Money can’t buy me love. El dinero puede comprar buenos jugadores, construir un estadio más grande, más cómodo, más espectacular, con luces centelleantes, que tenga un cine, un gimnasio y hasta un centro comercial. El Liverpool tiene ese dinero. Y lo gasta. Pero entre sus activos, hay algo que nunca adquirió y que, por mucho que sus propietarios lo desearan, jamás podría vender: el amor de Anfield.

Help me if you can, I’m feeling down. Porque cuando las cosas no van bien, cuando el equipo no funciona y la mirada de los jugadores parece buscar ayuda en la grada, tú respondes. Como condición, solo necesitas saber que tus chicos se están esforzando y que tu entrenador no se rinde. Entonces entregas tu alma y tu garganta a la causa, por muy perdida que esta parezca. La canción no miente: Anfield no los va a dejar solos.

Get back to where you once belonged. De casa al estadio, del estadio a casa. El paseo que hacías cuando eras niño, con tu padre y tu madre, con los colegas, cuando eras un adolescente, es el mismo que haces hoy con tus hijos. Reconforta tener claro adónde perteneces. Por muchas millas que te separen del puerto de Liverpool, tu cuerpo, o por lo menos tu mente, se las apañan para hacerse cada semana a la mar. Porque Anfield no solo es tu casa; es tu patria.

I’ve got to admit it’s getting better. Y al final del camino, la recompensa. Los años en los que no dejaste de creer, centenares de decepciones, las tensiones y las amenazas de un fútbol nuevo y voraz que parecía que quería engullir toda tu historia, un resbalón en el peor momento, aquel gol que no llegó… ¿Dónde estaba esa magia que tanto os ayudaba en las grandes citas? El pesimismo no te impidió seguir animando, y todo empezó a mejorar cuando el Liverpool encontró a Jürgen. Y volvías a sentir cerca la gloria.

Hasta que tu equipo naufragó en Barcelona. Sin embargo, ¿qué otra cosa podías hacer, una tarde de mayo, más que coger tu bufanda y peregrinar hasta Anfield, como siempre habías hecho?