Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka154, un Especial sobre Zidane, que ya está disponible aquí
Tenías que verlo trotar sobre el césped. 1989. Un metro ochenta y tantos centímetros de futbolista. Sin apenas tocar el suelo, pasaba por encima de las cabezas de los rivales, diminutos. Hombres adultos, padres de familia, profesionales contrastados que se convertían en cadetes al salir al paso de aquel chico de 17 años. ¿De dónde ha salido ese tal Zinedine Yazid, que cuando salta al campo la pelota solo le obedece a él? Del trabajo discreto, de su madre, de su padre; nacido a una orilla y otra del mar, de la olvidada Cabilia al sol de la Provenza. Su hogar está en un barrio en el que soñar no es gratis, pero viste la camiseta de un equipo que suena a fábrica de sueños. Cannes. La televisión no mató a la estrella de cine, pero Zidane sí que lo iba a hacer. Era el héroe que nunca veremos en el celuloide. Mirada profunda, rostro circunspecto, sonrisa melancólica y pocas líneas de guion.
En Burdeos maduró, en la Juventus se hizo más grande que el club y en el Real Madrid se casó para siempre con la eternidad. ¿Y con Francia? Lo fue todo. Líder, villano, aprendiz, maestro, ángel y demonio. Zidane moldeó el fútbol con los pies, le dio una nueva forma, una plasticidad antes inviable. Pero fue tan grande que, tras él, este deporte se volvió a quedar justo donde estaba cuando debutó. El hechizo que se rompe. ‘Zizou’ no creó escuela, porque nunca habría nada semejante. La raza del diez (más que una posición, un estado del espíritu) alcanzó con él la perfección. Luego se extinguió. Cruyff, Maradona, Di Stéfano y Pelé cambiaron el fútbol. Zidane, no. Zidane lo hizo bello, escribió un poema épico con él. Y luego se marchó sin dejar una estirpe a su nombre. Hoy nos preguntamos, al ver sus vídeos, si todo aquello ocurrió de verdad o fue la obra maestra de un cineasta loco.
En Burdeos maduró, en la Juventus se hizo más grande que el club y en el Real Madrid se casó para siempre con la eternidad. ¿Y con Francia? Lo fue todo. Líder, villano, aprendiz, maestro, ángel y demonio
Pero no, a Zidane solo le harían justicia los poetas antiguos, que describen a un humano sencillo, popular, que no permitió que lo mataran los dioses. Prefirió tumbarlos él mismo, de un cabezazo, y, en silencio, regresar a su casa.



