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Poco o nada debieron importarle las estadísticas a Arsenio Erico cuando colgó las botas tras el campeonato paraguayo de 1949. El ariete guaraní, con las rodillas maltrechas, consumidas tras veinte temporadas en la élite, abandonaba el fútbol profesional a los 35 años habiendo forjado los cimientos para erigirse, con la justicia histórica que conceden la perspectiva y el paso del tiempo, en una de las leyendas del balompié sudamericano. El delantero contribuyó de manera inexorable a fraguar su leyenda, a partes iguales, por la grandeza de su fútbol y por la trascendencia que adquiriría su figura fuera del tapete de juego: en 1938, a falta de dos jornadas para el final del campeonato liguero, Erico había anotado 43 dianas para Independiente de Avellaneda y tenía en su mano alcanzar una cifra goleadora inédita. El ‘Saltarían Rojo’, como era conocido por la extraordinaria potencia de su salto y su connatural habilidad para transformar goles de cabeza, no quería dejar escapar una suculenta compensación económica que la marca de tabaco Cigarrillos 43 ofrecería al futbolista que alcanzara esta cifra en su tanteo personal. Erico, con desdén para la efeméride, en un acto de displicencia ante la cifra, desechó la posibilidad de engrosar su palmarés para potenciar su leyenda, deteniéndose en 43 dianas y asistiendo a su compañeros, incluso, a puerta vacía. Finalmente, Arsenio Erico se convertiría, con 293 tantos, en el máximo goleador de la historia del fútbol argentino. Años más tarde, echaría de menos esos goles sin dueño.

 

Alfredo Di Stéfano le dijo en alguna ocasión: “Yo solo he sido un pequeño imitador tuyo”

 

Ángel Labruna, goleador de ‘La Máquina’ de River Plate, ocupaba el segundo escalón en el podio de máximos goleadores del balompié argentino, con 292 dianas. Sin embargo, un estudio del Centro para la Investigación e Historia del Fútbol (CIHF) otorgó al delantero ‘millonario’ un gol convertido en 1941 que, por error, no había sido adjudicado a Labruna pero que aparecía en las crónicas periodísticas de la época. La regencia de Arsenio Erico se desmoronaba, pero la leyenda del futbolista de Independiente no se resentía un ápice. Sondeado por la Federación Argentina para nacionalizarse y participar con la albiceleste en el mundial de Francia ’38, el delantero paraguayo rechazó 200.000 pesos para ser fiel a su país, Paraguay, donde, paradójicamente, nunca fue internacional. En sus trece temporadas en Independiente, promedió 0,88 goles por encuentro, y alcanzó una media de 0,70 tantos por partido en su paso por Nacional de Asunción, cuyo estadio está bautizado con su nombre.

El ariete paraguayo fue una suerte de virtuoso precoz, uno de los primeros grandes artistas del balompié mundial. Su repertorio era digno de las grandes superestrellas del fútbol moderno: asistencias de tacón, gusto por la gambeta, juego con ambas piernas y quiebros de ensueño. Él concibió lo que hoy conocemos como el ‘escorpión’, en un encuentro ante Boca Juniors en agosto de 1934. En 1977, debido una falta de riego sanguíneo, se le fue amputada su pierna izquierda. Pocos meses después, su estrella se apagó en Buenos Aires, donde fue sepultado. Su cuerpo tardó 33 años en ser repatriado a su país, y fue recibido en el Congreso Nacional por el presidente de la República del Paraguay, Fernando Lugo.

Una reciente investigación del historiador Claudio Keblaitis, publicada en el libro Alma Roja III, concedía dos goles más a Arsenio Erico transformados en los años 1937 y 1939, ambos ante Chacarita Juniors. El mejor futbolista paraguayo de todos los tiempos, deidad pagana del imaginario colectivo de Independiente de Avellaneda, recuperaba su trono, un cetro que nunca pretendió detentar pero que, sin duda, la justicia histórica -y futbolística- le ha devuelto. Alfredo Di Stéfano, admirador acérrimo del ‘Saltarín Rojo’, patrono del Olimpo futbolístico, le dijo en alguna ocasión: “Yo solo he sido un pequeño imitador tuyo”.