Las finales de la Euro.


 

La etiqueta azarosa que siempre le ha acompañado a las tandas de penaltis es algo imprecisa. Lo de la suerte, digo. Porque, realmente, solo podemos hablar de suerte en esta práctica cuando el árbitro echa la moneda al aire junto con los dos capitanes para decidir dónde se chutan y quién empieza primero pateando. Incluso en esas, los más escrupulosos dirán que de suerte nada, todo cuestión de ciencia, de la decisión del árbitro de si poner la moneda de primeras de un lado o del otro, de la fuerza con la que la impulsa con el pulgar, de las leyes de la física. Pero yo ahí ya no me meto. El resto, más allá de que la estadística diga que los primeros y los que disparan frente a su afición tienen más porcentaje de éxito, nunca dependerá del azar. Entonces, lo que entra en juego son la precisión, la intuición, el dominio de los nervios y de la mente, el talento, todo lo que ha llevado a los diez lanzadores y a los dos guardametas a situarse en la élite del fútbol internacional.

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Lo mismo pasa cuando a lo de los penaltis le acompaña la palabra ‘lotería’. ¿Lotería de qué? En lo único que se le parece la tanda fatídica es cuando alguien mete o para el penalti definitivo y empieza a correr como pollo sin cabeza por el césped. Como si le hubiera tocado el Euromillón y con todos sus amigos buscando cazarlo para que les invite a unas copas para celebrarlo. Por lo demás, nada. Si fallas un penalti no es fruto de suertes ni loterías. Solo hay dos opciones para errar: una, haber hecho un mal contacto con el balón, impreciso, y que se vaya fuera o que el portero te lo pare; la otra, que pese a haber chutado magistralmente el guardameta haya intuido la dirección y llegue a tiempo para detenerlo. Igual que si marcas un penalti tampoco hay lugar para cuestiones azarosas. Si lo tiras bien y el portero no llega no es buena suerte. Si lo tiras mal y, aun así, el arquero no lo detiene, tampoco, simplemente que se ha equivocado a la hora de escoger el lugar al que tirarse o que al tirarse no ha sido habilidoso para frenar a trayectoria del balón hacia la red. Si el balón va al palo y fuera, haberlo tirado un poco más hacia dentro. Si va al palo y entra, es que lo has tirado bien. No hay más.

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Y digo todo esto de los penaltis, lo de la no-suerte y lo de la no-lotería, recordando la final de la Eurocopa de 1976, la única en la que el título tuvo que decidirse desde los once metros después de que Checoslovaquia y Alemania Federal empataran a dos goles al término de los 90 minutos, y sin que ninguna de las dos finalistas fuera capaz de desigualar el marcador en el tiempo extra. Se fueron a penaltis. Marcó Masný para los checoslovacos y Bonhof para los alemanes. También Nehoda y Flohe. Luego Ondruš y Bongartz. Jurkemik acertó, pero Hoeness falló el suyo. 4-3. Si Checoslovaquia anotaba Alemania Federal estaba fuera. Llegó Antonín Panenka y el resto es historia, la historia de cómo tirar un penalti para la historia, la historia de que para tirar penaltis en lo último que tienes que pensar es en la suerte, sino en tu calidad.

 


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Fotografía de Imago.