Llegó el día. Triste y resignada, la derrota volvió a cruzarse con España más de dos años después. Alemania fue la verdugo, como viene siendo habitual, de las nuestras y es que nunca habían logrado que las teutonas clavasen la rodilla en el césped. Qué bonito es perdonar, pero qué complicado es cuando el perdón es erróneo. Y anoche, España perdonó y erró a partes iguales. Anoche fue la enésima entrega de una saga de películas en las que parece que, por decreto, los giros de guion están prohibidos. España cayó y lo hizo sin mostrar su mejor cara.

“La Alemania contra la que empatamos meses atrás no es la misma que la que veremos mañana”, avisó Natalia Arroyo, en Televisión Española, tras el partido que enfrentó a Inglaterra con Noruega. Aquella Alemania, de circunstancias a causa de las bajas y cargada de pruebas, logró un empate en los últimos compases del encuentro tras una cadena de despropósitos en defensa. Pero las sensaciones de aquel partido son que, solventando esos errores, España podía ganar por primera vez al gigante germano.

Anoche, España se conjuró sin sus dos mejores protagonistas para darle la vuelta a la historia. Para que los espectadores pudieran reafirmar sus ilusiones desbocadas por esta competición. Pero la Eurocopa es un terreno pantanoso en la que los errores se pagan caros y, más aún, si delante está el combinado más laureado del continente. Triunfadora por decreto, la casaca alemana parece cargar una aura de fortuna y la capacidad de incomodar a las rivales, independientemente de las jugadoras que la vistan. Camisetismo, le llaman. Pocas entidades logran ese efecto, pero este estuvo más que latente en el enfrentamiento.

España empezó mejor que contra Finlandia. Si en el primer duelo se puso por detrás a los 50 segundos de partido, contra Alemania aguantó hasta los dos minutos y medio. Leila cedió un esférico fácil a Paños y la guardameta cometió un error. Con varias líneas de pase disponibles y tan solo una futbolista rival en el camino entre el esférico y la receptora, la portera del FC Barcelona entregó el balón a la germana. Bühl recibió el regalo, quitó el lazo, arrancó con ilusión el envoltorio y lo mandó a guardar directamente contra la red. Las caras de las futbolistas eran pura poesía.

 

“El partido podría durar 90 minutos más, que hubiese seguido completamente igual”

 

Pero la cadena de errores estaba lejos de partirse. Lucía García, desde el eje del ataque, lanzó un movimiento maravilloso para driblar el fuera de juego y se plantó sola enfrente de Frohms. Podía lanzar, pero buscó el regate para asegurar el tiro y el balón se le fue largo. El esférico, lejos de alojarse en el fondo de la red, se acomodó en el lateral. Lucía mordía el césped mientras que algunos brazos se lanzaban a la cabeza, sin creer lo que ocurría. Similares sensaciones al error de Nahikari frente al mismo rival en el Mundial de Francia volvían a remover el interior de futbolistas y aficionadas.

En los minutos posteriores, esa agonía fue en aumento. En el recorte de Patri, muchos visualizaron uno de sus obuses habitualmente colocados y alojados en alguna de las esquinas superiores de las metas rivales. Sin embargo, este lanzamiento apenas cogió vuelo y aterrizó mansamente en los guantes de la guardameta alemana. La balear se lamentó y regresó hacia su posición mientras maldecía la jugada. A los pocos instantes, Mariona recibió en la frontal del área y, completamente estática, dibujó una parábola con música en busca de una de esas escuadras. Frohm se lanzó, pero estaba muy lejos de detener esa maravilla. En otro contexto, el tiro de Mariona hubiese sido gol, se hubiese cantado por todo lo alto y sería protagonista de muchos otros textos, pero en contra de la fortuna se perdió muy cerca del palo.

En España se empezaban a acumular los uy de la afición a la par que crecían las esperanzas de igualar la contienda. El camino era el correcto hasta que el combinado se perdió en una esquina. Un servicio desde el córner encontró la solitaria cabeza de Popp. La alemana burló la marca, las nuestras volvieron a fallar en defensa y el remate, tras tocar en el hombro de Guijarro enfiló su camino al gol. Paños, estática sobre la línea de cal y erróneamente orientada hacia el primer palo, vio como el esférico volvía a encontrarse con la cara interna de la red. Era el segundo gol en apenas dos disparos y la ilusión se desmoronó por completo.

Hasta entonces, esa alegría y euforia fue sólida como muros de hormigón, pero tras la salida por lesión de Alexia y Jenni, esas emociones se sostenían con la misma fragilidad que un castillo de naipes. El testarazo de la germana derrumbó las esperanzas españolas. “El partido podría durar 90 minutos más, que hubiese seguido completamente igual”, aseveró Vero Boquete, exfutbolista de la selección, al término del partido que acababa de comentar en la cadena nacional. Y es que España se apropió de la posesión y amasó el esférico la gran parte del partido. No obstante, a partir de tres cuartos de campo, las ideas eran tan volátiles como abstractas y materializarlas era cada vez más complicado.

 

Volvió la derrota, vieja conocida, pues España no hincaba la rodilla en el verde desde que los Estados Unidos ganasen por 1-0 en la She Believes Cup de 2020

 

Las alemanas entendieron el contexto del partido. Esperar, agazapadas, a que España cometiese errores con el esférico, mientras que ellas debían mostrarse sólidas en todas las líneas del campo. Y así fue. Ni siquiera fueron mejores sobre el terreno de juego. Visualmente, no ofrecieron ningún espectáculo. Ningún regate de maravilla ni un juego escandaloso. Más bien fueron pragmáticas. Eficientes. Dibujaron un plan sin lujos ni espectáculo. Anularon a España, hicieron su trabajo y se garantizaron la primera plaza del segundo grupo de esta Eurocopa.

España, por su parte, acabó el partido y la sensación era que, a pesar de lo mucho que había mejorado en los últimos años, seguía un escalón por debajo de las mejores del continente. Carente de alternativas, ninguna de las fórmulas de Vilda encontró el gol, y eso que en el banquillo vivía Amaiur, tercera máxima goleadora de la Primera Iberdrola con 17 tantos, por detrás de las lesionadas Alexia y Jenni. O Claudia Pina, a pesar de que esta dispuso de poco menos de media hora cuando el partido ya iba con dos goles de desventaja.

En cualquier caso, la noche veraniega cayó en Brentford y las futbolistas abandonaron el estadio. Dolidas y resignadas, conscientes de que los errores habían sido los grandes culpables de la derrota frente a las germanas. Sin embargo, una máxima también se dejaba caer. Volvió la derrota, vieja conocida, pues España no hincaba la rodilla en el verde desde que los Estados Unidos ganasen por 1-0 en la She Believes Cup de 2020. Han pasado más de dos años desde entonces, lo que también indica la capacidad de este combinado para solventar sus duelos. Por delante, Dinamarca, en la que será su primera gran final del torneo. Su primera gran noche y una bocanada de ilusión en lo que sería mucho más que una victoria para superar la fase de grupos.

 


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Fotografía de Getty Images.