Nunca fuimos más felices (Tusquets Editores) es, según su autor, un diario, un ensayo, unas memorias, una autobiografía, un cuento y una novela. Carlos Marzal (Valencia, 1961), autor de una veintena de libros, dice que el que acaba de publicar es que el más le ha gustado escribir. Deja que cada uno defina el libro como quiera porque no es supersticioso de los géneros. Tampoco de los temas. En Nunca fuimos más felices utiliza el fútbol para vertebrar un tratado inmenso y profundo, también divertido y ameno, donde Marzal no suelta la pelota demasiado rápido ni la manosea en exceso. Es un libro con el que el autor quiere agradecerle al fútbol todo lo que le ha dado, que se podría resumir en tres regalos como los que traen los Reyes de Oriente: felicidad, entretenimiento y un vínculo más fuerte con su hijo.

Nunca fuimos más felices que… ¿cuando jugábamos al fútbol de pequeños?

Nunca fuimos más felices que cuando no habíamos caído en el tiempo, cuando éramos niños dioses, en los veranos interminables de la infancia, cuando no existían las obligaciones, ni el futuro, tan sólo el instante presente, que a menudo consistía en jugar al fútbol durante siete u ocho horas, hasta caer rendidos. Entonces no lo sabíamos, pero éramos eternos.

También le está agradecido al fútbol por la cantidad de horas de entretenimiento.

El fútbol es uno de los juegos más maravillosos que ha inventado el hombre. Es una forma de matar el tiempo extraordinaria. Y esa labor -matar el tiempo- representa uno de los trabajos fundamentales del ser humano, de su destino. Somos tiempo, tiempo que nos destruye, y procuramos burlarlo con nuestras pasiones, practicando aquello que amamos.

Por último, le agradece al fútbol la complicidad que le ha permitido tener con su hijo.

El fútbol me ha regalado una complicidad muy profunda con mi hijo, muchas horas de viaje, de conversaciones, a su sombra, llevado por su mano, mientras lo llevaba de mi mano yo. He comprendido muy bien el célebre verso de Wodsworth: “El hijo es el padre del hombre”. Puede parecer que los padres guiamos a nuestros hijos en el mundo, pero en realidad son ellos los que nos guían. ¿Cómo no amar algo que nos permite vivir junto a los que más amamos? El fútbol existe para prolongar la infancia en nosotros mismos, más allá de nosotros mismos.

“Nadie ha averiguado hasta la fecha en qué consiste ser padre”. ¿El libro le ha servido para escribir sobre la paternidad?

El libro me ha servido para elucubrar acerca de la vida, eso que nunca sabremos muy bien en qué consiste, por mucho que elucubremos. La paternidad, como los grandes asuntos de nuestra vida, es un hecho misterioso. Creo que es una forma de comprender el eterno retorno de lo mismo: en el amor a nuestros hijos, recuperamos el amor de nuestros padres cuando éramos niños, un período del que no tenemos memoria.

¿Su hijo ha leído el libro?

Lo está leyendo, a su aire, a su ritmo. Tengo la impresión de que dentro de muchos años le gustará que su padre lo haya escrito y que él sea el protagonista. Por lo demás: los pájaros no saben de ornitología, ni falta que les hace.

 

“El fútbol es una extraña variedad del amor: leemos a diario cosas relacionadas con él, nos alegramos, nos entristecemos, discutimos, reflexionamos, soñamos”

 

¿Los padres juegan ‘el partido de vuelta’ después de haber jugado ellos el partido de ida?

Todos los padres aspiramos a que nuestros hijos sean más felices que nosotros, mejores, que tengan toda la suerte del mundo. Desde ese punto de vista, todos los padres proyectamos en nuestros hijos nuestras ambiciones, nuestros temores, nuestras esperanzas. No se trata de vengarnos de nuestro destino, sino de completarlo a través de ellos. No constituye -al menos en mi caso- un acto de revancha, sino de agradecimiento. Yo no he pensado jamás “mis hijos me vengarán”, sino “mis hijos me honrarán siendo felices”.

“El fútbol es un contagio que se transmite en familia, como la gripe cuando entra en casa”. Si a su padre no le gustaba el fútbol, ¿a quién le contagió usted?

Mi abuelo -ingeniero militar retirado a la fuerza, después de la guerra civil- era futbolero, madridista, y me inoculó el veneno. Pero uno se contagia para siempre jugándolo en la infancia, en el patio del colegio de los Dominicos de Valencia. La pelota es la divinidad más agradecida, porque siempre escucha y contesta, siempre vuelve.

¿Ha tenido este libro ‘dentro’ durante mucho tiempo?

Sabía que terminaría escribiendo sobre fútbol, porque todo lo que escribo es autobiográfico en cierto modo, y he dedicado mucho tiempo al fútbol a lo largo de mi vida. Era una obligación sentimental. Por lo demás, el fútbol es uno de los asuntos cotidianos en los que más energía moral se deposita, por todo el planeta. Es una extraña variedad del amor: leemos a diario cosas relacionadas con él, nos alegramos, nos entristecemos, discutimos, reflexionamos, soñamos. Desde el filósofo hermético al albañil, desde el presidente de la nación a la vieja enferma en el hospital, el fútbol ocupa nuestra forma de estar en el mundo.

Lo autobiográfico también es ficción.

Todo es ficción, porque el lenguaje lo tiñe todo, y es literatura, relato, fábula. Desde el momento en que recordamos y ordenamos nuestro discurso, estamos haciendo ficción. Nada fue como lo contamos, pero termina siéndolo, porque las palabras son el único instrumento para manejarnos en la realidad. Pero también todo lo que escribimos resulta autobiográfico, desde la lista de la compra a los tratados de aritmética, pasando por las autobiografías literarias. Los libros sobre el cultivo de orquídeas son literatura autobiográfica, porque el jardinero que los escribe dedica su vida a esa pasión.

El libro es un híbrido entre un diario, un ensayo, una narración de narraciones… Es todo un reto para los que les gusta etiquetar a los libros.

Nunca he sufrido la superstición de los géneros: ni como lector, ni como escritor, ni como profesor. No sé si La celestina es una obra de teatro, una novela dialogada, un poema en prosa o todo eso al mismo tiempo. Qué mas da. Es una maravilla literaria que nos asombra con su conocimiento sobre el corazón humano, sobre su gloria y sus miserias. He escrito un libro que aspira a la literatura, y tiene algo de diario, de ensayo, de memorias, de autobiografía, de selección de aforismos, de cuento, de novela. Que cada cual lo defina como más le guste.

Dice que siempre se le alargan los proyectos. ¿Disfruta el proceso de escritura?

No siempre se disfruta escribiendo, al menos yo. Por lo general es una actividad dura, complicada, solitaria. Pasamos años ordenando palabras, ensayando su efecto, y eso se lee en unas cuantas horas, en pocos días, y después desaparece en el cúmulo de los libros, que es una forma curiosa de desaparecer, de estar y no estar a la vez. Pero el caso es que los escritores necesitamos escribir, no entendemos nuestra vida sin hacerlo. Hortelano decía que sólo hay una cosa peor que vivir escribiendo, y es vivir sin hacerlo. No sé si es cierto del todo, porque no soy un escritor sufriente jamás, pero la verdad es que necesito escribir para justificar mi vida, para pensar las cosas que imagino, para dotar de sentido lo que experimento, aunque no tenga sentido del todo.

Se percibe el amor a la literatura, el amor al fútbol y el amor a la vida, que acaban convirtiéndolo en un libro de amor.

Se escribe por amor: hacia la propia escritura, hacia la tradición, hacia las cosas sobre las que escribimos. Se vive por amor, por el que nos han dado y por el que damos. Es la única forma de no equivocarnos en el tiempo, por mucho que nos equivoquemos. Este libro parte del punto de vista del agradecimiento, de la celebración. Es un libro hímnico, en definitiva.

Excepto el final, porque en la prórroga nos mete un gol que no esperábamos. ¿Hacen falta los goles en contra para disfrutar los goles a favor?

Son absolutamente necesarios, por más que no nos gusten. Los reveses de la vida nos hacen apreciar el envés del mundo. Las desgracias que nos sobrevienen dan valor a la felicidad. Representan el contrapunto del vivir. La tragedia no es lo contrario de la comedia, sino la misma cosa, observada desde el balcón de enfrente. Por eso al final todo es tragicómico. En el libro, la parte final es trágica, como aceptación de todo lo anterior, que es de naturaleza festiva. La madurez intelectual -ese estado adulto sin la más pequeña importancia- tal vez consista en aceptar que el mundo es una mezcla de la maravilla y el horror, y que, hagamos lo que hagamos, termina mal. La conformidad no es conformismo: es aceptación ilusionada.

¿Escribir cura o palia el dolor?

La literatura, desde el punto de vista del lector y del escritor, es una tarea medicinal. Cuando hablamos y expulsamos nuestros demonios nos sentimos aliviados. Les pasa a los niños, a los poetas, a los asesinos, a los enfermos de espíritu. Somos criaturas verbales que necesitamos sanar por la palabra. El dolor que se nombra -cuando somos capaces de nombrarlo- no desaparece, pero parece que se acolcha un poco.

Dice que el fútbol sirve para sobreponerse a las circunstancias. ¿Ayuda a entender y enfrentarse a la realidad?

A mí el fútbol me parece una buena escuela de vida. Es una ética también. Me ha enseñado a soportar mejor las derrotas del mundo, a tomarme las cosas con ese necesario espíritu deportivo que las relativiza. He aprendido el esfuerzo. Y algo muy importante: que el presente es el único territorio de la alegría y la felicidad. Llegar a algo es disfrutarlo en el instante en que se ejecuta. El niño que juega al fútbol en el pasillo de su casa y siente el absoluto del gol, ya ha llegado, ya ha tenido éxito en lo que emprende. Cuando los padres del fútbol se interrogan acerca de si su hijo “llegará” (entendiendo por ello si jugará en el fútbol profesional), habría que decirles que ya lo han hecho, ya han llegado, porque son felices en el momento de practicarlo, y ese es el único éxito social verdadero.

En el libro se vuelca su pasión por el fútbol, pero es una pasión comedida.

No soy un fanático de nada, salvo del hecho de no ser un fanático. Mis fanatismos, si se pueden llamar así, procuran resultar equilibrados, lo que les quita casi todo su contenido fanático. No desdeño la pirotecnia valenciana en cualquiera de sus manifestaciones -incluidas las amorosas, las políticas, las históricas-, pero soy un valenciano poco pirotécnico. Nunca he pitado a un jugador, nunca he insultado en el campo, porque sé lo difícil que es jugar al fútbol medianamente bien. Sin embargo, me gustan las gradas de animación, con sus cánticos y banderas, con su hervor chiflado. Pero voy al fútbol como un anciano con aspiraciones filosóficas, una pesadez de espectador, vamos. Que alboroten ellos es mi lema, en casi todos los órdenes de la vida.

 

“Todo es cerdo para un buen escritor, desde la oreja hasta la pezuña”

 

Reivindica la figura de un aficionado ilustrado.

Reivindico la ilustración en todos los ámbitos. Es decir, la pasión concebida desde el conocimiento de la tradición, desde el disfrute de la leyenda. Sin literatura no hay nada glorioso. La gloria comienza cuando alguien empieza a contar lo sucedido. A los escritores nos encanta decir que la escritura es un asunto capital (aunque sepamos que el mundo puede pasarse sin nosotros tan ricamente).

¿El fútbol es un tema como otro cualquiera para escribir sobre la vida?

El fútbol forma parte de la vida, y lo hace en un grado descomunal. Casi todo el mundo lo ha jugado de niño, millones y millones de individuos, a diario, hablan de él, leen sobre él, fabulan sobre él. Es la realidad por debajo de la realidad, o a su lado, o por detrás. Es un ingrediente que figura en casi toda la cocina social. Una pasión de pasiones. Un tema muy interesante, desde el punto de vista literario. Si ocurriese lo mismo con la poesía, o con la narrativa, o con la filosofía, viviríamos en la República de Platón, como poco. Por otro lado, no creo demasiado en los temas. Se puede y se debe escribir sobre cualquier asunto. Los escritores que más me gustan le sacan partido a lo que aparentemente no lo tiene. Todo es cerdo para un buen escritor, desde la oreja hasta la pezuña. Todo es aprovechable.

Galder Reguera escribió Hijos del fútbol, un libro que también habla de la paternidad a través de la pelota, y cuenta que dudó de poner la palabra fútbol en el título. ¿Usted lo sopesó?

Barajé muchos títulos, algunos con la palabra fútbol, pero mi editor, Juan Cerezo, me convenció de que el fútbol se debía dar por añadidura; por ejemplo, con las imágenes de cubierta y contracubierta. Gracias a él acabé encontrando este título, que es el que más me gusta de todos los que he puesto a mis libros. Además, este es el libro que más me ha gustado escribir y publicar.

Plantea una alineación de escritores. Como a Luis Enrique, ¿le han discutido la lista?

Me han discutido todos y cada uno de los nombres. Y las ausencias, y los que dejo en el banquillo. Detrás de cada español no sólo hay un seleccionador nacional, y un director deportivo, y un agente FIFA, y un presidente de club, sino también un catedrático de literatura, y un presidente del Gobierno, y un analista político, y un amante infatigable. En España todo el mundo piensa y folla de lujo. Somos así. Forma parte de eso que se denomina la idiosincrasia. Y tiene su gracia, por supuesto. Como la gracia de hacer listas.

Y en el juego inverso, ¿qué futbolistas podrían ser buenos escritores?

George Best es uno de los mejores aforistas de la historia, pero es un caso aislado. Romário podría ser un buen novelista erótico. Y Vicente del Bosque un tratadista moral, un Kempis salmantino con bigote. Johan Cruyff haría bien de pícaro, un beatle en la España tardofranquista. Y Jorge Valdano -a quien admiro mucho- nuestro juglar por los pueblos de castilla, dando el cante épico con un rabel a cuestas. Pero a los futbolistas hay que pedirles que toquen bien la pelotita, en corto y al pie.


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Fotografías cedidas por Carlos Marzal.