Michel Platini – El ajedrecista francés
En tiempos donde el fútbol aún no se medía en gigabytes por segundo, Michel Platini jugaba como si el campo fuera un tablero de ajedrez y él fuera con varios movimientos de ventaja. Platini no tenía el físico imponente de los atletas modernos ni la velocidad vertiginosa de los extremos actuales, pero sí poseía un don más valioso: la lucidez. Elegia el pase correcto cuando nadie más lo veía, rompía líneas con un toque sutil y se movía como si cada pase obedeciera a una coreografía invisible. Como los grandes ajedrecistas, jugaba con una serenidad implacable, sin alzar la voz, sin necesidad de gestos, confiando siempre en su inteligencia.
En la Eurocopa de 1984 no sólo lideró a la selección francesa hasta el título, sino que se encargó personalmente de reescribir el significado del número 10. Marcó nueve goles en cinco partidos —una cifra que aún hoy parece inverosímil para un mediapunta—, pero más allá de las cifras, dejó una lección de estilo.
Zico – Un ingeniero en el paraíso
Hay jugadores que pasan a la historia por lo que ganaron, otros por cómo jugaron. Y luego está Zico, que pertenece a una tercera categoría: la de aquellos que, sin quererlo, definieron una forma de ver el mundo. Porque eso fue el ‘10’ en su época, un modo de mirar el juego, de imaginarlo.
Lo apodaron el ‘Pelé blanco’, pero eso solo es un atajo para decir que él también hacía que lo imposible pareciera fàcil. Zico era otra cosa. No tenía el cuerpo de una estrella pop, el ego de un emperador ni tampoco el peinado de una celebrity. Tenía el aura de aquellos que no necesitan levantar la voz para hacerse notar.
En Flamengo lo entendieron como se entiende a los grandes poetas: primero con dudas, con cejas levantadas y frases como ‘esto no tiene sentido’, para luego acabar leyendo su obra una y otra vez. Allí marcó más de 500 goles, lideró la época dorada del club, ganó la Libertadores en 1981 y fue campeón del mundo ante el Liverpool.
En 1982 fue la imagen de la selección brasileña más memorable y también la más triste: la que nunca fue campeona. Como si la historia del fútbol tuviera algo de injusta, pero también de inevitable. Como si ganar y enamorar fueran, muchas veces, caminos separados. Aquel equipo, como Zico, es recordado por lo que nos hizo sentir, no por lo que consiguió.
No tenía el cuerpo de una estrella pop, el ego de un emperador ni tampoco el peinado de una celebrity. Zico tenía el aura de aquellos que no necesitan levantar la voz para hacerse notar
Francesco Totti – El emperador del último imperio romántico
Totti es recordado como una declaración de principios. En un fútbol que ya no espera a nadie, donde las camisetas cambian como si fueran contratos de alquiler. En un fútbol cada vez más cambiante, más frío, más fugaz, decidió quedarse en la Roma. 25 años ligado a la ‘loba’. Una vida entera defendiendo los mismos colores. Y esa decisión –aunque parezca sencilla — fue, en realidad, su acto más revolucionario.
¿Podía haber triunfado en el Madrid de los galácticos? Por supuesto. ¿Pudo haber ganado más títulos, más Balones de Oro, más portadas? También. Pero no quiso. Y no porque le faltara ambición, sino porque entendía el fútbol de otra manera. Para Totti, el fútbol no era una carrera, era un vínculo. Como esas personas que prefieren quedarse en el barrio de toda la vida, aun sabiendo que fuera hay más oportunidades.
Francesco fue el último emperador de un imperio romántico. Jugaba como si llevara siglos en el campo, como si cada pase fuera una carta escrita a mano. Lo suyo no fue un amor de película. Fue un amor de esos que aguantan las tormentas, las temporadas sin títulos, las críticas. Se quedó cuando el club no ganaba, cuando otros se habrían ido. Se quedó porque sentía que irse sería traicionarse. “Quien da la espalda a Roma, no sabe lo que deja atrás”, decía. Y él nunca quiso descubrirlo.
Juan Román Riquelme – El genio que encendía la luz
Riquelme no corría, flotaba. Jugaba al ritmo de un tango mientras todos los demás bailaban reguetón. Jugaba sin prisa. Como el tipo que llega al bar, pide su cortado, se sienta en la esquina de siempre y observa en silencio. Lo suyo no se explicaba con estadísticas, sino con silencios. En esos segundos en los que el estadio contenía la respiración porque sabían que algo podía pasar. Era de los pocos que podía devolver el sentido al fútbol cuando parecía que lo estaba perdiendo.
Fue el último ‘10’ puro. El mediapunta clásico, ese que no tenía que presionar como un poseso ni bajar a robar balones para justificar su estatus. Su trabajo era otro. Era el de detener el caos por un segundo y ordenarlo.
Román fue Boca, fue Villarreal, fue Argentina, pero sobre todo fue él mismo. Leal a su estilo hasta cuando eso le costó enemigos, portadas críticas o portazos. Nunca buscó caer bien. Solo jugar bien. Por eso Riquelme no era para todos. Era para los que se fijan en los detalles. Para los que se detienen en el pase previo al pase de gol.
Riquelme no corría, flotaba. Jugaba al ritmo de un tango mientras todos los demás bailaban reguetón
Michael Laudrup – El ‘10’ que componía jugadas en do menor
Hay jugadores que parecen pintores y necesitan pinceles, lienzos y tiempo para crear su mejor obra. Pero luego aparece un danés llamado Michael Laudrup con pintas de pianista tímido y con esa mirada inocente de no haber roto un plato en su vida y te demuestra que estabas equivocado. Porque Laudrup no necesitaba preparar el terreno: lo transformaba.
Convertía cualquier jugada anodina en un poema. Jugaba como quien acaricia las teclas de un piano de cola en medio de un incendio, sin alardes, sin gritar. Como si supiera que el verdadero genio no necesita llamar la atención: basta con que esté. No necesitaba correr, ni pegar gritos, ni dejarse la vida en cada jugada. Bastaba un pase. Una pausa. Un gesto. En el Barcelona, en el Madrid, en la Juventus o con Dinamarca, Laudrup no fue solo un ‘10’. Fue un estado de ánimo. Una forma de entender el juego y la vida: sin prisas, sin empujar, sin forzar nada. Todo con naturalidad. Como quien se cruza con alguien que le gusta por la calle y sonríe, sin necesidad de decir ni una palabra.
Porque como suele decirse: “El fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes”. Y por eso, aunque el juego cambie, siempre vamos a necesitar a alguien que nos recuerde por qué lo amamos. Y para eso está Michael.
Dennis Bergkamp – La pausa en medio del cielo
A algunos jugadores les basta con tocar el balón para demostrar que son distintos. A Dennis Bergkamp le bastaba con pisarlo. Porque mientras todo el mundo quería ir más rápido, él parecía querer frenar el tiempo. Como si supiera que en un segundo caben más emociones que en noventa minutos de vértigo.
En una época en la que el fútbol se empezaba a acelerar, él representó una especie de resistencia poética. Alguien que redibujaba el espacio con cada toque. El tipo que, si hubiese nacido en otra vida, habría sido escultor. Porque cada jugada suya parecía tallada en mármol.
En el Arsenal se convirtió en símbolo y brújula. Era el tipo al que se le daba la pelota cuando nadie sabía qué hacer con ella. El que entendía el fútbol como se entiende una conversación inteligente: escuchando antes de hablar, dejando silencios cuando toca, y encontrando siempre la palabra justa.
Su apodo, el ‘holandés no volador’, encierra una paradoja hermosa. Porque aunque odiaba volar en avión, fue uno de los que mejor voló sobre el césped. En un fútbol cada vez más devorado por la velocidad y los sistemas, Bergkamp nos recordó que el talento, cuando es verdadero, no necesita atajos ni permisos. Solo espacio. Y un balón que se deje querer.
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Fotografías de Getty Images.




