Imagina un mundo partido en dos en el que casi todo lo que sabes es propaganda y en el que, si sigues vivo y no hay bombas cayendo sobre tu cabeza, es porque tus enemigos saben que tienes algunos misiles nucleares de los que echar mano si así lo necesitaras. Imagina una vida inquietante en la que la propia existencia del planeta depende del humor de un puñado de líderes que no destacan precisamente por su cordura. ¿Cómo debe ser vivir en el alambre? How does it feel, canta Dylan. ¿Qué se siente al estar en medio de un enorme tablero que no solo es ideológico, sino también cruel y sanguinario, que trata a los muertos de países lejanos como estadísticas, argumentos y más y más y más propaganda?

No hace falta hacer un ejercicio mental demasiado complicado para detectar todos esos dejes propios de los 60 en el mundo que nos toca vivir hoy. Con postulados más moldeables, sí, y escasa militancia, bloques menos definidos y mucho más ruido de unos y de otros gracias a las redes. Pero con la misma amenaza constante, a veces latente, a veces vivísima; siempre con las mismas consecuencias nefastas despertando pesadillas. El cataclismo que no llega. Hasta que…

Y, sin embargo, pese a que pusieron a la Tierra al borde de un ataque de nervios, amamos la década de los 60. Los que la recuerdan, la idealizan. Los que nos la imaginamos, dibujamos en nuestra cabeza una idea de libertad escondida bajo adoquines y entre alambradas. Un arte al alcance de todos, un cine magistral, una literatura rebelde, un nuevo periodismo envalentonado y un capitalismo de rostro amable que nos vendía desarrollismo, crecimiento infinito, a golpe de jingle, canción a canción. Y la mejor parte del pastel, si no la mayor, la más deliciosa, fue para los futboleros. El balompié se corona; revolución futbolística. Nuevos torneos, nuevos campeones, nuevos métodos de entrenamiento, novedades técnicas, variantes tácticas, un Balón de Oro más sorprendente cada año, un fútbol sin líderes que aplasten, practicado con el cuchillo entre los dientes. Charlton, Mazzola, Yashin, Garrincha, Suárez, la última ‘Saeta’ y el primer ‘Káiser’. El juego se profesionaliza tanto que su complejidad se acerca a la de un cohete espacial, aunque se expresa con la vitalidad de una canción pop.

Si nuestra era tiene que parecerse a los 60 en lo malo, ¿a qué espera lo bueno para asomar? ¿Dónde está la sorpresa? ¿Dónde está la innovación? ¿Por qué ya no mandamos a tipos corrientes a la luna? ¿Dónde está George Best? ¿Por qué se fue David Bowie? ¿Quién se atreve a ser Jimi Hendrix? ¿Nadie? ¿Ni un voluntario? ¿Cuánto vamos a tener que esperar? La respuesta debe estar en el viento, canta Dylan. ¿Pero dónde diablos está Bob? ¿Sigue en la carretera? ¿No hay esperanza? Mientras esperamos respuestas, tenemos un plan. Mirad: si esto tiene que irse al carajo, que nos pille en la grada o tocando rock and roll. Así nos aseguraremos que nadie nos volverá a callar. Nunca. Feliz verano. Paz. Y amor.