Se acabó el partido y, como suele pasar en las eliminatorias, ambos bandos quedan bien diferenciados. No por la camiseta o los petos que visten, sino por los rostros. Por aquellos brazos que apuntan al cielo mientras que los otros cubren los ojos, ocultando por instantes la dura realidad. Por los vítores de unos que se tornan cánticos de vestuario contra el llanto de otros que asumen la derrota. También por las sonrisas y abrazos de compañerismo ante las miradas incrédulas que anhelan esa reacción y envidian la de sus rivales. En esa situación tan opuesta, dos hermanas se unieron en silencio. Mónica y Sabrina. Sabrina y Mónica.

No era un partido normal. Cuartos de final de la Copa del Mundo sub-20. México dominó gran parte del encuentro pero el gol de la victoria se resistía. Estados Unidos, por su parte, mantenía las formas mientras veía cómo las avalanchas del ‘Tri‘ se volvían cada vez más fuertes. La justicia, para que su funcionamiento sea óptimo, debe carecer de sentimentalismos. Y en un deporte tan apasionado como el nuestro, donde los corazones suelen ir a mil, la balanza no siempre cae del lado que uno esperaría. Ni siquiera suele mantener nunca el equilibrio.

En el minuto 93, con el encuentro agonizando, llegó el gol de las estadounidenses. “Fue un momento muy duro. En México estábamos todas muy unidas y convencidas de que podíamos lograrlo. Teníamos un grupo muy bueno que jugaba muy bien al fútbol. Fue una derrota durísima para mí”, revela Mónica Flores, actual jugadora del Valencia e internacional con la selección mexicana, a Panenka. Y en aquel preciso instante, con los tres silbatos que confirmaban la dura derrota, Mónica claudicó.

Aquel gol en el 93′ había roto en mil pedazos, como si de una ventana se tratase, los sueños de un grupo de futbolistas. Y, entre lágrimas, sintió una mano en su hombro. “Sé que es duro. Sé que lo estás pasando mal y lo siento. Siento el dolor que estás atravesando en estos momentos. Pero lo estamos haciendo bien. Nos esperan grandes cosas a las dos”, le dijo Sabrina Flores, actual jugadora del Sevilla e internacional, en su momento, con la selección estadounidense, tal y como reconoce para Panenka. Ambas hermanas quedaban quietas en el campo durante unos instantes. Unos segundos de soledad en los que no había ni celebraciones ni llantos. Un silencio efímero que se deshizo rápido, devolviéndolas a la realidad.

“Fue un momento muy emocionante porque ella sabía lo mucho que significaba para mí ese partido. Entendía cómo me sentía después del encuentro. Fue tan emocionante porque Sabrina sabía cómo me iba a doler esa derrota”, asegura Mónica, quien también reconoce que su hermana le pidió que estuviese muy unida a sus compañeras de selección en aquellos momentos. “Creo que fue un momento agridulce para ambas. Sabíamos que nos podíamos enfrentar en las rondas eliminatorias. Fue un momento duro para ambas. Ver cómo le afectó a mi hermana fue algo muy difícil para mí”, afirma la actual lateral del equipo hispalense.

 

“Somos afortunadas de poder ser futbolistas profesionales pero también de que compartamos este camino juntas”

 

Sin embargo, aquel partido también simbolizó muchas cosas para ambas futbolistas. Al inicio del mismo, enfundadas en sus distintas equipaciones, chocaron sus manos; se regalaron sonrisas. Y, evidentemente, ambas residían bajo el foco de la familia Flores Grigoriu. Nacidas en Nueva Jersey a finales de enero de 1996, Mónica y Sabrina crecieron al amparo de dos banderas. La de su madre lucía estrellas y franjas. La de su padre, tres colores. A camino entre los Estados Unidos y México, ambas futbolistas crecieron compartiendo aficiones y el amor hacia el esférico. Y ese camino que habían andado juntas desde bien pequeñas quedó reflejado en 2016 al amparo de aquellos cuartos de final del Mundial sub-20. Dos futbolistas. Dos nacionalidades. Misma sangre.

“Fue un momento realmente emocionante para las dos. Aquel partido quería decir que ambas estábamos haciendo las cosas bien y jugando al máximo nivel. Cada una para la selección a la que representábamos”, comienza Mónica. “Fue genial en el sentido de que ambas estábamos ahí representando los dos caminos de nuestra herencia. Y representarlo en el mismo sitio, a la misma vez”, concluye la defensora del Valencia. “Pienso que somos afortunadas de poder ser futbolistas profesionales pero también de que compartamos este camino juntas”, asegura, por su parte, Sabrina.

Mónica Flores jugando con el Valencia / Imagen cedida por el Valencia CF

Y ese camino las ha traído a España. Una defiende la zamarra blanca y roja a orillas del Guadalquivir. La otra hace lo propio con la casaca blanca allá donde acaba el Turia. Sevilla y Valencia. Valencia y Sevilla. A finales de 2019 pudimos ver el encuentro que tenía que enfrentar a ambas jugadoras. Un partido que acabó con victoria de las hispalenses por 4-3 con el gol de la victoria – obra de Toni Payne – anotado sobre la bocina. Mónica saltó al verde alrededor de la hora de partido. Sabrina, por el contrario, se quedó sin jugar.

“Realmente no nos apasiona demasiado jugar la una contra la otra. Es difícil porque ambas deseamos, la una a la otra, que las cosas nos vayan bien. Por eso intentamos concentrarnos solo en el partido”, cuenta Sabrina al ser preguntada sobre cómo viven la semana previa. “Intentamos quitarle hierro al asunto y evitar el foco mediático. Siempre queremos que nos vaya bien a las dos, así que nos deseamos mucha suerte y que el partido sea sano y bonito”, ratifica la futbolista ché.

Sabrina Flores jugando con el Sevilla / Imagen cedida por el Sevilla FC

Abril nos deparaba el partido de vuelta pero, por circunstancias pandémicas, la Liga echó el cierre temporal antes de tiempo. Sin embargo, ambas futbolistas siguen trabajando duro con el objetivo de regresar a las selecciones. Sabrina, al no haber debutado con la selección absoluta de los Estados Unidos, deja la puerta abierta a compartir vestuario con Mónica en el vestuario del ‘Tri‘.  “Yo lo que quiero es estar disponible para jugar al máximo nivel posible y soy afortunada de que, por mi familia, podíamos tener esas dos vías”, explica la actual lateral del Sevilla. “Es más. Estoy orgullosa tanto de Estados Unidos como de México. Que juegue con una no significa que quite valor a la otra. Por ello, la de México es una opción que, si acabase saliendo, la tomaría”, concluye.

“Sería increíble poder jugar juntas. Después de las veces que nos hemos enfrentado, jugar juntas en la selección sería un hecho muy especial. Ambas estamos trabajando mucho y veremos si surge esa oportunidad”, asegura Mónica.

Con el balón secuestrado es difícil echarse a andar de nuevo. Con el fútbol lejos de los televisores los días se hacen más densos y tediosos. Incluso parecen más largos. No queda otro remedio que sentarse y esperar. Así, Mónica y Sabrina aguardan a que su camino quede despejado y se reanude de nuevo. Que vuelvan a tropezarse en un terreno de juego. Igual juntas o igual separadas. “El tiempo lo dirá”, como dijo Mónica. Sin darle demasiada importancia a las curvas que estén por llegar, ambas hermanas esperan cobijarse pronto bajo la sonrisa del esférico.

 


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