Pocas jugadas deben atormentar la mente de los aficionados de un equipo como la de esa noche. Pocos momentos como aquel son recordados semanalmente, o incluso a diario, a pesar de ser algo en lo que uno no quiera pensar. Pocas veces un remate pareció tan fácil, pero a la vez tan inexplicablemente difícil de explicar. Pocos clubes como el Celta buscarán esta temporada una redención en una competición que se la tiene guardada. Nueve temporadas pasaron ya de aquel sueño que paradójicamente se terminó truncando en el ‘Teatro de los Sueños’, de aquel gol prácticamente cantado que terminó con Michael Carrick enviando el balón para al cielo de Mánchester, y de aquella jugada en la que nunca sabremos si Beauvue tenía que haber tirado en vez de pasársela a Guidetti. La verdad se ha tardado en volver, pero dicen que lo bueno se hace esperar. Las calles de Vigo ya empiezan a respirar ese olor de fútbol europeo junto al recuerdo de aquella Europa League, con la esperanza de, por qué no, volver a ser la revelación de la competición.
De los 14 celestes que aquella noche saltaron al verde de Old Trafford sólo Iago Aspas sigue en el Celta. Incansable, incombustible, incapaz de regalar ni un sólo esfuerzo y un capitán que acepta como nadie el rol que cumple a sus 38 años. El de Moaña prometió hace ocho años sobre el césped del United que lucharía y se dejaría la piel para volver a llevar a los celtiñas a Europa, y el ‘10’ no defraudó. Siendo honestos, tenía que ser él, no podía ser otro. El destino quiso que Aspas fuese por enésima vez el salvador, el que metiese el gol en Getafe que confirmó el billete de ida desde Vigo en dirección a Europa. Pero, si hubiese que buscar a otro culpable, tendríamos que mirar hacia el banquillo y señalar a Claudio Giráldez. La temporada del Celta con el de O Porriño rozó la excelencia, sobre todo si se tiene en cuenta los limitados recursos con los que contaba. Con una plantilla donde muchos jugadores además de ser de la casa, prácticamente no contaban con experiencia en élite y sobre los que Rafa Benítez dijo en su día que “Primera RFEF no es Primera División y cuando un equipo está abajo es más difícil que un canterano salga y esté al nivel esperado”.
Pocas veces un remate pareció tan fácil, pero a la vez tan inexplicablemente difícil de explicar. Pocos clubes como el Celta buscarán esta temporada una redención en una competición que se la tiene guardada
De Berizzo a Claudio, del 4-3-3 del argentino al 5-2-3 del gallego, de dos semifinales de Copa del Rey y una de Europa League al equipo que aspira a volver a hacer grande al Celta. Dos plantillas con el juego ofensivo por bandera, a pesar de que eso provocase carencias atrás, dos conjuntos de esos que la gente se ponía para pasar una buena tarde de domingo y de los que los celtistas presumían cada vez que eran halagados en los medios de comunicación. La sombra del ‘Toto’ era tremendamente larga, desde su marcha. Nadie había sido capaz de ocupar ese maldito banquillo celeste de la manera en la que Claudio lo ha hecho, consiguiendo que en Balaídos, más que nunca, todos remen en la misma dirección.
Hablar de Giraldez no es sólo hablar del hombre que le ha cambiado la cara a un equipo que parecía predestinado a la medianía y la mediocridad. Es hablar de alguien de la casa, que siente el equipo, alguien que, como rezaban las bufandas y banderas que se usaron durante la celebración en Getafe, está ‘feito en A Madroa’, y alguien que ha usado y devuelto la cantera al lugar que se merece dentro del club. Con él ha vuelto a resonar el “fútbol de salón” que entra por los ojos nada más verlo y que te abruma por la complejidad de su diseño táctico, pero que al mismo tiempo te encandila con el tremendo despliegue que los jugadores hacen sobre el campo. Con Giraldez, la posesión y el mirar hacia delante son innegociables.
La unión entre equipo y afición está más fortalecida que nunca. Pasase lo que pasase con el resultado final de la pasada temporada, en Vigo la gente no podía estar más orgullosa de todo lo cosechado durante las 38 jornadas ligueras. Hasta veteranos curtidos en mil batallas como mi padre se sorprendieron del ambiente que se respiró en Balaídos la pasada campaña con un feudo vigués que animaba los 90 minutos jugando el papel de ‘12’ y colgando el ‘no hay billetes’ semana sí, semana también. Los niños quieren ser del Celta luciendo orgullosos sus casacas celestes allí por donde van. Oliveira dos cen anos se ha afianzado como un tanque de oxígeno antes del pitido inicial, haciendo que su última estrofa, en las que los aficionados claman al equipo que “cada vez que mires atrás, sempre ei de estar aquí”, sea una verdad absoluta.
De Berizzo a Giráldez, del 4-3-3 del argentino al 5-2-3 del gallego, de dos semifinales de Copa del Rey y una de Europa League al equipo que aspira a volver a hacer grande al Celta
El mercado, como viene siendo habitual en A Sede, ha sido una mezcla de luces y sombras. Han habido llegadas ilusionantes, pero esa guinda del pastel que tanto reclamó Claudio estos últimos días no ha sido posible. Pero si algo dolió en Balaídos fue la marcha de Fer López al Wolverhampton, que al igual que se dijo en su día con Gabri Veiga, parecía el heredero del ‘10’. Una vez más quedó demostrado que por mucho que la gente lo quiera buscar, el día que se vaya para no volver, no habrá nadie como Iago Aspas. Obviamente no todo han sido malas noticias, Giráldez ha podido recuperar a Ilaix Moriba y Borja Iglesias, dos futbolistas que parecían abocados al ostracismo y se han terminado convirtiendo en piezas clave, sobre todo el ‘Panda’, erigiéndose como la máxima excisión de Claudio sobre el campo. Junto a ellos llegaron el meta Ionut Radu, un viejo conocido de la Liga como Ferrán Jutgla y Bryan Zaragoza, la estrella que todos esperaban en Vigo. Se espera, se confía y se quiere que este sea su año de máxima consolidación, y que de alguna forma haga olvidar la marcha de un eufórico Alfon que calló bastante bocas el pasado año.
En su día fueron Panathinaikos, Ajax y Standard Lieja en grupos y más adelante Shakhtar Donetsk, Krasnodar, Genk y Manchester United. En esta ocasión (tras posiblemente uno de los sorteos con menos aura de la historia en el que solo había que pulsar un botón) serán por el momento Stuttgart, Paok, Niza, Dinamo Zagreb, Ludogorets, Bolonia, Niza, Lille y Estrella Roja. La empresa será complicada, pero Giráldez le quita hierro al asunto: “Hay que pensar en disfrutar de llevar la bandera del Celta nuevamente por Europa porque nos ha costado mucho llegar hasta aquí”. Además de señalar que el equipo “no tiene nada que ver” con aquel Celta de Berizzo. Las cartas están repartidas y este septiembre la partida comenzará. Sólo el destino podrá determinar como termina, y si el 20 de mayo en el Beşiktaş Park de Estambul el Celta podrá tener su ansiada cita con la historia. Pero lo que está claro es que, por el momento, en Vigo hay licencia para soñar.
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Fotografía de portada de Getty Images.


