¿Cómo se pasa de ser un héroe nacional a ser desterrado diez años en un gulag? Un giro de 180 grados en el que simplemente bastó con tocarle las narices al futuro jefe de la policía secreta de Stalin. Todo comenzó en un partido entre una sociedad deportiva moscovita y el Dinamo de Moscú, el conjunto arraigado a la KGB. Con el pretexto histórico de una Unión Soviética novicia tras la Revolución bolchevique, a principios de 1920, Nikolái Stárostin y Laurenti Pavlovich Beria, nuestros dos protagonistas, se encontraban en ese terreno de juego. Aquel día, Stárostin ‘le hizo un traje’ al corpulento Beria. Se dice que le estuvo incordiando durante todo el partido e incluso que le hizo un caño. Un acto que le ridiculizó ante todos. Avergonzado y resentido, Beria juró que algún día obtendría su venganza. Más tarde, este empezaría su flamante carrera política hasta convertirse en una de las manos derechas de Stalin.

Así comenzó la historia de uno de los tipos más infames de la Unión Soviética. “Cuando no estaba ocupado en la exterminación sistemática de millones de ciudadanos, se paseaba por Moscú en una limusina invitando a adolescentes a subir”. Este episodio lo cuenta el propio Nikolái en sus escritos. Unas memorias que, en 1994, Simon Kuper recuperaría en Fútbol contra el enemigo, editado por Contra en España. El primogénito de los Stárostin fue una figura totalmente contrapuesta. Llegó a ser capitán de la selección rusa, tanto de la de fútbol como la de hockey sobre hielo, entrenó a la selección soviética y, en 1935, fundó el Spartak de Moscú junto a sus tres hermanos como alternativa al Dinamo (arraigado al KGB de Beria) y al CSKA (relacionado con el Ejército Rojo). Por tanto, nacía la única entidad deportiva sin vinculación directa con la política. Los hermanos Stárostin -en concreto Nikolái- decidieron basarse en el esclavo Espartaco, que rompió el yugo de sus amos y rebelarse contra el Imperio romano, para nombrar a la nueva entidad. Quizá por esos dos motivos, el Spartak es considerado como “el equipo del pueblo”.

El conjunto ‘Krasno-belie’ (rojiblanco), en el que jugaban los cuatro hermanos, empezó a ganar fama entre las masas. Incluso llegó a disputarse un partido en plena Plaza Roja de Moscú entre el Spartak titular contra el equipo suplente, en conmemoración de la Jornada de la Cultura Física y con todos los altos mandos del Gobierno, Stalin incluido, presentes en el Kremlin. Cuando el Spartak ganó la liga soviética en 1938 y 1939, Beria montó en cólera y citó al entrenador del Dinamo a su despacho.

– ¿Cuál es el problema?– le preguntó Beria a su oficial.

– El Spartak paga mejor – dijo el entrenador – y tenemos problemas con la defensa, pero esperamos…

– ¿Quizá un pelotón de ejecución sería una buena defensa? De acuerdo. Podemos arreglarlo. Le aconsejo que no olvide esta conversación – interrumpió Beria.

Stárostin pasó mucho tiempo esperando su detención. Sabía que algún día Beria utilizaría cualquier excusa para arrestarlo. Y así fue. En el primer intento, el primer ministro soviético, Vyacheslav Molotov, no se sabe muy bien por qué, se negó a firmar la orden de arresto. Hasta que una fría noche de 1942, al jugador ‘espartano’ “le despertó un haz de luz sobre sus ojos y un par de revólveres apuntando su cabeza”, como afirma Kuper en su libro. Stárostin fue trasladado a Lubianka, el cuartel general de la KGB, donde pasó dos años retenido y sometido a constantes interrogatorios. Se le acusaba de urdir un complot para matar a Stalin, pero con el tiempo, le retiraron esos cargos por falta de pruebas. Aún así, Nikolái y sus tres hermanos fueron declarados culpables por ‘apología de un deporte occidental y burgués’, algo que iba en contra de la concepción soviética en cuanto al fútbol se refiere. Les condenaron a diez años de trabajos forzados en distintos gulags de Siberia. La venganza de Beria se consumó al fin.

No obstante, “el futuro no se nos presentaba tan lúgubre -escribe Stárostin en sus memorias- ya que no estábamos solos. La gente nos consideraba el símbolo del Spartak”. Evidentemente, Nikolái había sido el futbolista más famoso de la Unión Soviética y los jefes de todos los gulags por los que pasaba querían que entrenase a su equipo. Nadie se atrevió a tocar a los Stárostin. “Hasta los peores delincuentes se quedaban callados cuando contaba mis anécdotas de cuando era futbolista”. Él cree saber por qué, en circunstancias tan duras como aquellas, el fútbol era tan importante. “Para la mayoría de gente, el fútbol era la única oportunidad de conservar en sus almas una pequeña reserva de simpatía y sinceridad hacia sus semejantes”, alegó en sus manuscritos.

Un día cualquiera, Nikolái Stárostin recibió una llamada del mismísimo Vasili Dzhugashvilli, el hijo de Iósif Stalin, para sacarle de ahí y que entrenara en el VVS, el conjunto de las Fuerzas Aéreas que el mismo Vasili había fundado. Cuando llegó a Moscú, Beria fue a visitarlo y le advirtió que tenía 24 horas para abandonar la ciudad, así que Vasili lo acogió en su propia casa. “Hasta dormíamos juntos en su enorme cama”, recuerda Stárostin. Después de varios fracasos del jefe de la KGB por apresar al técnico, Nikolái se escapó por la ventana de la casa para ir a ver a su familia. A la mañana siguiente fue arrestado y enviado a Kazajistán.

Con la muerte de Stalin padre en 1953, Beria intentó suceder al dictador como líder de la URSS, fracasando estrepitosamente y siendo juzgado por dos crímenes: ser un agente imperialista y dedicarse a actividades que atentaban contra el Partido y el Régimen, por lo que fue declarado culpable. Beria fue ejecutado de inmediato. Por su parte, Nikolái regresó a Moscú, al igual que sus hermanos, y se negó a trabajar para el Dinamo. “Somos el Spartak”, declararon los cuatro. En 1955, volvió al club que fundó como presidente, cargo que ostentó hasta 1992. Múltiples estatuas de Nikolái y sus hermanos están vigentes por todo el recinto del Otkrytie Arena, el estadio del Spartak, para conmemorar al ‘otro’ Espartaco. Un esclavo que se alzó para derrocar un imperio entero.
 


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