Pere Català i Pic nació en Valls, provincia de Tarragona, en 1889. Pese a sus orígenes humildes, que le obligaron a dejar los estudios y a ganarse la vida desde joven, no renunció a desarrollar sus pasiones. Se convirtió en fotógrafo autodidacta y vio pasar a través de su objetivo los convulsos años 30 españoles, marcados por el advenimiento de la República y el golpe y la victoria del fascismo. Català, de marcada visión humanista, se alineó con su bando, el republicano, cuando estalló la guerra y aunó su habilidad fotográfica con su amor por la publicidad para trabajar al servicio de la propaganda. La Guerra Civil llegó en un contexto de esplendor de los carteles como medios de expresión. Eran armas que seducían a las masas, obras generalmente ilustradas, algunas de ellas con valor artístico y todas con un enorme valor histórico. Entre todas esas piezas que se pegaron y se publicaron, hay una que destaca por su impacto, su mensaje y su modernidad. También porque la intención que muestra su título, Aixafem el feixisme, sigue viva más de 80 años después: ‘aplastar’ al fascismo es aún una tarea inacabada.

Con un barro que le había encargado comprar a su hijo, Català moldeó una esvástica que le serviría para una sencilla sesión de fotos. Por la noche, con la ayuda de dos focos y de un mosso d’esquadra, consiguió la imagen deseada, esa que habla sin palabras, sin frases rimbombantes, sin colores llamativos, sin necesitar el trabajo de un caricaturista que deformara la realidad en favor de un ideario concreto. Solo la frialdad de los adoquines mojados, un paso decidido y la rigidez rota de una cruz gamada. La victoria de lo humano sobre lo monstruoso. Era octubre del ’36 y lo peor estaba por llegar: la esvástica era cada día más fuerte y se demostraría devastadora. El antifascismo quedaría humillado y vapuleado, pero resistiría en casa y más allá de los Pirineos gracias a la razón de símbolos universales, de ideas como la que había logrado resumir Català en una sola foto. Conceptos que podían viajar desde las calles mojadas de Barcelona hasta la posteridad.

Al término de la guerra, el fotógrafo tuvo la opción de huir a Prades, donde se encontraría con otros exiliados catalanes como Pau Casals. Pero decidió permanecer en casa para no abandonar a su familia. Esquivó la represión pero no las penurias, y canalizó con escepticismo la caída de los grandes ideales colectivos. Poco a poco, volvió a ejercer, sin suerte en los negocios, sin lograr un reconocimiento que aquel eterno cartel de vanguardia quizá le merecía. Porque las imágenes y los iconos que, como ese pisotón, perduran en el tiempo, son a la vez aprendizaje y recuerdo. Lecciones sobre cómo y cuándo uno debe plantarse ante el abuso en una sociedad libre y valiente. Y memoria, sobre todo, para que el terror del nazismo no aparezca nunca más, contra nadie, en ningún lugar. Tampoco en el fútbol. Ni en sus gradas ni en sus calles ni en sus Mundiales ni en sus torneos de barrio. Y que la bota de tacos sea la única bota que pise, patee y cause admiración.