No todos los genios del fútbol han demostrado su arte en el rectángulo de césped. Por el libro Genios del fútbol, del uruguayo Joaquín DHoldan, desfilan muchos artistas que han abrillantado la corona del deporte rey sin calzarse las botas. Desde escritores que, con y sin balón, han reflexionado sobre su pasión por este juego, pasando por músicos, científicos, pintores o escultores que, a lo largo de la historia, han plasmado en sus obras de arte una pasión global que DHoldan define como “esa utopía, aparentemente inviable en esta máquina de hacer dinero, que se hace realidad en cada pequeño terreno baldío en que juegan un grupo de niños o niñas en cualquier rincón del mundo”. Y añade: No importa el idioma, la raza, la religión, las reglas son las mismas para todos”. Lo mismo, no en vano, sucede en el resto de artes.

Entre los escritores que pueblan las páginas de Genios del fútbol, destaca el francés Albert Camus y los brillantes párrafos que le dedicó a sus años en el RUA. Otros dos porteros, el ruso Vladimir Nabokov y el uruguayo Mario Benedetti, también adjetivaron el corazón del área mientras reflexionaban sobre la solitaria figura del arquero. Se viste de corto el narrador argentino Alejandro Dolina, incomparable locutor de radio, que desde hace 30 años se reúne todos los martes con sus amigos a jugar una pachanga. No podía faltar el italiano Alessandro Baricco, incansable lateral en su juventud, que tantos cuentos y ensayos ha dedicado al balón. Su compatriota Pier Paolo Pasolini también tiene un hueco gracias a una brillante teoría que comparaba el fútbol con un lenguaje cargado de poética, cuando se jugaba cortito y al pie. Quizás ni el mismísimo Borges, ni el bueno de Umberto Eco, al que todo esto le sonaba a cháchara deportiva, estuvieran muy de acuerdo con la poética de las patadas; pero ellos también tienen su hueco en este libro porque ser hincha perdería su razón de ser sin la existencia hinchada rival.

No solo escritores forman la artística plantilla de DHoldan. Entre los músicos, no podía faltar Bob Marley: su último gol y aquel fatídico y fortuito pisotón con el que, años más tarde, descubrió que padecía una grave enfermedad. “Bob Marley corría por la banda con el balón pegado a los pies”, escribe DHoldan. “La muerte se tiraba al cruce, trataba de acorralarlo, le perseguía desesperada, pero el músico y jugador de fútbol, como si de una canción de reagge se tratase, la hacía bailar a su ritmo”. También hizo bailar el balón entre sus botas el cantante argentino Alfredo Zitarrosa. Y lo hizo, precisamente, con una canción dedicada a uno de los mejores regateadores de todos los tiempos: Garrincha: “Lo lleva atado al pie, como una luna atada al flanco de un jinete, lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre”. Y hay más: el cantante Rod Steward lloró cuando el Celtic de Glasgow ganó por dos a uno al F.C. Barcelona; el rockero sevillano Silvio Fernández Melgarejo le dedicó unos hermosos versos a su Beti güeno; y el compositor Chico Buarque, que jugó su partido más famoso junto a Bob Marley, ha compuesto el himno de decenas clubes.

 

Rod Steward lloró cuando el Celtic de Glasgow ganó por dos a uno al Barcelona; el rockero sevillano Silvio Fernández Melgarejo le dedicó unos hermosos versos a su ‘Beti güeno’

 

Todo tipo de artistas han utilizado el fútbol como herramienta para expresar su genialidad. El pintor T.S. Lowry solía colorear sus lienzos con las imágenes que, horas antes, había vivido en un campo de fútbol. Y Andy Warhol revolucionó la figura del futbolista inmortalizando a Pelé: “Todos podemos tener quince minutos de fama”, le dijo al astro brasileño, “pero yo te daré quince siglos”. El fotógrafo argentino Pedro Luis Raota supo capturar el alma de los futbolistas con su objetivo. El japonés Yoichi Takahashi, en vez de fotografiarlos, los dibujó; pero también captó la esencia del deporte rey en la serie Oliver y Benji. Y más: John Hoston lo llevó a la gran pantalla; Herber Riguetti, a la escultura; los científicos Desmond Morris y su mujer publicaron en los ochenta el libro La tribu, donde analizaron cómo influía en los rituales cotidianos de la sociedad; Asaf Messerer y Vladimir Vasiliev incluso se atrevieron a bailar el fútbol, mientras que Chespirito exprimió su parte cómica como pocos.

Al fin y al cabo, como asegura DHoldan, la mezcla de todas esas visiones artísticas otorga una visión general del fútbol, ese “juego colectivo que no se puede ganar sin los demás”. Y añade: Un ritual barato y popular que sólo necesita un espacio, un balón y muchas piernas. El fútbol, genial, imprevisible y divertido, como debería ser la vida”. Como es, en definitiva, el arte.