Antes que preguntarse hacia donde va el fútbol, siempre es más útil preguntarse de dónde viene, aunque a priori sea un interrogante menos apasionante que imaginar el futuro, como si el fútbol fuese un juego que está empezando y todo lo que venga es nuevo. No es así. Su dinámica es imprevisible pero su evolución está marcada por recuperar lo que se olvidó y utilizarlo como respuesta a una tendencia que se impone. En el fútbol hay dos bandos y cuando uno gana sólo suceden dos cosas: es imitado o es contrarrestado. Los métodos cambian, las reglas los hacen moverse y sentimos que hay muchos cambios, porque los hay, pero está (casi) todo inventado. El que triunfa es porque se ha anticipado, ha aprovechado la correlación de fuerzas que vienen expresándose o ha apostado por una línea que no tenía muchos adeptos para buscar el contrapié; en resumen, cuando uno se expande, el otro busca contraerse y viceversa. Dicho esto, se viene una nueva Eurocopa y con ella la posibilidad de comprobar en qué punto estamos.

Como el fútbol es cíclico, así puede explicarse la última década, aproximadamente desde 2008. Hasta ese momento, y separando el fútbol europeo del sudamericano, por más que la ortodoxia del juego posicional haya saltado entre continentes, este juego era antes de 2006 un deporte bastante diferente: imperaban dominantes la línea de cuatro, el doble pivote, extremos abiertos o centrocampistas todoterreno partiendo de banda, y dos delanteros como norma consuetudinaria. Eurocopa 2000, Mundial 2002, Eurocopa 2004. Hacia el 2006 se deja ver con fuerza el 4-2-3-1 y es en 2008 cuando sí comienza de verdad una etapa de cambios, una que sigue vigente por la idea común a todos los estilos y tendencias: la racionalización del espacio en todas las fases del juego y la organización colectiva como río principal. España triunfa, Guardiola arrasa y Alemania pone las bases hasta llegar a la cima. La respuesta la dan Portugal en 2016 y Francia en 2018, con un juego mucho más basado en la resistencia y las transiciones, palabra esta última que recoge con acierto la segunda de las respuestas, la primera fue la defensa posicional en campo propio, que obtuvo el juego de posición tras su dominio.

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Vivimos ahora entre dos ideas que se han entrelazado con bastante más naturalidad de la prevista: la presión organizada o movimiento colectivo contra el balón y la defensa de tres centrales, utilizada mayoritariamente en Italia y Alemania por más del 50% de los equipos, y que ya estuvo muy presente en el Mundial 2014. Sobre la presencia de las dos en la próxima Eurocopa, podemos entender que mientras la primera parece más un método relacionado con el entrenamiento diario, más de clubes que de selecciones, que requiere de una predisposición y una puesta a punto más concreta, que veremos sin duda pero quizás fruto de algo más puntual y no fundamental, la segunda tiene garantizada su presencia con Inglaterra, Alemania, Bélgica y quizás España entre las de más calidad. Las tres primeras convencidas de ello en todo momento, no será esta tampoco una tendencia tan potente como lo fue en Brasil, a pesar de que tiene razones para pensar que florezca como lo hace en las ligas domésticas.

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Si el exagerado calendario y las consecuencias anímicas de la pandemia terminan por resultar cruciales en el desarrollo de la competición, el balón parado debería volver a tener un gran impacto, como en Rusia’18

 

Y es que los torneos de selecciones tienen un carácter algo más precavido, y apoyarse en un central más para proteger el área y salir jugando desde abajo ante una presión encaja bastante con ello. No obstante, debemos seguir buscando. Y si lo hacemos sabiendo que salvo maravillosas excepciones, como el Mundial 2014, la consistencia defensiva y el ataque hacia el espacio abierto es un plan bastante más realizable en un torneo corto como medida para igualar fuerzas y que el grande tenga dudas. Lo que sí dejó claro el Mundial de 2018, y no ha pasado nada que venga a negarle nuevas alegrías, es la importancia del balón parado, ya sea derivado de un saque de esquina, un córner, una falta o un penalti, sobre todo por la aparición del VAR. Como dejó escrito Miguel Quintana en esta misma revista, 73 de los 169 goles marcados en Rusia fueron a balón parado. Si el exageradísimo calendario y las consecuencias anímicas de la pandemia -no hay ningún factor más importante en una fase final que el factor anímico, que puede bloquear o liberar a partes iguales- terminan por resultar cruciales en el desarrollo de la competición y la competitividad de las selecciones, el balón parado debería de tener un impacto muy similar al de Rusia.

Por último, entre lo puramente futbolístico, dos apuntes. El primero, precisamente por su condición determinante, el regate tendrá un valor aún más vital que de costumbre. Y no cualquier regate, sino el que se intente y se logre por dentro. Si la presión es intensa o si el repliegue gana esa partida, el regate interior, el jugador que se ubica entre líneas y elimina a un jugador cercano, podría marcar grandes diferencias para deshacer dichos planteamientos. Teniendo en cuenta que el jugador que desequilibra por creatividad juega más dentro que fuera, el desborde interior goza de un valor actual muy superior al del pasado más reciente. Junto a él, si entendemos que quien corra mejor en esta Eurocopa tendrá mucho ganado, no es muy difícil pensar que el delantero que recibe de espaldas para ordenar y construir lo que ocurre en el momento del robo y despegue sea un perfil claro. Romelu Lukaku, Karim Benzema o Harry Kane pueden ser las estrellas del torneo.

 


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Fotografía de Imago.