Era a lo que jugábamos cuando había disponible solo una portería. O cuando no éramos suficientes para echar un partido, en esa edad y medio social en los que los partidos no se disputaban sino que, como los programas de la tele, se echaban. Hablo de un “insu”, de echar un “insu”. Sé que es quizá el tipo de juego que en cada zona geográfica se llama diferente, como las “pellas” o el “a pachas”, sé que incluso en la misma ciudad había chicos que lo llamaban también “alemán”.

A esa imposibilidad de partido, de plena ocupación de la pista, se respondía un poco con espíritu pop-up store, que diría cualquier franquicia que abre una tienda relámpago en tiempo acotado y lugar estratégico. La mecánica del “insu” era sencilla. Normalmente el rol de portero se decidía tocando el larguero. Último se pone. Todo bien si la carrera no había sido lo democrática que debería: no es un puesto fijo. Alrededor de la portería, más o menos en semicírculo bordeando el área de fútbol-sala, los jugadores, usualmente entre tres y poco menos de diez. Se trata de marcar de volea o cabezazo o chilena o escorpión si hay fantasía, pero siempre sin que el balón haya botado entre el toque de un compañero y el remate final. Cada gol restaba una vida al portero, pero si la pelota salía fuera el jugador pasaba a arquero. Así hasta que solo quedaba uno.

El “insu” era una aceptación del número de efectivos y fuerza, por tanto de una cierta derrota. Con una premisa y reglas claras, y todos a una. El ganador no solía ser encumbrado como un equipo que gana un partido porque se compartía que tenía menos mérito. Incluso, que para ello había dejado por el camino a los que en un encuentro tres pa tres, once contra once, habrían sido sus compañeros. ¿A quién se iba a abrazar al terminar?

La Superliga europea trató de ponerse en marcha sin ni siquiera una presentación pública conjunta. Mira que hubiera sido fácil sacar ese músculo elitista. Pero poco acostumbrado está a tener que alardear de nada quien habita el exceso más que la carencia. Digo que mira que habría sido sencillo y hasta estéticamente impactante montar varias ruedas de prensa simultáneas desde esas sedes en majestuosas capitales del negocio del fútbol: Madrid, Turín, Londres, Barcelona, Milán, Mánchester, Liverpool. Menudo desprecio al aficionado, como si no nos mereciéramos ni una buena coalición de supervillanos.

Ya sabemos cómo acabó la cosa en 48 horas. Mucha marca global y muchos activos y hasta alguna que otra subida en Bolsa para terminar protagonizando una escena más propia del llamado cine ‘quinqui’. Saliendo en goteo como delincuentes entregándose después de un atraco mal gestionado. Con cada entidad, sin apenas lealtad a sus hasta entonces compañeros de fechorías, buscando medio salvar, de manera individual, su cara y condena. Les esperaba de vuelta una masa social que, especialmente en el caso de los equipos ingleses, sigue sin normalizar un secuestro de este deporte que comenzó seguramente hace mucho.

 

El sueño de la secesión de los palcos ricos es vieja como vieja es la aversión de sus dirigentes al fútbol puro y duro

 

El sueño de la secesión de los palcos ricos es vieja como vieja es la aversión de sus dirigentes al fútbol puro y duro. Recordaba en estas mismas páginas Aitor Lagunas cómo hace más de tres décadas Silvio Berlusconi y Ramón Mendoza asistían prácticamente horrorizados a que en las primeras rondas de la Copa de Europea un sorteo mandara un Madrid-Milan o un Madrid-Nápoles -recordemos que sin repesca a la UEFA, con la temporada europea para uno de los dos terminando antes del invierno-, que pareciera que debían ser las finales por decreto para alargar el rédito televisivo que no le suponían a un Steaua, Dinamo de Kiev o Estrella Roja, pero también a un Oporto, Anderlecht o PSV y toda esa clase media que estorbaba. El tipo de equipos y performances continentales que paradójicamente bullen en la memoria del aficionado que era niño durante esa época de igualdad de oportunidades.

Berlusconi encargó en 1988 a la empresa de comunicación Saatchi & Saatchi un proyecto de Superliga que no triunfó pero mucho menos fracasó. En 1991, la UEFA creaba la primera Champions League, al tiempo que contrataba a la empresa Television Event and Media Marketing para que crease una marca que 30 años después ya es clásica: el balón formado por estrellas y el himno de arreglos sobre Händel. Los participantes de los grupos de liguilla llegarían mínimo a primavera.

Con todo, para llegar a esa fase de grupos central había que jugar dos duras primeras rondas. El Barcelona, por ejemplo, no pudo revalidar el título de Wembley al ser eliminado por el CSKA de Moscú en noviembre de 1992. Solo dos años después, en el 94, ser campeón de Francia, Turquía, Grecia, Suecia, Chequia o Escocia ya no daba acceso directo a los grupos. En 1997 ya participan los segundos de las ocho ligas con mejor coeficiente UEFA, lo que junto a la existencia de las fases previas deja la “liga” de “campeones” más cerca de un eslogan que de una realidad. Para 2009, los cuatro primeros de Inglaterra, España e Italia entran directamente, contribuyendo a copar, junto a las federaciones francesa, alemana y rusa, hasta 21 plazas en unas cuotas semejantes a las vigentes hoy: entre solo 6 países, 22 equipos con una plaza más ganada por la Bundesliga.

Precisamente hace solo unos días bajaba el Schalke 04. El séptimo club de la clasificación histórica alemana y una de las entidades deportivas con más seguidores del país. Siete veces campeón nacional, una vez de la UEFA, 7º en el ránking del organismo europeo hace seis años y dentro del Top-20 de la lista Forbes de clubes más valiosos del planeta hace solo dos. Un estadio de los que la UEFA llama “categoría élite”. ‘Die Knappen‘, los mineros del Ruhr. A Segunda.

Espero que ningún aficionado del Schalke lea esto, pero me pregunto si es eso lo que nos sigue atrayendo del fútbol. Un reducto para la sorpresa dentro de un marco elegante o al menos reconocible. Sabemos que tras el fracaso de la Superliga no volvemos a ninguna Arcadia. Más bien a un fútbol descompensado que, si no se ha divorciado del todo, sí al menos se ha separado del aficionado. La mejor noticia es que se ha verbalizado, puesto en común, emergido el rechazo a un negocio que tiene una seria desgracia: desprecia una pasión que sin embargo necesita.

 


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Fotografía de Imago.