por todo el césped, en el fondo no era otra cosa que un cuadro de Rothko. Maradona tenía días de escribir los 27 conciertos para piano de Mozart. George Best podría haber dibujado con sus botas torres de cerveza en la segunda parte de una prórroga. Los remates de Puskás, estoy seguro, evocaban la disposición de las piezas de artillería en una batalla de la Segunda Guerra Mundial. Y así con la representación esencial de cada jugador: la espiral de Garrincha, el rectángulo áureo de Di Stéfano, el pentágono de Beckenbauer o el triángulo equilátero de Xavi Hernández. Cada futbolista pudo haber sido un trazo, un gesto, una forma.

En definitiva, el mapa de calor es un recurso que el big data pone al servicio de una visión científica del fútbol con el fin de obtener la mayor eficacia posible. Resulta incuestionable su utilidad. Ahora bien, si por algo se caracteriza una obra de arte es por su falta de sentido práctico. El fútbol no tiene por qué ser diferente. El arte se cuela siempre por los resquicios, por las grietas de lo visible. Llegará pronto el futbolista que sepa jugar con su mapa de calor como antaño llegó el primer caño, el primer sombrero, la primera rebeldía. Así ha sido siempre. Nos parecerá un mensaje desconcertante, extraño, como quien dibuja penes de 60 kilómetros sobre el cielo de Rusia. Seguramente no sabremos explicarlo, nos sorprenderá y en esa sorpresa, en esa perplejidad, el fútbol seguirá existiendo todavía.

 


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