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Cuando Japón conquistó Francia’98

La selección nipona, que pronto iba a instalarse en nuestros corazones, debutó en el último Mundial del siglo, y con una Copa de Asia en su palmarés

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En esta serie de artículos, proponemos un viaje al lector a través de lugares, momentos, casualidades, héroes y villanos que conforman la historia de los mundiales de fútbol, desde sus primeros días hasta la actualidad.


Decir que desde 1998 han pasado 24 años es encarar a la dura realidad del paso del tiempo. Las canas salen, los recuerdos se van borrando y las páginas del calendario se siguen arrancando. El tiempo no cesa para nadie y lo cierto es que ese Mundial del 98 fue la primera gran aventura para algunos y la segunda emoción sincera para otros. Quedaba atrás el éxito mercadotécnico y futbolístico de llevar este amado deporte a suelo estadounidense y ver brotar en niños y niñas alrededor del globo la emoción del juguete nuevo, de la promesa vital e inocente de la felicidad cada cuatro años.

Llegó, pues, al borde del siglo XX, ese campeonato del mundo a Europa, específicamente a Francia. Apostar al azul de los Zidane, Dugarry, Vieira o Petit acabaría siendo movimiento ganador en una final en la que Ronaldo no fue Ronaldo por culpa de un episodio previo que a punto estuvo de costarle la titularidad y en la que ‘Zizou’ se presentó al mundo como nueva estrella global. Fue la nueva esperanza de la que Vázquez Montalbán hablaba, esa que se presentó en los comienzos de esa oscuridad contemporánea en la que los héroes escasean la influencia de lo ajeno al puro juego, dentro o fuera del césped, crece de manera desmesurada.

En ese escenario, mucho antes de la final, el azul resplandeciente de las camisetas no solo gobernaba la ilusión de los galos. Para Japón, la cita del 98 fue pura emoción. He aquí una curiosa paradoja del tiempo: a la vez que puede parecer cercano ese torneo en el que brilló la anfitriona ante Brasil, parece mentira que solo hayan pasado 24 años desde la primera participación del país del Sol Naciente en un campeonato del mundo. Acostumbrados a que el público se enamore del paso nipón por los grandes torneos, mostrando promesa de buen fútbol, progreso, buenos modales y un indudable gusto por el merchandising de calidad (sus camisetas suelen dejar buenas críticas), sorprende que su primera cita para luchar por la ansiada Copa del Mundo no se diera hasta el Mundial de Francia’98.

A pesar de que su primera aparición como selección fuera en 1917, en un amistoso ante China auspiciado más por la afición y las ganas de jugar que por la oficialidad de su disputa, la selección de los ‘Samuráis’ tuvo dos vidas dentro de la FIFA. La primera, hasta 1939, donde se apartarían de las instituciones futbolísticas a causa de su presencia dentro del eje en la Segunda Guerra Mundial. La segunda, a partir de 1950, donde volvería a integrarse dentro del sistema futbolístico internacional. Su presencia en grandes citas, a pesar de todo, no fue hasta 1988 en Catar, donde participó por primera vez en una Copa Asiática, un torneo donde no solo cayeron de pie, sino que consiguieron ganar cuatro años después. Un anticipo con el valor suficiente para tomar en serio su candidatura a jugar un Mundial. Los ‘Samuráis’ llegaron al Mundial de 1998 con una Copa Asiática bajo el brazo y con mucha ilusión y confianza en los suyos. La fase de clasificación permitió soñar a los nipones, superando a Omán, Macao y Nepal, y haciéndose con un hueco para disputar la fase final en Francia. A esas alturas de transformación, los japoneses no solo habían comenzado a desarrollar pasión por el deporte balompédico, sino que ya habían empezado a pulir a sus primeros grandes ídolos.

Y si en los primeros años internacionales destacó Kunishige Kamamoto, ídolo protagonista en los primeros años de la representación de Japón en los Juegos Olímpicos, la primera gran estrella mundialista y global fue Hidetoshi Nakata. Uno de los grandes iconos del fútbol japonés de la época y uno de los primeros representantes del fútbol nipón fuera de sus fronteras. Jugador, entre otros, del Perugia o del Parma, Nakata fue capaz de hacerse con el cariño de los futboleros de medio mundo. Habilidoso y atrevido, el del ‘Beckham japonés’ hechizó a quienes veían por vez primera el azul eléctrico de las camisetas niponas en las sedes de esa Francia de finales de los 90 ocupada por la histeria mundialista.

El público se enamoró del azul japonés como si se tratara de la niña nueva en clase de la que todos se enamoraban en el colegio. Esa camiseta, esas estrellas incipientes y ese toque de exotismo fueron la clave para que a Japón se la quisiera desde el primer segundo y se la llorara antes de que acabara la fase de grupos. Como a veces tiende a suceder, el torneo no interpreta el cariño de la gente. El futuro no tenía reservado nada especial para esa novata que caería pronto en la fase de grupos, tras ser última en el Grupo H, donde quedó encuadrada con Jamaica, Croacia y Argentina.

 

Esa selección, querida por tantos por su exotismo y atrevimiento, por sus figuras y su vistosidad, iba a seguir escalando en los años sucesivos, logrando unos dignos octavos de final cuatro años más tarde como anfitriona

 

Su primer partido en la historia de los mundiales se daría un 14 de junio de 1998, enfrentándose a una de las grandes favoritas para el título. A la Argentina de Passarella le bastaría con un gol de su estrella Batistuta para frenar los ánimos de Japón en esos primeros días de Mundial. Sobre el campo, el mito Kawaguchi, portero de Yokohama Marinos, que seguiría jugando mundiales con Japón hasta 2010. Y además del gran ídolo Nakata, formaba Shoji Jo, quien luego pasaría por España de la mano del Real Valladolid. Esa tarde de junio en el Stade de Toulouse no fue capaz, sin embargo, de minar la fe de los ‘Samuráis’.

Pero la película iba a cambiar levemente. Davor Suker lograría ante Japón la victoria para los croatas y el acierto de Theodore Whitmore, primero jugador del Hull City y más tarde seleccionador nacional jamaicano, acabaría con los sueños mundialistas de los entrenados por Takeshi Okada. Japón dijo adiós a Francia’98 con la ilusión, sin embargo, de haber llegado más lejos que nunca. De haber caminado más allá del umbral de su historia. Esa selección, querida por tantos por su exotismo y atrevimiento, por sus figuras y su vistosidad, iba a seguir escalando en los años sucesivos, logrando unos dignos octavos de final cuatro años más tarde como anfitriona. Una marca que repetirían en Sudáfrica’2010 y en Rusia’2018. Generaciones distintas buscando siempre superar una marca que, a las puertas de un nuevo Mundial en Catar, querrá ir más allá de nuevo, con la confianza de no haber dejado de asistir a un solo Mundial desde que lo lograran aquel lejano año 1998. Hace ya 24 años.

 


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Fotografía de Getty Images.