La alarma del reloj, en perfecta sintonía con los tres silbidos finales de la árbitra, comienza a sonar en la Ciudad Deportiva de Abegondo. Cerca de las dos del mediodía del sábado, las manillas se detienen y es la hora de despertar. La permanencia ha sido un sueño al que agarrarse durante algo más de 30 semanas y, finalmente, se ha desvanecido. Se va lejos, como todas aquellas historias que suceden en nuestra cabeza y que a primera hora de la mañana se marchan para ni siquiera ser recordadas. Esta, no obstante, permanecerá mucho tiempo en la cabeza de sus protagonistas. Son muchas las que han vestido la casaca blanquiazul del Deportivo estos dos años. Son más a las que se les humedeció la mirada cuando la colegiada dio por finalizado el sueño.

Ni siquiera el gol de Peke en los últimos compases del encuentro despertaron el optimismo de ‘As Nosas’. Llegó tarde. Como casi todo en esta temporada. Como la primera victoria. Los tres primeros puntos tardaron nueve jornadas en llegar. Dos meses sufriendo derrota tras derrota. Una losa demasiada pesada de arrastrar. Demasiada marejada como para salvar un navío que comenzó a hundirse a las primeras de cambio y que de un año a otro perdió a tripulantes demasiado valiosas.

Se mezcló la frustración con lo incomprensible. Las miradas de desconcierto al ver, semana tras semana, que el electrónico siempre caía del bando rival. La sensación, más allá de la derrota, de perderse. El miedo a no saber hacia dónde se transita. A no conocerse. A no reconocerse. Extrañas sobre un verde que este año se ha ido tiñendo de negro hasta engullir al antiguo Karbo. Así se despide el equipo que llegó a la máxima categoría el año anterior.

Llegaron sin miedo. Irreverentes en el mejor sentido de la palabra. Sonrientes. Con la certeza de que la permanencia era un mero trámite, pero solo ellas lo sabían. Desplegaron sus velas y fueron abordando las diferentes ciudades deportivas. La batuta de una joven pontevedresa dio sentido a tantas canciones que es imposible recordarlas todas. Dirigía ella. Firme. Fuerte. Elegante. Teresa Abelleira fue la revelación. Pero la estratega gallega no afinó sola. Jugadoras como Gaby también se apoderaron del esférico y, en ataque, nació una sociedad en la que también participaron Peke y Athenea.

Y si el ataque era exquisito, la defensa también fue cumplidora. Encajaron 38 goles. El cuarto equipo que más goles recibió en una muestra de que las gallegas también sabían sufrir. Por aquel entonces, una joven carbayona se erigió en la líder de la zaga, la armó de escudos y resultado de aquello fue que solo se perdiesen seis encuentros. María Méndez se convirtió en la líder de una retaguardia que, en caso de flaquear, contaba con el último comodín en la portería: Misa.

 

El regreso fue errático y el equipo se convirtió en una sombra de lo que fue. Nada de la irreverencia del curso anterior. Tampoco de las sonrisas.

 

Todo funcionaba a la perfección. Una máquina perfectamente engrasada. Un cierre forzado. La pandemia obligó a suspender la temporada y la federación decidió dar por finalizado el ejercicio. Qué pronto recogieron el balón y qué injusto fue que no lo devolviesen al verde. Los ojos se le saldrían de las órbitas a más de uno al comprobar que las gallegas habían quedado en cuarta posición. Flirteando con los puestos europeos, ocuparon la segunda plaza hasta la octava jornada. Jamás bajaron de la quinta.

Llegó el verano y los cantos de sirena llegaron a Abegondo. Nuevos caminos por descubrir se llevaron a jugadoras importantes lejos de Galicia. También llegaron muchas otras con la idea de mantener al Dépor, mínimo, en la misma posición en la que había reposado durante los meses calurosos del año. Nada más lejos de la realidad. El regreso fue errático y el equipo se convirtió en una sombra de lo que fue. Nada de la irreverencia del curso anterior. Tampoco de las sonrisas.

Las sorpresas se acabaron de golpe y en las ciudades deportivas ya no las recibían como debutantes. El gran año que habían disputado puso en alerta al resto de clubes y las gallegas fueron achicándose poco a poco. Se familiarizaron, desgraciadamente, con la última plaza. En ocasiones escalaban un puesto. Soplo de aire fresco. Golpe de esperanza que se desvanecía a los pocos días tras caer de nuevo en el último de los puestos. Aunque si algo tiene el Dépor es ese espíritu del Karbo. La obligación de no rendirse. El no saber cómo se bajan los brazos. Ese arte de no tirar nunca la toalla.

Con el apoyo de la afición, las fuerzas de flaqueza, el orgullo y el honor intentaron huir hacia adelante de la zona roja de la clasificación. Tarde escalaron hasta la décimo quinta plaza. Y tarde se les hizo para escapar. La remontada se quedó a medio camino y la orilla a pocas brazadas de ser realidad. Lágrimas y mensajes de apoyo que saben a poco. No obstante, ¿qué sentido tiene seguir soñando cuando el sueño se torna pesadilla? Los tres pitidos de la colegiada rompen el letargo. Esa alarma que suena no es más que el inicio de un nuevo día. De un nuevo capítulo. ¡Qué difícil puede ser a veces levantarse! Pero solo el que saborea el barro sabe lo cara que va la gloria.

Afrontarán la última jornada para despedirse de la mejor forma posible de la categoría en la que se permitieron soñar. Una última oportunidad para disfrutar junto a la afición de un ciclo que, a pesar de las luces y las sombras, ha estado cargado de magia. Una conjura para regresar cuanto antes. Un abrazo para mostrar esa sonrisa que llegó a la élite la temporada anterior. Despreocupada. Irreverente.

 


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Fotografía del RC Deportivo.