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Erling Haaland: brutalidad y ternura

Haaland, injustamente estigmatizado como un hombre con rasgos androides, más bien comparte atributos con el Frankenstein de Del Toro: arrollador y frágil al mismo tiempo

Haaland

Durante el último partido de Champions League entre el Real Madrid y el Manchester City, dediqué mi atención a dos cosas de manera compulsiva y casi patológica: contemplar regates exitosos de Rayan Cherki y avistar posibles gestos humanos en Erling Haaland.

Concediendo que lo primero está por convertirse en una rutina colectiva poco original, procedo a profundizar en lo segundo para trazar algún paralelismo con la más reciente película del director de cine mexicano Guillermo del Toro: Frankenstein, una nueva mirada sobre la novela clásica de Mary Shelley.

Haaland, injustamente estigmatizado como un hombre con rasgos androides, más bien comparte atributos con el Frankenstein de Del Toro: brutalidad y ternura. Es capaz de destrozarte en una carrera o una disputa directa y luego exponer toda su fragilidad mediante un repertorio de gestos propios de un niño a ratos vulnerable y a ratos manipulador.

 

El noruego fue moldeado en un modesto centro de entrenamiento techado, sin calefacción, enclavado en el típico sitio de inviernos perennes, en el que todos sueñan con la misma cosa: extender la mano para abrazar la luz del sol

 

Pienso en la escena del granero infestado de ratas, en el que la criatura que bocetó Victor Frankenstein se refugia tras el gran incendio en la torre abandonada y aprende sus primeras palabras mientras observa por una mirilla a un anciano ciego enseñarle a leer a una niña pequeña.

Algo así debió suceder con el obsesivo Pep Guardiola, pedagogo donde los haya, hablándole de intervalos a Jeremy Doku, al tiempo que Haaland observaba con esa culta ignorancia del que sabe que ya no volverá a ser el mismo.

El Ártico, el prólogo de la cinta de Guillermo Del Toro, también resulta fundamental para entender los orígenes de Erling Haaland como producto de un milagro. Al igual que Frankenstein, el noruego fue moldeado en un modesto centro de entrenamiento techado, sin calefacción, enclavado en el típico sitio de inviernos perennes, en el que todos sueñan con la misma cosa: extender la mano para abrazar la luz del sol.

 


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Fotografía de Getty Images.