No levantó la cabeza. No le hizo falta mirar a la portería. Aquel gol ya estaba escrito en su biografía. Su cuerpo, tumbado hacia delante, preparando el gatillo, por un momento recordó al del legendario Eusébio. Pero no. Fue Éderzito Lopes, el hombre que hizo que el país de la saudade, por una vez, explotara de alegría. Con bigote, por supuesto, y con sus rebeldes rastas sujetas como si de un samurái del fútbol se tratara, este genio solitario y, en ocasiones, vilipendiado, dejó su firma para la posteridad.


 

El héroe más improbable de la Portugal menos admirada. Ni Eusébio, ni Futre, ni Figo, ni Cristiano, ausente en cuerpo pero presente como nunca en ese fin de noche parisina. Ni todas las generaciones de oro, plata y bronce de la historia del fútbol luso. Ni los grandes delanteros del pasado. No. Al final, los sospechosos hombres de Fernando Santos y, entre ellos, el menos amado de todos, se encargaron de hacer historia. Que fuera un anónimo el que se convirtiera en su gran héroe refleja a la perfección lo que es Portugal, siempre en constante búsqueda de un espejo donde lamentar los complejos de nación arrinconada en el punto más occidental de Europa, a medio camino de dos continentes y tan distante en corazón y alma del suyo. A lo largo de décadas se creyó que, para triunfar, Portugal debía contar con una gran estrella, de ésas que brilla en cualquier firmamento. El mito sebastianista de que un rey perdido volvería un día de niebla para rescatar al país de sus desastres entró así en el ideario futbolero luso. Pero se olvidó este país, cuando muchos ya daban la batalla por perdida al ver a Cristiano Ronaldo salir con lágrimas en los ojos de la arena de combate, que nunca le faltaron estrellas relucientes en su historia y que ninguna le había llevado a lo más alto. ¿Por qué no reformular la ecuación? Desde luego, la Eurocopa se ha prodigado históricamente en la creación de los más inesperados protagonistas. En Alemania pocos sabían quién era Bierhoff, catapultado por su gol de oro en la final de 1996 y previamente avalado por sus tantos en la exigente Serie A. Charisteas era una estrella, sí, pero solamente dentro de la geografía helena. Antonin fue… Antonin. ¿Pero Éder? ¿Quién demonios podía imaginarse a Éder convertido en leyenda de una inesperada epopeya?

 

Decir que era poco querido es quedarse corto. Pero en su vida eso no es algo nuevo

 

Lo cierto es que pocos se atreverían a colocar a este futbolista en una lista de los 50 mejores delanteros de la historia del fútbol luso. Hasta el 10 de julio de 2016 la percepción colectiva que el ariete guineano despertaba era más bien la opuesta, la de uno de esos jugadores que pasan sin pena ni gloria por la selección. Había anotado tres goles en casi una treintena de partidos, una media desesperante para un atacante. El primero llegó en el decimoctavo encuentro y, al igual que los otros dos, lo obtuvo en un amistoso sin la más minima relevancia. Desde su debut, cuatro temporadas antes, ya con 24 años, su impacto en el fútbol portugués se podía resumir en un número: el cero. En el Mundial de Brasil se movió a menudo con tal torpeza que parecía un futbolista amateur y, naturalmente, eso lo llevó a ser catalogado por algunos medios como el peor delantero del campeonato. Ningún equipo de perfil medio-alto lo buscó jamás en las horas de sofoco del mercado. Su carrera fue discurriendo entre Académica, Braga, Lille y Swansea. Decir que Éder era un low profile sería pecar por exceso. Muchos lusos no le querían en Francia y le reservaban las palabras más feas que se podían decir a uno de los suyos. Cuando anotó uno de los tantos de la goleada a Estonia en el último partido de preparación para la fase final de la pasada Euro, los ‘memes’ convirtiéndole en un cono se hicieron virales. Decir que era poco querido es quedarse corto. Pero aquello no era algo nuevo para él. Su vida está dibujada con colores tristes y callejones sin salida. La tragedia familiar, el abandono, el ingreso en una institución de acogida, la soledad… todo podía haberle llevado por el lado oscuro. En cambio, su eterna sonrisa y optimismo, los mismos que le llevaron, entre risas, a postularse como candidato a la Bota de Oro del torneo, le prepararon para el momento más importante de su vida. Naturalmente, Éder no fue el máximo anotador en Francia, pero Griezmann seguramente hubiese cambiado todos sus goles por el que marcó el portugués. El que realmente valía.

Ser ‘9’ en Portugal es una profesión de riesgo. En un país donde el gol siempre ha cotizado al alza y donde las estrellas son tradicionalmente extremos veloces e incisivos, al ariete de referencia le toca siempre el rol de peón en el tablero. Pocos lo lograron asimilar tan bien como ‘Éderzito’. Puede que no esté nunca en esa terna de delanteros de estadística. No es un jugador de números. Es un futbolista de imágenes. Postales que tienen como destino la eternidad. Nunca será Eusébio, por supuesto, pero lo supo ser en un momento clave, un instante en el que el crack del Benfica nunca logró estar. Tampoco tiene la finura física de Jordão y Gomes, los grandes goleadores de los 80, pero su único tanto en partidos oficiales valió más que todos los suyos juntos. No se mueve entre los defensas como Pauleta ni regatea como Nuno Gomes, pero no tendrá jamás que vivir con la pesadilla de la final perdida de Lisboa en su cabeza.

Los suyos serán sueños de gloria, pero, como una estrella fugaz, puede que Éder no vuelva a pasar por el cielo. No fue nunca la primera opción antes de la final de París y, aunque un país entero le debe su mayor alegría, difícilmente lo será después. André Silva, el niño que se está haciendo hombre en Oporto, está llamado a coger el dorsal número nueve para el Mundial de Rusia. Puede que su destino sea realmente ser la nueva referencia arriba, pero lo tendrá difícil para lidiar con el torbellino de emociones en el que se ha convertido un jugador anónimo y, desde este verano, realeza en un país republicano. ‘Lord Éder’, le llaman ahora los mismos que no confiaban en él, nada raro en un país que siempre duda de sí mismo y olvida que, en ocasiones, es capaz de lograr grandes cosas.

COMPRAR EN NUESTRA TIENDA

En un equipo donde el gol viene casi siempre de la mano de su mayor estrella, Éder supo ser el botón de emergencia en el momento oportuno. Como un artista callejero que provoca sonrisas crueles cuando no es capaz de estabilizar objetos malabares, el día que logra equilibrar la combinación de movimientos es capaz de hacer magia. Torpe, sí, pero de su torpeza sacó un partido que Portugal tenía casi perdido. Su incorporación al terreno de juego -seguramente Fernando Santos pensó que después de un gol en los instantes nales contra Croacia y su- perar a Polonia en los penaltis sólo podía ganar con Éder en el campo- cambió radicalmente una final que Francia controlaba desde la presencia física y el peso emocional. Se presentó con el gesto feliz y fue pisar el césped y el carrusel de estampidas galas llegó a su fin. Hizo lo que ningún delantero luso logró hacer jamás en una gran cita: ser más que un hombre gol. Corrió, taponó, presionó, ganó balones por el aire y los sujetó sobre el césped. Hasta que llegó el disparo definitivo. La posición del cuerpo, la fuerza del remate… podían haber sido las de Eusébio reencarnado en algunas de las mariposas que sobrelovaban Saint-Denis y que rozaron al futbolista nacido en Guinea-Bisáu. Pero la sonrisa con la que selló el disparo, ésa, ésa sí era suya, no hay duda.

Puede que jamás vuelva a anotar un solo gol con Portugal. Como Noé, ya ha llevado a cabo su misión. Si hay un nuevo diluvio, que venga otro a arreglarlo. ‘Lord Éder’ ya ha cumplido con su destino.