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Alberto Ginés: “Yo con el ‘Informe Robinson’ del Mundial 2010 lloro”

El escalador, cacereño en el DNI y bilbaíno en el fútbol, creció admirando a Fernando Llorente y aún recuerda sus minutos ante Portugal en Sudáfrica

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“En mi clase era el rarito en todos los sentidos”, reconoce Alberto Ginés (Cáceres, 2002), apasionado de la escalada y del Athletic desde la infancia, ganador del oro olímpico en escalada de los Juegos de Tokio. “En clase era raro, raro. Porque todo el mundo era del Atlético, del Barça, del Madrid”, prosigue. Sonriente, presume de tener cuatro o cinco camisetas rojiblancas. “Algunas son heredadas de mi padre”. De él, también heredó el amor por el balompié. Su padre, asegura, había jugado mucho al fútbol. “Incluso creo que estuvo en la seleccionó extremeña”, recuerda. “Bueno, diría que le seleccionaron, pero no fue porque se fue a escalar. Prioridades”, matiza. Juega al modo Carrera del FIFA con el Athletic, fiel a su filosofía. “Si tengo que jugar con amigos cojo algún equipo con media más alta. Igual tiro del Barça o el PSG”, matiza entre risas.

¿Qué recuerdas de la infancia?

Jugaba al fútbol en el patio del colegio, como todos los chavales: esas pachangas de 200 personas que no sabías ni donde marcabas ni quien era de tu equipo. Chutabas pa’lante y ya está. Eso me molaba, pero era malísimo. Era gracioso porque había dos pistas: la buena era la de los mayores, y a medida que ibas pasando de curso solo querías llegar a sexto para jugar ahí. Tenía redes y todo. Ganar a los de sexto siendo de quinto era como ganar la Champions. Fuera del colegio nunca jugué al fútbol. Porque mi madre no me dejó [ríe]. Era ‘te dejo hacer cualquier deporte, menos fútbol’. Recuerdo  algún ‘nos hace falta un portero’, y mi madre: ‘cualquier deporte, excepto fútbol’. Por el ambiente tóxico entre comillas que hay en los estadios de fútbol, incluso para los chavales. ‘Cualquier deporte’, e hice gimnasia. También recuerdo mucho ver fútbol con mi padre y mi abuelo. Mi abuelo es del Madrid y mi padre del Athletic, porque tenía familia en Bilbao. Con cada uno era de un equipo, porque no quería ni que mi padre dijera ‘ua, este es del Madrid’, ni que mi abuelo dijera ‘ua, este no es del Madrid’. Yo acabé siendo del Athletic por tradición. Por mi padre y, también, por mis primos. Mi padre es muy del Athletic. Es del Athletic de corazón. A mí me gusta desde pequeño, soy del Athletic, me informo, sé más o menos como va en la liga, sé cómo quedan en los partidos, pero para mi no es ningún drama si no ganan.

¿Cuál es el recuerdo rojiblanco más bonito?

Recuerdo mucho la Europa League de 2012. Me acuerdo de estar en el sofá y de que mi madre nunca me dejaba quedar, porque igual me tenía que ir a dormir a las 9 y media o a las 10, y me padre intentaba convencerla. ‘Ahora juega el Athletic, venga, deja que se quede’. Recuerdo estar ahí con mi padre, sentados en el sofá viendo los partidos del Athletic en la tele. El partido contra el Manchester United fue una locura. Una locura. El partido del Atlético fue ‘joder, joder, joder’. Ese día sí que me puse triste. Llevábamos varias semanas, e incluso meses, en plan ‘qué guay, qué guay, qué guay’, y de repente llegó el gol de Falcao y se terminó.

¿Recuerdas la primera camiseta de fútbol?

La primera camiseta que tuve fue del Athletic. Iba a clase con ella y todo. Me flipaba. Era una negra que tenía como un león en el costado. Creo que fue mi padre, que se presentó con la equipación entera. Y me hizo ilusión. Y le obligué a salir conmigo a jugar a fútbol por ahí. También tengo la del 2015. Me la compré el único día que he ido a San Mamés, porque he visto un partido de fútbol en mi vida. Estaba escalando por el País Vasco y un amigo, socio, dijo ‘oye, que tenemos un par de abonos. Si os queréis venir’. Era el partido contra el Barça de la final de la Supercopa. El de ida. Fue el 4-0. Fue una locura. De repente, me decían: ‘vente a todos los partidos que quieras’ [ríe]. Creo que ir a un estadio de fútbol es una experiencia. Hay muy pocos deportes que te puedan transmitir eso. Al final, es mucha gente junta ahí por un mismo motivo. Me recordó un poco a los Juegos Olímpicos, que somos un montón de personas, miles de personas, como una ciudad pequeña, paradas en un mismo sitio con un mismo objetivo: el que duerme justo en la habitación de al lado está buscando una medalla como tú, y el del piso de encima igual y el del comedor igual. Ahí, en San Mamés, el objetivo común era ver a su equipo ganar. Fue una experiencia especial. En el sentido de ‘no estoy haciendo nada, estoy aquí sin más, comiendo patatas con mis amigos, pero, joder, estoy gritando como un loco. Y me estoy emocionando. Y me pongo nervioso cuando van a chutar. Y me siento parte de algo’. No sé si va a hacer algo que grites o no, pero es una sensación súper guay.

¿Qué representa, para Alberto, el Athletic?

Son todo chavales del País Vasco y Navarra, y es lo que hace que sea un equipo tan guay, un equipo clásico. No es que de repente fiche a un brasileño o traiga uno de Francia o tal. Son todos chavales de aquí, de la tierra. Y al final también creo que la afición es un poco diferente. En San Mamés no ves que se pite a un chaval de la cantera por perder un balón. En otro sitio le linchan. Le aplaudes y a la siguiente ya llegará. Hay que apoyar un poco a los chavales que llegan jóvenes, que al final aquí es casi todo cantera. Como con Muniain, que había perdido 200 pelotas y había tirado 200 penaltis fuera. No hay que hundirles. Sales y te aplauden, y no es que eso te motive, pero sí pierdes un poco el miedo a fallar. En el fútbol, como es el deporte más mainstream, un chaval puede ser Dios de repente, el nuevo Messi, y al día siguiente le hunden, le entierran y lo olvidan porque ha fallado un penalti. En este sentido creo que el Athletic y su afición lo hacen muy bien.

Sobre los jugadores del Athletic Club, ¿cuál fue el primer ídolo?

El primer ídolo fue Llorente, que luego terminó la cosa un poco mal [ríe]. En el colegio recuerdo el típico ‘yo solo Messi’, ‘yo soy Ronaldo’. ‘Pues yo soy Llorente’. Y medía 1’30. Yo le decía a mi padre ‘¿quién es el bueno?’. Y él, ‘Llorente’. Y era buenísimo. En el Mundial de 2010 no le paraban. Recuerdo verle en los resúmenes del Informe Robinson: estaba con tres tíos alrededor y no le paraban. Yo con ese documental lloro. A mí el fútbol me da un poco igual, pero con ese documental lloro. Es el documental que más me gusta, que tampoco tiene tanto sentido que me guste tanto. Recuerdo ver la final del Mundial con mi madre, que mi padre estaba en Perú en una expedición. Recuerdo ver el Mundial entero. Y te das cuenta de lo muy importante que es el deporte: el deporte une a la gente. Yo creo que España ha estado tan unida como cuando la selección ganó el Mundial. A la gente le daba igual todo, todo. Fue un día muy guay. Los otros Mundiales los he visto compitiendo por ahí fuera. Nos juntábamos entonces todos los de la selección española. Estaba muy guay. Recuerdo, por ejemplo, una competición en Suiza que jugaba Francia contra no recuerdo exactamente quien. No sé si Argentina. Pero uno era Francia. Y estábamos viendo el partido con los franceses. Nosotros íbamos con el otro equipo solo para joder a los franceses. Era como crear afición. Fue un partido con un montón de goles del Mundial de 2018. Nos metimos en el papel de ‘hay que ganar a los franceses’ y estábamos ahí apoyando a un equipo que ni recuerdo cual era [ríe]. También recuerdo que esperando una Copa de Europa, o algo así, nos juntamos en el bar todos los chicos de selecciones diferentes para ver el Mundial o la Eurocopa. Como es el deporte mainstream, el deporte que se ve por la tele, la gente usa el fútbol para juntarse, como motivación para buscar cosas en común.

¿Cómo convives con la predominancia del fútbol sobre todo otro deporte, del futbolista sobre todo otro deportista? ¿Con rabia, envidia, o impotencia?

Yo así no me quejo, pero, claro, ojalá pudiera tener la vida resuelta. Ganar millones también me gustaría, como a todo el mundo. Pero también tienes que pensar que casi no tienen vida privada. No pueden hacer nada sin que te enteres. Entonces ahí te planteas si realmente merecería la pena tener la vida resuelta para no tener vida prácticamente. Al final sí que te dan un poco de envidia, y sí que te da un poco de envidia que haya gente con tanta visibilidad, que también es entendible por lo que generan, pero creo que la tendencia está cambiando un poco. La escalada a raíz de las Juegos empezó a crecer mucho y a ganar interés, y ha sido una locura. A nivel mediático va creciendo. A la mínima que se le da algo de visibilidad y sale por la tele, engancha. Mola. Lo veo con mucha ilusión. Creo que al final es encontrar un punto medio.

Eres muy conocido en Twitter, y tu presencia ahí nace de una voluntad de transparencia, pero quizás se alimenta, también, de saber que si uno no sigue ahí deja de existir. ¿Alimentar el personaje es una obligación para existir y para lograr la visibilidad que no da el deporte?

No lo he hecho conscientemente, porque te sale solo, y durante todos estes meses he tenido como mucha repercusión: llegué a ser trending topic número uno en España el día de los Juegos. Pasé de tener un Twitter casi privado con los colegas a tener como 180.000 seguidores. En la cuenta profesional de repente no me seguía nadie y en la personal, que era con los colegas y tal, 170.000 o 180.000. Y llega un momento en el que tienes tanta visibilidad que te da un poco de miedo que se escape. Es algo lógico: no vas a tener la misma atención el día que ganas unos Juegos que el día que te estás tomando un café o no has salido de la cama. Hubo unos meses en los que me daba un poco de miedo que la gente se empezara a olvidar de mí y tal, pero lo he sabido contener, lo he sabido gestionar bien. Y siento bastante apoyo a través de las redes. Las redes son la manera que tengo de contar mi vida y mi historia de una manera más cercana y más personal.

 


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Fotografía de Javi Pec.