0-4 a pocos minutos del final en el Santiago Bernabéu. Una ocasión clara, clarísima, para meter el quinto. El de la mano eterna que hoy descansa en paz. La de Tony Bruins Slot. Pero Munir erra el disparo y la culerada entra en cólera. Recuerdo ir con los amigos a la última publicación en Instagram del joven delantero -estúpidos críos- y mofarnos de todos los mensajes, agresivos, violentos e innecesarios, que se colaban por ahí. Decenas y decenas de ‘aficionados’ -entre comillas, claro- reprochándole una jugada al futbolista, pero atacando directamente a su persona. Y Munir, ¿qué? Nadie de los tantísimos inconscientes que publicaron aquellos mensajes, ni de los otros insensatos que entraron a mirarlos, pensó en algún momento lo jodido que sería para aquel chaval recién subido de La Masia ver en su móvil todas las burradas escritas.

Que sí, que cobran millones. Genial. Que sí, que tienen una vida donde solo hay lujos, comodidades y glamour. Perfecto. Que sí, que los tratamos como dioses y luego hay días que no corren, que no se lo curran ni parece que adoren de la misma manera que nosotros las camisetas que visten. Excelente. ¿ Y a caso eso se convierte en un privilegio para meternos con la persona? Son futbolistas y tienen el trabajo de sus sueños, y el de los nuestros. Pero son iguales que nosotros. Sufren, padecen, se rallan, tienen días malos, días de mierda en los que ir al curro se convierte en un suplicio. La única diferencia es que cuando nosotros vamos al trabajo no tenemos a decenas de miles de personas sentadas en unas butacas observando cada paso que damos, ni a millones enfrente del televisor gritándole a la caja tonta como si alguien les fuera a escuchar después de cada pase que fallamos.

Quizá parezca una estupidez, pero de vez en cuando es necesario recordarnos que detrás del futbolista, hay también una persona. Como Gregory van der Wiel, el último de los pocos, muy pocos, futbolistas que ha reconocido públicamente haber pasado un duro bache en lo personal, en lo mental, dentro de una coraza llamada fútbol profesional. Donde desde fuera de ella todo parece un camino de rosas, aunque en realidad hay tantas espinas como en cualquier otro sendero.

 

“La sensación de no saber qué venía después para mí en mi vida. Despertarme cada día y no saber qué hacer me mataba. Pasé de una vida de rutina y entrenamientos a diario y partidos semanales a no tener objetivos ni rutina”

 

“Desde hace más de un año he estado sufriendo ataques de pánico y ansiedad, algo que comenzó cuando estaba tranquilamente en mi casa de Los Angeles”, arrancaba la carta abierta al público escrita por el lateral neerlandés, ex del Ajax, PSG, Fenerbahçe, Cagliari y Toronto. En ella, detallaba algunos de los porqués de su situación actual: “Como jugador de fútbol profesional siempre tuve la presión de mostrar mi mejor versión, sin importar cómo me sintiera. Siempre puse mis emociones a un lado y eso es algo que ha ido creciendo tras todos estos años. Frustración, rabia, decepción, tristeza, todo lo puse a un lado y seguí con mi vida y mi carrera”. Tras emigrar a la Major League Soccer después de que desde el Cagliari le obligaran a hacerlo, guardó a cal y canto sus miedos, sus problemas mentales, en su cabeza e intentó continuar con el fútbol en Toronto. No fue la solución, porque, aunque invisible, todo estaba ahí dentro, y así siguió cuando tuvo que irse del conjunto canadiense tras una discusión con el entrenador.

Se mudó a Los Ángeles, probó jugar en un equipo de la ciudad y le rechazaron. Su carrera, recién entrado en la treintena, con años de fútbol aún por delante, se esfumó. Seis meses después, arrancaron los ataques de pánico. “Mis primeros pensamientos fueron que me pasaba algo malo físicamente. En varios hospitales y con varios médicos hicimos toda clase de pruebas y la conclusión fue que todo funcionaba bien. Tras confirmarlo comencé a pensar en el aspecto psicológico, algo en lo que todavía trabajo en la actualidad”, confesaba en su carta. Y así durante todo el último año: “La sensación de no saber qué venía después para mí en mi vida. Despertarme cada día y no saber qué hacer me mataba. Pasé de una vida de rutina y entrenamientos a diario y partidos semanales a no tener objetivos ni rutina”.

En su regreso a su Ámsterdam natal, comenzó a ver la luz al final del túnel. Y cerca de ahí, de su ciudad, de su gente, ha encontrado en el RKC Waalwijk la confianza, la estima y el calor que necesitaba para volver a sentirse futbolista, para desquitarse de sus miedos, para volver a ser él mismo. “Sin importar quiénes seamos, todos somos seres humanos y eso le puede pasar a cualquiera. También quería informaros sobre lo que he estado pasando y por qué la situación es la que es ahora mismo. No ha sido un año fácil para mí pero ahora estoy mucho mejor y estoy muy ilusionado por las cosas que vienen”. Así cierra la carta Gregory van der Wiel. Un futbolista, una persona como cualquiera de nosotros.

 


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Fotografía de Getty Images.