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Aquel fútbol imperfecto y feliz

Regresamos a 1986 para reencontrarnos con un fútbol que mitificamos a la vez que cuestionamos. ¿Cómo hemos cambiado desde que Dios marcó un gol con la mano?

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Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka158, que ya está disponible aquí

 

1986, dos años después de 1984, aunque las distopías, como los patinetes voladores, iban a tener que esperar un tiempo. El deshielo venidero y literal se cocía en la atmósfera, pero entonces era figurado y nuclear, entre dos superpotencias que empezaban a olvidar el porqué de tanta acritud. La Historia iba poco a poco acicalándose para una penúltima foto (no era un adiós, era un hasta luego). Qué tiempos idealizados. Azúcar, un balón en la calle, la mesa en la playa, coche y piso, adolescentes en bici. La vida era un lugar tan o más peligroso, sin cinturón de seguridad, con días de plomo y tardes de fuego. Sin embargo, pese a que el miedo campaba, nunca reinaba. El mal había que salir a buscarlo, o te esperaba a la salida del colegio cargado de caramelos con droga, o en la barra del pub para aliñarte el cubata con malas intenciones.

Cuatro décadas más tarde, el terror se cuela por la luz tenue de esa pantalla negra que te mira, te vigila y te tutea. Qué fútbol, aquel. Más lento, más violento, más racista y sexista. Pero qué bello lo recordamos, qué misterio, la memoria. Será que esas jugadas las veíamos solo una, dos veces por la tele. El resto era imaginado, narrado, exagerado. Un país encantado. El del balompié imperfecto y feliz, en el que era posible marcar con la mano y festejar sin sonrojarte, ay, Diego, que vas y declaras que ha sido la Mano de Dios. ¿Qué dios creaba, destruía y decidía en 1986? Uno distinto al actual. ¿Dónde quedaría ese remate tramposo en el juego de hoy? En una breve revisión de vídeo, una tarjeta amarilla y una sonrisa pícara del Diego, que acto seguido marcaría el gol del siglo, imposible de anular, imposible de descifrar; un tanto que no podría predecir ni la inteligencia más artificial ni el artificio más inteligente.

 

El ídolo al que hemos entregado nuestro destino y alma, agobiados por el futuro. Por el qué dirán. Por acabar mal. Que es como terminan, te advierten, los que meten goles con la mano. Los héroes de carne, hueso y vísceras. Los Diegos que ya no existirán

 

Ni la mano del dios de 2026: esa tecnología fría y confortable que nos da la razón, nos abraza en un reel infinito y nos protege de un mundo incomprensible. El ídolo al que hemos decidido venerar, entregar nuestro destino y alma, agobiados por el futuro. Por el qué dirán. Por acabar mal. Que es como terminan, te advierten, los que meten goles con la mano. Los héroes de carne, hueso y vísceras. Los Diegos que ya no existirán.

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