Las primeras impresiones duran para siempre. Luego las moldeamos, las cuidamos o las desechamos, pero hay algo que permanece. Casi todos conocemos a alguien o a alguien que conoce a otro alguien que dice ser aficionado, simpatizante o enamorado del Arsenal. Preguntadle por qué. Reflexionará, hará memoria y os hablará de una sensación, de un chispazo surgido durante una escapada a Londres, de una primavera en la que su club local, descolgado en la tabla, ya no se jugaba nada, de la conversación con un emigrante, de un resumen en la tele, de aquel gol de Bergkamp contra el Newcastle, de Thierry Henry, de la PlayStation, de un artículo en una revista o de un pasaje de aquel libro de Nick Hornby que, por el amor de Dios, ya deberías haber leído. Aunque los puristas puedan acertar al señalar esas veleidades contemporáneas de ‘hacerse de un equipo’ como un zarpazo del monstruo del fútbol moderno, no deja de ser cierto que el amor por un club extranjero suele nacer de forma mucho más racional que el apego que se siente, de nacimiento, por el conjunto ‘materno’: cuando te hiciste hincha del Arsenal, ya tenías uso de razón. Lo cual no evita que, como pasa con todo romance, esa elección libre y casi adulta parezca fruto de un sueño misterioso e inexplicable. Aunque también viene condicionada. Porque unos años antes que tú, ya hubo otro extranjero que sintió lo mismo. Quizá no lo sabes, pero te marcó: sin aquella primerísima primera impresión, hoy no estaríamos escribiendo esto.

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En un viaje desde Estambul que hizo cuando era entrenador del Mónaco, Wenger quiso aprovechar una parada en Londres para ver algo de fútbol. ¿Arsenal-Tottenham en una fría tarde de invierno de 1989? Sonaba bien, así que alguien le consiguió una entrada para Highbury. Allí conoció a David Dein, vicepresidente del club, con el que enseguida entabló conversación. Las primeras impresiones duran para siempre, las hay que hasta pueden revolucionar la historia de una entidad centenaria. Solo hay que regarlas bien para que florezcan. Eso hicieron Dein y Wenger, que cuidaron su amistad hasta que en el otoño de 1996 se concretó en un hecho singular: la llegada de un extranjero al banquillo del Arsenal.

De aquel primer contacto, imagina si quieres escenas como una larguísima velada futbolera, un rico intercambio de ideas en el que ese alsaciano elegante, delgado, de cara chupada y con gafas, expuso durante horas sus espléndidas teorías, que convencieron al directivo de que, un día, debía entregar las riendas de su equipo a un completo desconocido. Pero no. Ese día, lo más brillante que dijo Wenger no fueron sus propias palabras, igualmente seductoras e interesantes, sino las de William Shakespeare. Tras una cena con amigos de los Dein, animado y relajado, el técnico aceptó jugar a los actores interpretando El sueño de una noche de verano. 1989 vio el primer acto. Pero ya dijo el poeta que el amor verdadero no tiene nunca un camino fácil, así que el segundo acto, obra maestra, no comenzaría hasta siete años después.