La última vez que estuve en el imponente Nou Estadi Municipal de Palamós encontré un bolígrafo con la inscripción Palamós CF. 1898 Degà del futbol català encima de la mesa de una de aquellas viejas cabinas de prensa que hace ya demasiado tiempo sirvieron para narrar las inolvidables tardes de gloria de uno de los clubes más antiguos de la geografía española. Desde aquí aprovecho para pedirle disculpas a quien se lo olvidara ahí, porque, contagiado de la nostalgia, de la melancolía, de la añoranza, que irradian las vetustas gradas del estadio del Palamós, fui incapaz de reprimir el instinto de quedarme un tesoro así. El citado boli es, ahora, la perfecta metáfora para ilustrar los senderos por los que ha discurrido el presente del decano del fútbol catalán. Igual que el Palamós, se quedó sin tinta para seguir escribiendo la historia de groc-i-blau. De debacle en debacle, de desilusión en desilusión, el club ha acabado despertándose en Primera Catalana. Los mejores días del Palamós quedan ya demasiado lejos. Los ha ido enterrando el inalterable paso de los años, el transcurrir de una historia que hace ya muchos años que no les sonríe. Pero la ciudad se resiste a olvidar aquellas tardes en las que el deporte rey la hizo feliz, en las que el Palamós vivió su época dorada, firmando el capítulo más brillante de una historia que empezó a escribirse en los últimos años del siglo XIX.

A mediados de la década de los 80, el conjunto ampurdanés sobrevivía, como ahora, en los infiernos del fútbol territorial catalán. Fue entonces cuando su camino se cruzó con el de Waldo Ramos. Fue entonces, también, cuando su historia cambió para siempre. De la mano del técnico de Nerva, siempre acompañado de un cigarrillo y una chaqueta de cuero de la que no se separaba ni en los meses más calurosos, el Súper Palamós protagonizó una hazaña extraordinaria al encadenar hasta tres ascensos consecutivos: a Tercera (86-87), a Segunda B (87-88) y a Segunda (88-89). El cuadro ‘groc-i-blau‘ certificó su llegada a la categoría de plata del balompié nacional el 11 de junio del 1989, cuando se proclamó campeón de Segunda B al derrotar al Arnedo por un contundente 4-0. Jordi Condom, Manolo Valle, Francesc Guitart y Josep Mercader fueron los cuatro grandes protagonistas de aquella “mágica e inolvidable tarde” en la que el Nou Estadi Municipal de Palamós tocó el cielo, como retrataba la crónica del duelo que el lunes podía leerse en Mundo Deportivo. “Fue un día de colorido inenarrable, de ambiente indescriptible. Los hombres de Waldo Ramos lograron el tercer ascenso seguido. Todo un hito histórico que ha llevado en el mínimo tiempo posible a un equipo modesto, decano catalán, del oscurantismo de la Regional Preferente a la Segunda A”, añadía el texto, una bella oda a un Palamós que, intratable, cerró la temporada con 59 puntos, con hasta cinco de ventaja sobre el segundo clasificado, el Andorra. Al conjunto catalán, que tan solo había sufrido dos derrotas en todo el curso, que no había perdido ni un partido como local en toda la liga, incluso le valía con empatar contra el Arnedo para sellar el ascenso, pero aquel Súper Palamós había decidido entrar en la historia por la puerta grande. “Que nos guarden una plaza en Primera División”, proclamaba el presidente, Emilio Caballero, desde las entrañas del feudo ampurdanés, al término de un encuentro en el que el Palamós se hizo con el salvoconducto para embarcarse en su etapa más gloriosa, en seis temporadas que siempre serán eternas.

“Fue tan meteórico el crecimiento que hasta debió rediseñarse una ampliación de la capacidad del Nou Estadi Municipal, que se estrenó el 29 de agosto de 1989 en un amistoso contra el Barcelona”, explicaba hace justo un año El Periódico. El incipiente Dream Team de Johan Cruyff fue el conjunto de más prestigio que piso el césped del campo ‘groc-i-blau‘ en aquellos años imborrables en los que los discípulos de Waldo Ramos pusieron el nombre de Palamós en el mapa futbolístico. Pero no sería el único. También lo hicieron, entre muchos otros, equipos de la categoría del Deportivo de La Coruña, el Celta de Vigo, el Espanyol, el Betis, el Hércules, el Cádiz, el Valladolid, el Mallorca, Las Palmas, Osasuna o el Murcia, el equipo contra el que el cuadro ampurdanés debutó en Segunda División. Lo hizo logrando un triunfo (1-2, con tantos del ‘Coquito’ Rodríguez y Esteve Corominas) premonitorio; el primero de los 13 que celebró en una campaña en la que, erigiéndose en la gran sorpresa de la competición, el Súper Palamós rozó la proeza de protagonizar un cuarto ascenso consecutivo al quedarse a un paso de subir a la máxima categoría del balompié español. Lejos de conformarse con soñar con la permanencia, el conjunto ‘groc-i-blau‘, que incluso llegó a ocupar posiciones de ascenso directo, acabó la temporada con 40 puntos, a tan solo dos del Espanyol, el equipo que consiguió el segundo billete para jugar la promoción de ascenso a Primera. El octavo puesto de la 89-90 fue el mejor resultado del Palamós, un equipo humilde que en aquella época se disputaba con el Figueres el honor de ser el mejor equipo de la provincia de Girona y que enlazó hasta seis cursos en Segunda División.

Temporada 93-94.

Los ampurdaneses acabaron despertando del sueño el 11 de junio del 1995. Tras cuatro temporadas haciendo gala de una admirable resiliencia para salvarse del abismo de forma agónica, el Palamós se despidió para siempre de la categoría de plata al perder por un ajustado 2-3 contra el Rayo Vallecano en la penúltima jornada, una derrota que puso el último clavo en el ataúd de un equipo que vivió un año tan duro en los terrenos de juego como en los despachos. “La plantilla del Palamós, de la Segunda División, se encerró en las instalaciones del campo municipal con carácter indefinido. Los 22 jugadores durmieron la noche del jueves en el vestuario. El club adeuda unos 30 millones de pesetas a los jugadores”, retrataba la edición de El País del 4 de marzo. Ni el regreso a Palamós de Waldo Ramos, que al final de la temporada 89-90 había cambiado el banquillo ‘groc-i-blau‘ por el del Málaga, mejoró la situación de un Palamós que, antes de dejar atrás la élite, aún tuvo tiempo de volver a estampar su nombre en la historia del balompié español al alcanzar los octavos de final de la Copa del Rey. Tras eliminar al Alcoyano, al Espanyol y al Villarreal, aquel último Súper Palamós, en el que destacaba la figura del joven Antonio Puche (Puche II), que se hizo con el Pichichi de Segunda al acabar la temporada con 21 dianas, hincó la rodilla ante el Rayo Vallecano (0-1, 1-1).

La gran deuda con los jugadores que acumulaba el Palamós, de más de 180 millones de pesetas, provocó que al descenso deportivo se le añadiera un descenso administrativo; una realidad, una losa infranqueable, que condenó al club a caer hasta la Tercera División. La llegada de Dimitri Piterman no hizo más que acabar de hipotecar el presente del equipo; de un Palamós que, condenado a malvivir en un via crucis, se agarra a un pasado brillante para intentar soñar con un futuro más esperanzador. Con un futuro en groc-i-blau.