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Fernando repite el mismo ritual todos los viernes. Desayuna una tostada del pan que sobró de la noche anterior, le gusta meterlo dos veces en la tostadora para que churrusquen bien los bordes. Ese pan casi carbonizado lo unta en margarina y mermelada de melocotón. Bebe una taza generosa de café con leche desnatada, a la que añade una gotita de miel. Se traga las dos pastillas para la tensión. Apaga el transistor (este paso a veces se le olvida). Coge el abrigo, el sombrero de fieltro y el llavero de la mesilla de la entrada. Pasa la llave tres veces, hasta el tope, y se baja al bar.

El bar Gravina es un establecimiento sin pedigrí, sin ningún asomo de artificio, con suelos de baldosas de cerámica y barra de metal cromada. Por sus paredes cuelgan fotos de paisajes casi ilegibles y también de plantillas del Real Madrid con marcos de color amarillo cadmio, casi el mismo tono que han adquirido las propias fotografías con el paso de los años. En la entrada hay una máquina tragaperras y una nevera frigorífica llena de tartas heladas. El bar lo regenta Matías. Lleva media vida paseando el trapo –a veces pareciese que el mismo- por detrás de la barra. Delante de ella se sientan a diario, junto a Fernando, Eugenio, Manolo Tamudo, Manuel Veiga, Juan e Ignacio ‘el botas’, que antes de jubilarse era el fontanero del barrio. Fernando siempre ha pensado que hubiese sido bastante más coherente apodarle ‘el gotas’, pero eso es algo que se guarda para él mismo porque hay cosas en la vida que no se discuten, y menos públicamente, como los apodos o que Hugo Sánchez es el mejor jugador de la historia del Real Madrid.

Los viernes a primera hora, sin embargo, se pasan por el bar otros 14 vecinos más de la calle Valmojado a dejar su pronóstico y un billete de cinco euros dentro de un bote de Cola-Cao reconvertido en hucha. En una pizarra colgada entre la máquina de café y una foto de un acantilado de Asturias, Matías va escribiendo “1”, “X”, o “2” según se lo van cantando. En la quiniela del bar Gravina no hay opción de doble resultado, no hay plenos al 15, “ni pijadas de esas”. La quiniela la gana quien acierte más resultados de la jornada, así de sencillo. Pero ocurre algo curioso: el ganador siempre invita al resto a una ronda de cerveza, así que el dinero vuelve en parte a los perdedores, como cuando te echan del trabajo pero te llevas material de oficina escondido en los bolsillos.

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Ilustración de Adrià Fruitós.

Fernando lleva jugando a la quiniela desde que se quedó viudo hace ya unos cuantos años, y todavía no ha conseguido ganar ni una sola vez. Él lo llama “la maldición de Pucela” porque lo que nunca acierta es el partido del Valladolid, “el puto partido del Valladolid”. Alguno del bar le ha sugerido que siga la táctica de poner siempre el mismo pronóstico en los partidos del Valladolid, que a la larga terminará acertando, pero Fernando, que es terco y moralista como su padre –“es que no puedes ser más cabezón, exactamente como tu padre”, le repetía siempre su madre-, se niega a hacer tal cosa porque si uno juega, juega de verdad, jugar a medias no es jugar. “Algún día acertaré el puto Valladolid y ese día, lo juro por la virgen de la Almudena que en el bolsillo la llevo, os invito a cinco rondas del mejor pacharán del bar”, dice a menudo. La quiniela es su momento favorito de la semana, un componente imprevisible dentro de esa monotonía que le va quemando los días, que le va quemando los años, que le va quemando la vida.

El 13 de marzo, como todos los viernes, Fernando bajó al Gravina con su sombrero en la mano. Las calles se veían bastante vacías para ser una mañana laboral de invierno. Al llegar se encontró con las rejas de ballesta lacada hasta abajo y un cartel prendido de las mismas que rezaba: “Cerramos por responsabilidad. Volveremos en cuanto sea posible, la quiniela también. Salud”.

Pasaron tres meses. Pasaron muchas ambulancias por el barrio de Aluche.

El bar volvió a abrir el 5 de junio, con la Liga ya reanudada. Fernando sintió su olor característico a humedad y tortilla de patatas nada más atravesar la puerta y un escalofrío nostálgico le recorrió toda la espalda. Escurriendo la fregona estaba Matías, con su calvicie inapelable, todavía más barrigudo, todavía más feo. En la barra alguien –no cabe duda que madridista- alababa la gestión deportiva de Quique Setién. En el ambiente había, sin embargo, una quietud inusual, enlutada. Aquel viernes, en la hucha del bar Gravina no se recaudaron 100 euros, solo 95; en la pizarra no se escribieron 20 nombres, solo 19.

 


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Este texto está extraído del interior del #Panenka101, un número que está disponible aquí.