En 1888, la Ley Áurea se aprobó en Brasil y, con ella, el país abolía por fin la esclavitud dentro de sus fronteras; siendo el último de todos los Estados americanos que ponía el punto final al comercio de hombres. Por aquel entonces, cuando el mundo se preparaba para dar el salto a un nuevo siglo, la práctica del fútbol ya había calado hondo en tierras sudamericanas. Brasil, obviamente, no fue una excepción. Pero, nada más lejos de la realidad, en esos tiempos era imposible ver a un blanco y a un negro pasarse el balón para disfrutar juntos de un deporte que no paraba de ganar adeptos; entonces, el fútbol, en Brasil, era una práctica casi exclusiva para hombres de tez clara.

¿Cómo cambió aquel cuento? Gracias a pioneros, valientes y osados, que se atrevieron a discutir y derrumbar el statu quo balompédico a base de balonazos. Quizá muchos cayeron en el olvido, no se les recuerda, cosas del tiempo y la poca documentación que existe sobre ellos. Aunque, por mucho que sus nombres no nos vengan a la mente como los de figuras que lucharon contra viento y marea para poder reescribir la historia, siempre tendrán un hueco en ella.

En este entorno de xenofobia, maltrato y discriminación, nació un 18 de julio de 1892, en Sao Paulo, un hijo de un comerciante alemán y de una lavandera brasileña. De un padre blanco y una madre negra vino al mundo “este mulato de ojos verdes que fundó el modo brasileño de jugar”, a palabras de Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra. Se llamaba Arthur Friedenreich y, por las calles de la ciudad paulista, confeccionó y desarrolló unas habilidades con el balón enganchado a los pies que cambiarían el modo de entender el fútbol en su país; porque fue él, quizá, el mayor culpable de que el deporte rey en Brasil dejara de ser una disciplina exclusivamente para ricos y, como si fuera una especie de Robin Hood balompédico, se lo regaló a la clases más humildes para que fueran ellos, jóvenes surgidos de la calle, de la nada, de la más absoluta miseria, quienes definieran el estilo alegre y fantasioso con el que la ‘Seleçao‘ ha ido acumulando más estrellas que nadie en su pecho. “Friedenreich llevó al solemne estadio de los blancos la irreverencia de los chavales color café que se divertían disputando una bola de trapos en los suburbios. Así nació un estilo, abierto a la fantasía, que prefiere el placer al resultado”, continuaba Galeano en su obra.

El camino para conseguir todo aquello, obviamente, no fue sencillo. Para meterse en el mundillo del balón, su padre tiró de orígenes y consiguió que el chaval entrase en el Germania, un club de clase alta de Sao Paulo integrado, en mayoría, por futbolistas de raíces teutonas. Para camuflar sus rizos afros y su tez morena en los partidos, Friedenreich se untaba el cuerpo de polvo de arroz para ocultar la oscuridad de su piel y, para parecerse un poco más a ellos, peinaba su pelo hacia atrás simulando tenerlo liso. Así, pronto se hizo un nombre, y, también de manera precoz, comenzó a acumular éxitos en una carrera que alargó 26 años, en la que defendió las camisetas de algunos de los mejores clubes de Brasil, como Sao Paulo, Flamengo, Santos o Internacional de Porto Alegre.

 

“De Friedenreich en adelante, el fútbol brasileño que es brasileño de verdad no tiene ángulos rectos, al igual que las montañas de Río de Janeiro y los edificios de Oscar Niemeyer”

 

Los datos, las cifras y su palmarés bailan según quién narre las estadísticas. Ganó el campeonato paulista en diversas ocasiones y también fue el máximo goleador del torneo en diferentes años. Las cifras exactas, una incógnita. Igual que el número de goles que anotó durante toda su trayectoria. Las cuentas extraoficiales, las que llevaba su padre, dicen que mandó el balón a la red 1.329 veces en los 1.239 encuentros que disputó; la FIFA, en cambio, deja sus guarismos en 550 goles en 560 partidos. Lo que sí es cierto, es que fue una pieza fundamental para que la selección brasileña conquistase sus primeros títulos. La Copa América de 1919, en la que anotó el decisivo gol en la final, y la de 1922 llevan el sello de un Friedenreich que también fue trascendental en la inclusión de los futbolistas negros en la ‘Seleçao’. Pues, tras aquellos éxitos, el presidente brasileño, Epitácio Pessoa, negó la participación en el combinado nacional a todo aquel que no fuera blanco. Sin Friedenreich, los malos resultados hicieron que se revocara aquella ley y que cualquier futbolista tuviera cabida en la ‘canarinha’.

“De Friedenreich en adelante, el fútbol brasileño que es brasileño de verdad no tiene ángulos rectos, al igual que las montañas de Río de Janeiro y los edificios de Oscar Niemeyer”, aclaraban también las líneas escritas por Eduardo Galeano acerca del futbolista que se disputa con Pelé el honor de ser el máximo goleador oficioso de la historia. Nunca sabremos si uno metió más que el otro; ni si es verdad aquella leyenda de que ‘Pelé antes de Pelé’, como se conoce ahora a Friedenreich, marcó todos de los más de 500 penaltis que chutó en su vida; ni si la historia hubiera corrido por el mismo cauce en el caso de que aquel inmigrante alemán y su mujer brasileña nunca se hubieran conocido. Por suerte, lo hicieron. Y después de Friedenreich vinieron los Pelé, Romário, Ronaldo y compañía.

Una vez le preguntaron a Pelé si algún día habría una copia de ‘O Rei’. Él, desacomplejado, respondió claro y rotundo: “Mis padres cerraron la fábrica”. Pero para que esa fábrica pudiera crear a un futbolista negro en Brasil alguien tuvo que abrir la puerta. Las llaves de aquella puerta las tenía Arthur Friedenreich.