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Cómo cuesta echar de menos el fútbol

La vida no es tanto mejor si hay partido de nuestro equipo. Pero cuando se va, no hay Mundial de Clubes, Euro, Tour, Wimbledon, vacaciones, viajes, festivales, que lo sustituya

En un mundo que gira a toda hostia, y ya no sin ABS, sin freno en un día de lluvia espantoso, en un momento en que el Mundial de Clubes o la Eurocopa femenina siguen saciando a una mayoría golosa, los hay que tenemos más de un mes de silencio. En la nada. Culiprietos. Un tiempo en el que podemos echar de menos, si sabemos cómo. 

Añorar es como dejar de fumar. Sabes que tiene remedio. No es perder. Se puede añorar una pérdida, pero sobre todo se extraña aquello que puede volver. Añorar es una pausa. Como cuando tu mejor amigo se marchaba al pueblo en verano, al terminar la escuela y, al ser finales de los noventa y no tener móvil, la única señal que tenías de su regreso era ver la persiana de su casa subida. 

Miguel volvía cada año con increíbles novedades: un mortal en la piscina, un primer beso…Y yo en Barcelona, yendo a la playa con la yaya por las mañanas. Mi verano no había sido tan malo ni el suyo tan bueno. A los cinco minutos de charleta en el parque recordaba que era un fanfarrón. Y cuando sacaba el cajetín que le había dado su primo Juan, también recordaba los problemas que me daba. Pero le había echado de menos. 

 

Del fútbol importa más el calendario, la rutina, que el propio fútbol. No es el fútbol, son los parones

 

Me pasa lo mismo con mi equipo. La vida no es tanto mejor cada fin de semana cuando hay partido. De hecho, me trae más disgustos que de aquellas cuando nos pilló mi padre fumando de esa cajetilla de Juan, tabaco de aroma seco y resinoso, pino pestilente. Incapaz de acabarnos un piti entre ambos. Me quedé sin bici para Reyes. La vida no es tanto mejor cada fin de semana cuando hay partido. Pero cuando se va, no hay Mundial de Clubes, Euro, Tour, Wimbledon, vacaciones, viajes, festivales, que lo sustituya. 

Mi madre me decía a mis doce que era bueno echar de menos. Que era bueno echar de menos a Miguel, ¡pasaste todo el curso con él, normal que le extrañes! A mi me avergonzaba algo la idea, no sé. Solo una vez, y ya con quince, previendo que ese sería el último verano de espera, porque no haríamos bachiller juntos, le dije a Miguel: te eché de menos, cabrón. El cabrón era la marca de distancia. El seguro de virilidad. 

Ahora vuelvo a avergonzarme al echar de menos. Ya superé las gilipolleces de machito imberbe. Lo digo más a menudo de lo que me lo piden, lo juro. Ya no hay quien en el parque pueda gritarme un sobrante pero efectivo –para la época– maricón. Qué bien haber salido de ese parque. Pero, ¿por qué no puedo echar de menos el fútbol? Me cuesta igual o más justificar la añoranza que a los doce. Aunque ya no haya matuzas de por medio. 

Nos pasamos la vida mecidos en ideas medio inculcadas, tonterías poco pensadas y modas sin cuño. Me cuesta reconocer en alto que me siento raro el fin de semana sin bloquear esas dos horas sagradas. Que eso me afecte en julio no aguanta ya ni porque sea el espacio más importante que comparto con mi padre. Que sí. Pero va más allá. Como citaba Sorrentino en Youth, parafraseando al filósofo alemán Novalis: porque siempre estamos volviendo a nuestra casa. A casa de nuestros padres… Porque siempre estamos volviendo al fútbol –añadiría yo–, una casa como otra cualquiera. ¿Es una pasarela directa a la infancia? También. Muchos otros, y mucho mejor que yo, habrán escrito sobre el fenómeno. Pero hay algo más: el fútbol es una zona de confort sistémica y normativa. Rancia y adquirida. Una pasión baja. Pero vital. 

Cuando ando mal, ansioso, depresivo, esas dos horas del fin de semana son de lo poco que sí. Y cuando el árbitro pita el final, y hemos perdido, me voy todavía más abajo. Pero hasta entonces, hay algo. Y si vamos al estadio con amigos, con mi padre, con mi madre, los tres; ya ves. No es racional. Desde lo racional, insisto, lo abomino. 

 

Hay algo más: el fútbol es una zona de confort sistémica y normativa. Rancia y adquirida. Una pasión baja. Pero vital

 

Ahora estoy de vacaciones. Y cada día que pasa es uno menos para volver a oler el césped o a sentarme en el sofá con la bufanda puesta. Es uno de los pocos consuelos de la vuelta a la oficina. Me cuesta justificar porque añoro el fútbol. Y me avergüenza admitirlo. No echo de menos currar. Siquiera a Miguel. Aunque sí un poquito sus historietas de ligues inventadas. Ese mundo en el que todo podía ser. En el que incluso mi equipo podía salir campeón. 

Los que no jugamos fases previas de ninguna competición, ni torneos pintones de verano, y por supuesto no estamos representados en mundiales recién inventados, ni aportamos internacionales, solo podemos esperar a mediados de agosto a que vuelva la competición regional. Con mi equipo, hemos bajado a segunda varias veces en poco tiempo. ¡Y me encantaba que la liga se extendiera en los play-off!

No me consuela el mercado de fichajes. Es un mercado. Un zafarrancho de rumores y menudeces. A mí me da igual quien salga a jugar, nada más me interesa la idea de que jueguen. Cuando el balón rueda, ahí ya no me lo tomo tan a pecho. Son muchos años de balonazos, laterales que no suben, delanteros que se borran, centrales sin pie derecho (ni izquierdo)… Del fútbol importa más el calendario, la rutina, que el propio fútbol. No es el fútbol, son los parones.

 


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Fotografía de Getty Images.