Un minuto se te puede hacer eterno sumergido bajo el agua. 60 segundos son cortísimos para fumarse un cigarro, para ir y volver de comprar el pan, para echarse una siesta. Un minuto se vuelve infinito cuando es el último del añadido y tu equipo va 1-0 arriba. 60 segundos son rápidos como un cometa si en la misma situación eres tú el que va por debajo en el marcador. No vamos a descubrir la teoría de la relatividad ahora, claro. Pero si buscamos ejemplos para explicarla cuando hablamos de un período de seis años es difícil encontrarle brevedad a tal cantidad de tiempo.

Al nacer, por no saber, no sabemos ni gatear. Seis años después ya se ha aprendido a caminar, a hablar e incluso a leer y escribir con cierta soltura. Al empezar la escuela no tenemos ni idea de quiénes son los Reyes Magos ni quién es el que esconde regalos bajo la almohada cuando se nos cae un diente. Seis años después arrancamos la ESO conociendo la verdad que escondían nuestros mentirosos padres. De ser los pipiolos del instituto a, seis años después, ser los pipiolos de la uni. Pipiolos que, en cambio, ahora ya pueden comprar tabaco, salir de fiesta, conducir y entrar en la cárcel. Y de ser los pipiolos de la uni a, seis años después, iniciar un máster, la vida laboral o, desgraciadamente hoy en día, rascar lo que haya para ganarse dos duros.

 

Se vio envuelto en el ‘caso Valbuena’. Lo apartaron de ‘Les Bleus’. Dijeron que era por unas cuestiones. Luego que por otras. Más tarde, que nunca volvería. Seis años eternos

 

Como decía, tal espacio temporal, el de seis años, suele ser, habitualmente, lo mires por donde lo mires, una eternidad. Y sino, que se lo pregunten al bueno de Karim Benzema. El 8 de octubre de 2015 fue la última vez que pisó el césped representando a la selección nacional francesa. Fue ante Armenia y marcó un par de goles. Probablemente no tenía ni idea de que tendría que esperar casi seis años para que Didier Deschamps lo volviera a incluir en una lista de convocados. Seguramente pasaba por su cabeza estar en la Euro 2016. También en el Mundial de Rusia 2018. Pero, de un día para otro, todo cambió. Se vio envuelto en el ‘caso Valbuena’. Lo apartaron de ‘Les Bleus’. Dijeron que era por unas cuestiones. Luego que por otras. Más tarde, que nunca volvería. Seis años eternos.

Seis años en los que ya nada es lo que era. Ni para Karim ni para Francia.

En 2015, Benzema era un ‘9’ que no era un ‘9’. Un ’10’ que tampoco era un ’10’. ¿Un 9,5? No se sabía. Un talento aún por comprender. Una afluencia de genialidad. Una escasez de regularidad cara al gol. Un peón del mejor soldado del Real Madrid, esclavo de ser el segundo de abordo, de no vivir plenamente liberado, de cohibir su fútbol frente a la contundencia de un ‘7’ con números, goles, éxitos y gloria.

En ese mismo momento, Francia solo lucía una estrella sobre el pecho. Venía de palmar en cuartos de Brasil’14 ante la futura campeona Alemania. De hacer las maletas en la misma ronda de la Euro 2012 frente a la también futura campeona España. Y mejor no estiremos más el chicle y hurguemos en las heridas de la Euro 2008 y Sudáfrica’10. Cuando Benzema tenía seis años menos que hoy, Francia solo lucía el nombre sobre el césped y gracias. Además de que nadie, absolutamente nadie, sabía quién demonios era un tal Kylian Mbappé.

 

Puede que para la selección francesa no haya mejor final que este: la vuelta de Karim Benzema a ‘Les Bleus’ de cara a la Eurocopa del próximo verano. Seis años, tiempo suficiente para cambiarlo todo

 

Seis años después, Karim Benzema suma tres Champions más en su historial. Ya nadie se pregunta si en realidad es un ‘9’ o si es un ’10’. La única certeza es que ha pasado a ser la mayor garantía de éxito en el ataque del Real Madrid. De ser una ruleta rusa frente a la portería a promediar más de una veintena de goles en la Liga cada temporada. En definitiva, ha dejado de ser ese potencial crack para el Bernabéu a convertirse en el líder natural del club blanco.

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Lo mismo ha pasado con la selección francesa. Seis años más tarde, a la estrella que lograron bordar Zinedine Zidane, Lilian Thuram, Marcel Desailly y demás en el 98, ahora le acompaña la de 2018. La que ganaron Griezmann, Pogba, Giroud o Lloris justo dos años después de quedarse a las puertas del cielo cuando palmaron la final de la Euro, en casa, frente a su gente, contra Portugal. Ahí dejaron atrás el conformarse con tener un nombre y formaron un equipo campeón. Mientras un tal Kylian Mbappé derrumbaba muros, defensas y lo que hiciera falta para convertirse en una realidad, la mejor de las realidades, para los franceses.

En Limelight, Charles Chaplin, poniéndose en la piel de un cómico de nombre Calvero, dejó caer que “el tiempo es un gran autor porque siempre da con el final perfecto”. Y puede que para la selección francesa no haya mejor final que este: la vuelta de Karim Benzema a ‘Les Bleus’ de cara a la Eurocopa del próximo verano. Seis años, tiempo suficiente para cambiarlo todo.

 


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Fotografía de Imago.