En los viejos tiempos, los futbolistas ingleses bebían, fumaban y se acostaban con más personas de la cuenta. A veces también se metían en peleas en los bares, y se ponían ‘gallitos’ ante los periodistas. Todo eso no les impedía correr como locos o lanzar misiles a la escuadra, la mayoría de los cuales acababan en la mítica recopilación anual de Best Premier League goals of the season que se puede encontrar en YouTube. Una época que ya pasó, sobre todo por las mayores exigencias de un torneo cada vez más globalizado y la presión de la prensa sensacionalista. Ahora el futbolista inglés vive al día: es sensible a las frases motivadoras y solo confía en las redes sociales, la comida sana, el trabajo invisible y los datos. Cuando tiene un poco de tiempo libre, se arregla el degradado del pelo, graba anuncios con mensajes inspiradores, visita a niños enfermos en los hospitales y suelta las mismas tonterías insustanciales que sus colegas extranjeros cada vez que abre la boca.
Declan Rice cambió Irlanda por Inglaterra. Fue la única transgresión para este exponente del nuevo estilo inglés
Para muchos, Declan Rice (Kingston, Londres, 1999) es el yerno ideal, el jugador que mejor encarna a esta generación de ingleses 2.0. Sonriente, bien peinado y partidario de subirse los pantalones y los calcetines lo más alto posible, nada sobresale en el finalista de las dos últimas Eurocopas, salvo su dominio sobre el césped, sus dos monstruosos goles de falta contra el Real Madrid en la Champions 24-25 y los 123 millones de euros, bonificaciones incluidas, que pagó el Arsenal para contratarlo en el verano de 2023. Una cifra récord para un jugador inglés, pero también un buen pellizco para quien ahora vive en una casa de Hertfordshire valorada en ocho millones de euros. Cuando sale de su torre de marfil, Rice no es, evidentemente, de los que se gastan el dinero en pubs, chicas de compañía, hipódromos o casinos. Eso se lo deja a otros. Él prefiere pedir las llaves del Dickerage Community Center y echarse unas partidas de billar. Este centro comunitario de Kingston-upon-Thames, un barrio acomodado al suroeste de Londres, se adapta religiosamente a sus visitas improvisadas. Tanto es así que sus paredes están repletas de fotos y recuerdos del actual todoterreno de los ‘gunners‘, que encuentra en este refugio una especie de museo dedicado a sus hazañas. Un lugar de lo más corriente que se ha convertido en objeto de deseo para los medios de comunicación de todo el mundo, hasta el punto de que su responsable, Daniel Slocombe, harto de tener que repetir la misma historia una y otra vez, ha decidido no conceder más entrevistas. Da igual, fue aquí, en un campo de césped cercano, donde el pequeño Declan empezó a dar patadas al balón y a exhibir algunas de las facultades que lo han convertido en uno de los mejores centrocampistas del planeta. Para gran alegría de los aficionados del Arsenal y de los ‘three lions‘… Y para gran disgusto de los ‘boys in green‘ irlandeses.
SUPERADO POR SU EVOLUCIÓN
De madre inglesa y padre irlandés (sus abuelos emigraron desde Cork en los 70), Declan pasó su infancia tratando de robar el balón a sus hermanos mayores. Por la proximidad y los éxitos con los que se empapó de niño, su familia y él eran fieles seguidores del Chelsea. Gracias a los contactos del padre de un primo que jugaba en la cantera ‘blue‘, de la noche a la mañana pasó de entrenar dos veces por semana en las modestas instalaciones de Dickerage a hacerlo cada día en el flamante complejo de Cobham. Pero muy pronto, el sueño ‘azul’ se convirtió en una pesadilla: no tenía el nivel necesario. “Tenía 14 años, estaba en plena etapa de crecimiento, mi cuerpo no estaba bien coordinado y mi forma de correr era realmente extraña”, recuerda hoy el lúcido adulto en el que se ha convertido el ’41’ ‘gunner‘. “Sin embargo, tenía buena técnica. Aunque en el aspecto físico estaba a años luz del resto”.
“Futbolísticamente, Rice no tenía nada de excepcional, era un jugador cualquiera”, declara un antiguo compañero suyo. “La cuestión es que él dormía los viernes por la noche mientras los demás se iban de juerga”
Pero Rice no se quedó en la estacada por mucho tiempo, ya que la buena mano de su padre, Sean, le consiguió una prueba en el West Ham. Las cuatro horas de coche de ida y vuelta que separaban el domicilio familiar de la sede de los ‘hammers‘ le obligaron entonces a cortar el hilo familiar. Fue el momento elegido por Tom O’Connor, seleccionador de la sub-16 irlandesa, para entrar en escena. Encargado también de detectar a jugadores con doble nacionalidad, le propuso jugar con la camiseta verde. Declan dudó. Y aunque pueda parecer sorprendente, O’Connor también. “Para mí, solo era un grandullón en defensa”, sonríe quien, entre otros, convenció a Roy Keane y Jack Grealish (antes de que este último optara finalmente por representar a Inglaterra) para que jugaran con el país del trébol. “En aquel entonces, nunca hubiera imaginado que llegaría a ser el jugador que es hoy”, prosigue el entrenador. “De hecho, no era el mejor de su grupo”. Pero por una casualidad del destino, O’Connor fue el primero que alineó a Rice como centrocampista defensivo, su posición preferida. Fue contra Austria, en un partido que no pasará a la historia. Prueba de ello es que el West Ham llegó a pensar en desprenderse del joven jugador. Y según el futbolista suizo Noha Sylvestre, que pasó por la cantera de los ‘hammers‘ entre 2013 y 2019, no habría sido ningún escándalo. “Futbolísticamente, no tenía nada de excepcional, era un jugador cualquiera”, declara el suizo, reconvertido a gestor financiero tras tres roturas de ligamentos. “La cuestión es que él dormía los viernes por la noche mientras los demás se iban de juerga”, añade. Hay que creer que Rice no ha visto muchas pistas de baile en su vida , ya que acabó alcanzando el equipo reserva. Incluso fue recompensado con el brazalete de capitán. “Se llevaba bien con todo el mundo”, explica Sylvestre. “¡Hasta entabló una bonita amistad con nuestro conductor de autobús, un antiguo hooligan, un tipo enorme con tatuajes por todas partes!”. Amigo de todos, y sin meterse con nadie, Rice acabó explotando en el West Ham bajo las órdenes de David Moyes, cuya filosofía de trabajo, muy centrada en el aspecto físico, encajaba con su nueva complexión. “Nos hizo sudar y nos puso en forma. ¡Corríamos una media de 13 kilómetros por partido!”, recuerda Rice…



