Este reportaje está extraído del #Panenka137, un número dedicado a la figura de Mourinho que sigue disponible aquí
Especial, rencoroso, sensacional, malhumorado. Como el Marmite, ese alimento pastoso tan británico, lo amas o lo odias. Porque José se ha convertido en uno de los personajes más controvertidos del mundo del fútbol. Todos opinan sobre él y, como sucede con el Marmite, los puntos de vista están polarizados. Pero permitidme que declare de antemano mi devoción. Estoy convencido de que Mourinho es un genio, un gran motivador, un estratega, un dominador del lenguaje y un ganador.
Nunca ha habido dudas respecto a la capacidad de Mourinho para conseguir resultados al más alto nivel, y su palmarés así lo demuestra. Por eso se explica que tantos clubes hayan decidido jugársela con él, pese a su impredecibilidad. Aunque, en gran medida, lo que es precedible es que se terminará enfrentando al presidente o propietario y que varios jugadores se marcharán de forma desagradable. Nunca será un Alex Ferguson, un Arsène Wenger ni, por supuesto, un Pep Guardiola o un Jürgen Klopp, técnicos que han sido capaces de pasar un periodo largo de tiempo en la Premier League. Mourinho es un rebelde, un mercenario, pero su lealtad es notable y siente afecto por la mayoría de clubes en los que ha trabajado. El caso del Chelsea es particular. En la entidad londinense ha sido despedido, contratado de nuevo, otra vez despedido, y queda abierta la puerta para una tercera aventura en el banquillo de Stamford Bridge. Los hinchas lo adoran, y le darían la bienvenida con los brazos abiertos. Otra cosa muy distinta es lo que piensen los nuevos propietarios estadounidenses del club.
En la rueda de prensa de presentación con el Chelsea, dijo unas célebres palabras: “Por favor, no me llaméis arrogante, pero soy campeón de Europa y creo que soy especial”
La razón por la que he escrito cinco libros sobre Mourinho es porque es un personaje de un gran carisma al que no se ha entendido bien. Muchas veces denostado, en ocasiones justificadamente, pero, en general, siempre causando sensación allá donde ha ido. Y así seguirá siendo. En 2004, poco después de su llegada al oeste de Londres, con la famosa rueda de prensa en la que se declaró el “Special One“, supe que había algo distinto en él, aunque sólo fuera un descaro y un ego inéditos desde los días de Brian Clough. Ni siquiera Bill Shankly o Malcolm Allison lo igualaban en autoestima y confianza. Estaba seguro de que la suya iba a ser una carrera que valía la pena seguir desde el principio.
NUEVA MENTALIDAD
La arrogancia de Mourinho era desmesurada, pero sin duda la necesitó desde el momento en el que se cruzó con Roman Abramovich. El oligarca ruso invirtió 1.000 millones de libras en el Chelsea para crear su ‘Roman Empire’, valorado en 4.000 millones. Eso lo confirmaría como un empresario enormemente astuto, pero no era el dinero lo que lo movía, sino el amor genuino por el club y la incesante búsqueda del título que su corazón más ansiaba: la Liga de Campeones. Importó esa implacable y eficiente mirada lucrativa de los negocios al fútbol, sin importarle la reputación siempre que se lograran resultados que llevaran a su equipo a lo más alto. De ahí su filosofía de puertas giratorias con los entrenadores: a Mourinho lo contrató y lo despidió dos veces, echó a Ancelotti la temporada después de lograr un doblete, e incluso despidió a uno de los más grandes de la historia del club, Frank Lampard, a mitad de su primera campaña completa para traer a Thomas Tuchel.
Un grupo de grandes estrellas (John Terry, Frank Lampard, Didier Drogba y Petr Cech) fueron la extensión de Mourinho dentro del vestuario. Así lo veía Lampard: “Mourinho irradiaba autoconfianza. Carlo Ancelotti vino con una actitud más tranquila, como una figura paterna, y también me encantó. Avram Grant fue magnífico para mí, en un momento en el que acababa de perder a mi madre. Algunos intentan ser el clon de un técnico (con la bufanda puesta, hablando siempre de la misma manera, usando las mismas frases de los cursos de entrenador…). Pero hay que tener ideas propias. Hubo momentos en los que esos entrenadores decían cosas que hacían que saliera desarmado de su despacho o del vestuario. Se aprende tanto de eso, como de momentos como el de Mourinho y la ducha [cuando el portugués le dijo que era el mejor jugador del mundo cuando Lampard estaba completamente desnudo]… ¿Juegos mentales? Varios entrenadores lo hacen a distintos niveles y, de nuevo, se trata de que sea genuino. Es necesario ser auténtico”.
Para uno de mis libros, en el que detallaba los métodos de Mourinho entre bambalinas, busqué a un jugador que, aunque no era una de sus mayores estrellas, sí que era uno de los más lúcidos, inteligentes y perceptivos que he conocido: el guardameta Carlo Cudicini. Esto es lo que me dijo: “Ya éramos un buen equipo, así que supongo que lo que nos aportó fue la mentalidad para ser campeones. Arrogancia, conocer los puntos fuertes del equipo y tener capacidad de persuasión para empujar al conjunto en la dirección correcta; esas eran sus mayores cualidades cuando aterrizó en el fútbol inglés y en el Chelsea. Jugaran o no jugaran, estuvieran o no contentos con su situación, hizo que todos remaran en la misma dirección, y esa es la razón por la que el Chelsea ganó el título por primera vez en 50 años”, explica el exmeta italiano, que recuerda que, aunque algunos ya eran futbolistas importantes, logró cambiar su mentalidad para que fueran todos a una. “Escogió a Petr Cech por delante de mí, así que pude comprobar cómo lo hacía para convencer al grupo de que esto era cosa de todos, de que buscábamos un mismo objetivo. Y me convenció a mí también. Eso fue lo que nos hizo campeones, y la razón por la que logramos serlo dos años seguidos. Trajo consigo una forma de entrenar muy distinta, totalmente diferente a la de Claudio Ranieri [su predecesor]. La relación con sus jugadores se basaba en la confianza, y yo confiaba en él porque, a pesar de que no me dio la titularidad en la portería, en los primeros dos años jugué 13 o 14 partidos, que era algo poco habitual para un portero suplente si el titular no se lesionaba”.
Listo, elocuente e ingenioso, Mourinho cautivó a los medios con esa seguridad que sería el sello de su paso por el Bridge
La primera etapa de Mourinho en el Chelsea, entre 2004 y 2007, fueron los años de un ascenso meteórico que ya había empezado, de manera espectacular, en sus días en Portugal, llevando por sorpresa al Oporto a ganar la Champions League. Tras su éxito en la máxima competición continental, el portugués se marchó de inmediato: su fichaje por el Chelsea, aquel mes de junio, ya se había negociado, y lo convertía en uno de los entrenadores mejor pagados del fútbol, con un salario de 4,9 millones de euros por temporada, que en 2005 pasaron a ser 6,1.
Cuando Mourinho fue presentado en Stamford Bridge, el 2 de junio de 2004, lo hizo como el entrenador más laureado que se sentaba en su banquillo. Con sólo 41 años, ya había ganado la Liga de Campeones y la Copa de la UEFA, además de los títulos domésticos de Portugal. En la rueda de prensa de presentación, Mourinho dijo unas célebres palabras: “Por favor, no me llaméis arrogante, pero soy campeón de Europa y creo que soy especial (‘a special one‘, en inglés)”. Y añadió: “Tenemos jugadores top y, lo siento si suena altivo, pero ahora tenemos a un entrenador top”. Listo, elocuente e ingenioso, Mourinho cautivó a los medios con esa seguridad que sería el sello de su paso por el Bridge. Su metodología se basaba en una visión científica del entrenamiento, flexibilidad táctica, conciencia defensiva y en jugadores que consentían que se metiera dentro de sus cabezas. Tomó por asalto el fútbol inglés, desde su primer triunfo, en su primer partido, por 1-0, en la visita del Manchester United.
A menudo se le ha etiquetado como un entrenador pragmático, con unas tácticas basadas principalmente en la organización y en la defensa. Pero no fue así en sus inicios en el Chelsea. Con extremos dinámicos, habilidosos y talentosos como Damien Duff y Arjen Robben, el equipo alcanzó el liderato en noviembre y ya no lo dejó escapar, exhibiendo un fútbol fluido, rápido y ofensivo por las bandas, con la figura de un goleador dinámico y agresivo en el centro. A principios de diciembre, el Chelsea era el líder de la Premier League, se había metido en las eliminatorias de la Liga de Campeones y Mourinho ya se había asegurado su primer título, con el triunfo en la final de la Copa de la Liga ante el Liverpool, en Cardiff (3-2 después de la prórroga). Hacia el final del partido, el entrenador tuvo que ser escoltado desde la banda después de haberse puesto el dedo en los labios en dirección a los hinchas del Liverpool, en respuesta a las burlas dirigidas hacia él cuando los ‘Reds‘ iban ganando. Fue la primera, aunque para nada la última, ni la peor, de sus muchas salidas de tono en la banda, escenas que ilustraban que su determinación no tenía límites.
El Chelsea se aseguró su primer título de liga en 50 años dejando récords a su paso, incluidos el mayor número de puntos conseguidos en la Premier (95) y el registro más bajo de goles encajados (15). Con los dos tantos de Frank Lampard ante el Bolton, los ‘Blues‘ sentenciaron el campeonato. Mientras los jugadores y los aficionados lo celebraban en el Reebok Stadium, Mourinho llamó tranquilamente a su mujer para informarle del resultado. A pesar de su descaro, bajo la máscara había un tipo familiar, de buen corazón.
No conseguiría reeditar su éxito en la Champions, porque en las semis el Chelsea cayó con un controvertido gol de un Liverpool que sería campeón. Fue en ese momento cuando publiqué mi primer libro. Iba a ser el primero de los cinco que iba a escribir sobre él. En aquella primera campaña, Mourinho supuso una embriagadora mezcla de encanto, innovación y malas artes desde el banquillo. Excelente en todos los sentidos. Aunque se llevó muchas críticas de una parte de los medios, y con razón, a causa de sus excentricidades, tan poco ortodoxas, a menudo provocadas por él mismo; era un caramelo para titulares y contraportadas. En uno de mis libros, titulado Hold the Back Page, describí a Mourinho como “Brian Clough bajo los efectos del speed“. Escribí: “Creo que alguien de la vivacidad y el talento de Mourinho sólo puede ser bueno para el fútbol inglés. Cuando se marche será un día triste, pero también un día mucho más tranquilo para el balompié de este país”.
LOS DESENCUENTROS
El Chelsea comenzó la 2005-06 derrotando al Arsenal, 2-1, en la Community Shield, y dominó la competición liguera desde el primer fin de semana. El conjunto londinense ganó su segunda liga consecutiva con un triunfo contra el Manchester United por 3-0. Era el cuarto alirón consecutivo para el luso. Tras recibir su medalla, la tiró al público, junto a su americana. Minutos después le entregaron otra medalla que también terminaría lanzando a la multitud. Aquel bicampeonato hizo que Mourinho pareciera intocable, pero con Robben y Duff fuera de forma o en un mal estado físico, con el envejecimiento de una pieza clave como Claude Makélélé y la incapacidad de los nuevos fichajes para igualar el nivel, las opciones de repetir éxitos al año siguiente se desvanecieron. El Chelsea encontró consuelo en las competiciones coperas, con una victoria sobre el Arsenal en final de la Copa de la Liga y otra ante el Manchester United, en la primera final de FA Cup disputada en el nuevo Wembley.
El fichaje de Andriy Shevchenko en el verano de 2006 a cambio de una cantidad récord para el club (43 millones de euros) supuso un enorme punto de fricción entre Mourinho y Abramovich. A su llegada, Shevchenko era uno de los delanteros mejor valorados de Europa. Su rendimiento en el Milan, donde en siete años había ganado la Champions League, el Scudetto y el Balón de Oro, le avalaba. El Chelsea ya había intentado contratarlo las dos temporadas anteriores, pero el Milan había rechazado el interés de Abramovich. Cuando finalmente llegó al Bridge, el capitán de Ucrania ya había desarrollado una relación personal con el magnate ruso. Pero la primera campaña de Sheva con los ‘Blues‘ fue una decepción enorme: sólo fue capaz de marcar cuatro goles en liga, 14 en el total de las competiciones. El compañero de Shevchenko en la punta del ataque, Didier Drogba, vivió una de las temporadas más prolíficas de su carrera (33 goles), y acabó apartando del todo al exmilanista. En la semifinal de la Liga de Campeones de 2007, de nuevo en Anfield contra el Liverpool, el ucraniano ni siquiera se sentó en el banquillo. La insistencia de Abramovich sobre Mourinho para que le diera minutos generó una brecha entre ambos. Para reforzar el centro del campo, también habían firmado al capitán de la selección alemana, Michael Ballack, que llegó libre del Bayern de Múnich. El delantero islandés Eidur Gudjohnsen, importante en el Chelsea tanto para Ranieri como para Mourinho, se había ido al Barcelona.
Crecían las especulaciones sobre una posible marcha de Mourinho a final de temporada, con cada vez más rumores sobre las malas relaciones con Abramovich y las luchas de poder con el director deportivo, Frank Arnesen, y el asesor del propietario, Piet de Visser. El técnico dejó claro que, para él, sólo había dos maneras de abandonar el club: si no le ofrecían renovar el contrato en junio de 2010, o si le despedían. Aun así, en medio de ese ambiente, se lanzó al objetivo de convertir al Chelsea en el primer club inglés que conquistara los cuatro títulos disponibles. Pero las opciones de lograr un póquer de trofeos se agotaron el 1 de mayo de 2007, cuando el Liverpool los eliminó de la Champions en los penaltis, tras un 1-1 en el global de la eliminatoria. Días después, el Chelsea empató, 1-1, en el Emirates Stadium ante el Arsenal, lo que entregaba el título de la Premier al Manchester United. Por primera vez en un lustro, Mourinho no era campeón de liga.
CAMINO A LA DESTITUCIÓN
Con el triunfo en el renovado Wembley en la final de la FA Cup de 2007, Mourinho alzó su primera copa inglesa: ya podía decir que en su palmarés estaban todos los trofeos nacionales a los que aspira un manager de Premier League. Sin embargo, eso no iba a impedir que continuaran las tensiones con Abramovich, especialmente cuando Avram Grant fue nombrado director de fútbol pese a las reservas de Mourinho. La posición de Grant se reforzó incluso cuando le dieron un asiento en la cúpula directiva.
El fichaje de Andriy Shevchenko en el verano de 2006 a cambio de una cantidad récord para el club supuso un enorme punto de fricción entre Mourinho y Abramovich
En ese contexto, el mercado de fichajes de la 2007-08 supondría la marcha de Arjen Robben al Real Madrid y la llegada del atacante francés Florent Malouda. Pese a la falta de protagonismo, Shevchenko se quedó en el Chelsea un curso más. En el primer partido de la nueva campaña liguera, el conjunto londinense superó al Birmingham por 3-2, alcanzando así un récord de 64 partidos en casa sin conocer la derrota, unos números que superaban la racha del Liverpool entre 1978 y 1981, la mejor hasta aquel momento. Pese a la hazaña, los primeros compases de la campaña fueron muy distintos a los de los cursos anteriores. Perdieron en casa del Aston Villa, para luego empatar sin goles en la visita del Blackburn Rovers. El primer partido de la Champions League terminó con un decepcionante 1-1 contra el Rosenborg noruego, en un estadio medio vacío. Shevchenko fue el encargado de anotar el único gol del Chelsea.
Mourinho dejó su cargo el 20 de septiembre de 2007. Abramovich acababa de esta manera despidiendo al entrenador más laureado de la historia del club: seis títulos en tres años, imbatido en todos los partidos de liga en casa. El propio Avram Grant fue quien le sustituyó, pero no pudo ganar ninguna competición durante el año en el que estuvo al mando, aunque sí que llegó a la final de la Liga de Campeones, algo que el portugués nunca ha podido lograr en el Bridge.
Regresó al club en junio de 2013, después de sumar éxitos en el Inter de Milán y el Real Madrid. El hijo pródigo volvía a casa para reunirse con su familia en el Chelsea. Declaró que corría sangre azul por sus venas, y que su segunda etapa en el club iba para largo. Como bien sabemos, la cosa no fue exactamente así. Duró hasta diciembre de 2015, pero por el camino conquistó la Premier League 2014-15. Aquel periodo 2004-2007, sin embargo, sigue siendo la etapa más larga que ha pasado en un mismo banquillo.
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Fotografía de Getty Images.



