Etiquetado como vivero de terroristas islamistas, Molenbeek, uno de los 19 municipios -o comunas- de Bruselas, trata de huir de una actualidad que no le resulta favorable. Situado a tres horas en coche de París, quiere demostrar que su multiculturalidad es una oportunidad para muchos de sus desafíos. Entre otros, para el RWDM, el histórico club de este distrito.


 

Una etiqueta tan pesada como funesta. Desde los atentados de París del pasado 13 de noviembre, todas las referencias que se repiten a menudo para calificar a Molenbeek son del tipo “nido de yihadistas” o “el repositorio de terroristas de Europa”. ¿Por qué? Porque la investigación fruto de los asesinatos en la sala Bataclan y las terrazas de los cafés, y de los ataques kamikazes del Stade de France llevó rápidamente a las autoridades a poner el foco en uno de los terroristas huidos, Salah Adbeslam, y otras cinco personas de este suburbio del noroeste de Bruselas. También porque Amedy Coulibaly habría conseguido allí las armas con las que atacó un hipermercado en enero de 2015. Y porque Ayoub el-Khazzani, neutralizado en Thalys por soldados americanos, o el francés Mehdi Nemmouche, autor de un fusilamiento en un museo judío belga en mayo de 2014, habían residido aquí. Y porque en Molenbeek hay 19 mezquitas, aunque solo cuatro están reconocidas por el Estado, y el 40% de su población se declara de religión musulmana. De ahí su sobrenombre: ‘Molenbeekistan’.

Ocho días después de los atentados de París, si el estadio Machtens del club de fútbol local, el Racing White Daring de Molenbeek (RWDM), no hubiera aparecido especialmente vacío en el partido de liga del fin de semana y con un furgón de policía delante de la tribuna principal, uno no podría haber adivinado que el país había pasado al nivel 4 de alerta terrorista, el máximo posible. El cielo está oscuro, llovizna, pero todo sigue igual en el municipio: las tiendas están llenas, los coches estacionan en doble fila y otros tocan el claxon sin parar. Desde los interminables antiguos edificios de los distritos industriales, las mansiones residenciales del siglo XIX del barrio de Sippelberg, pasando por los negros estanques, en Molenbeek-Saint-Jean -su verdadero nombre- también hay ilusión. Uno puede pensar que el segundo municipio con mayor densidad de población de la región de Bruselas -16.357 personas por km2- ha decidido actuar como si nada hubiera sucedido. A juzgar por sus estereotipos y prejuicios, a muchos les gustaría sacarla del mapa. No en vano, el polemista Eric Zemmour sugirió el 17 de noviembre en un programa de TV poner “una bomba en Molenbeek Raqqa como medida de precaución”.

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La terrible actualidad lleva a periodistas de todo el mundo a las calles, a entrar en edificios y tiendas con micrófonos y grabadoras para recoger cualquier información. A menudo, en el vacío de noticias, algunos quieren saber si el fútbol local o el teatro ciudadano se asocian con el radicalismo islámico.

“Yo nunca me he relacionado con estas personas, ni siquiera había oído hablar de ellas. Fue un verdadero shock”, asegura Karim El Ouahidi, jugador franco-marroquí musulmán del RWDM, que ahora juega en lo equivalente a la cuarta división. “Jamás escuché hablar de terroristas. No creo que haya casos de jugadores radicalizados…”, completa Thierry Dailly, el presidente del club. Por lo tanto, ningún terrorista de los ataques del 13 de noviembre ha estado vinculado a clubes de fútbol del municipio. ¿E indirectamente? “La última vez que fui a mi fisio, me dijo que Salah Abdeslam había venido a tratarse a su consulta… Estas cosas dan miedo”, recuerda Jérome Nollevaux, el capitán, antes de salir en defensa de su municipio: “El lugar donde se produjeron los saqueos y los arrestos fue a escasos metros de uno de nuestros campos de entrenamiento, pero vamos a volver a entrenar allí sin ningún temor. Sabemos que hay áreas específicas en Molenbeek donde yo no iría a hacer mis compras. No diré que son zonas donde impera la anarquía, pero son peligrosas. Uno lo sabe, esto no es nuevo, pero no hay preocupación excesiva. He jugado con chicos de esas zonas y nunca ha habido ningún problema”.

El último sueño roto

Estos últimos días, el fútbol de Molenbeek ha vuelto a ser noticia por una situación que muchos de los vecinos del barrio preferirían haber evitado. El White Star, un equipo que desde hace dos años juega sus partidos como local en la comuna bruselense, ha perdido en los despachos el billete para jugar en la Jupiler Pro League que había conseguido después de una temporada asombrosa sobre los terrenos de juego. Solo seis días después de conseguir el ansiado ascenso, este modesto club –cuya plantilla cobra unos salarios que oscilan entre los 1.000 y los 3.000 euros- tuvo que encajar como pudo la decisión de la justicia belga de no otorgarle el permiso para subir de categoría al no contar con la viabilidad económica requerida. Un revés federativo, además, que puede acabar relegando al conjunto a tercera división, amenazando de este modo su ya de por sí frágil subsistencia y la de una escuela de fútbol que da cobijo a más de 600 niños, muchos de ellos residentes de Molenbeek. Su plaza en la élite la acabará ocupando el Eupen, entidad en la que juegan dos viejos conocidos de la liga española como Luis García y Jeffrén Suárez. El trágico final de campaña del White Star, sin duda alguna, constituye un nuevo golpe para una pequeña población que está en el punto de mira y que trata de aferrarse al fútbol para seguir reivindicando las virtudes de su multiculturalidad.

Niños de la cantera del White Star en una protesta contra la Federación. /Delmi Álvarez

 

ESCUELA, FAMÍLIA Y FÚTBOL

De hecho, antes de ser súbitamente percibido como un terreno de radicalización en el corazón de la Unión Europea y como un nido de terroristas peligrosos para el resto del mundo, Molenbeek era principalmente conocido en Bélgica por el fútbol. Una comuna de fútbol, capaz de reunir a 4.000 personas para ver un partido amateur del RWDM, por ejemplo. Un club que ha tenido sus momentos álgidos antes de hundirse, desde Raymond Goethals a Michy Batshuayi, del primer título de RWDM en 1912 a la quiebra del club en 2002, pasando por la última participación, no tan lejana, en competición europea, en 1997. Con sus 95.000 habitantes, Molenbeek es el undécimo municipio más poblado de Bélgica y una con las tasas más altas de inmigración: cerca del 30% de su población es de origen extranjero, lo cual ofrece oportunidades por todas partes para el fútbol local.

30 años después de su debut, Momo Lashaf, pionero del fútbol magrebí en Bélgica y que jugó en el Anderlecht y en el Standard, está luchando para entender el embrollo: “¿Cómo se elige a tres o cuatro jugadores en una terna de 10.000? El problema es tal vez identitario. En Lieja, la gente de origen inmigrante lleva la camiseta roja del Standard. En Bruselas, esto no va a suceder”. En Molenbeek, se entendería discriminante la falta de jugadores de origen extranjero en el primer equipo en favor de jugadores de origen belga. Un falso pretexto para Seth Nkandu, el entrenador del RWDM, que lo achaca a la falta de medios del club: “Hay muchos jugadores que fueron traspasados después de pasar por el centro de formación de Molenbeek. En su mejor momento fueron transferidos a Anderlecht o Standard, como Adnan Januzaj o Michy Batshuayi… Si Molenbeek fuera un club de primera división y tuviera más medios, estaría bien compensado como los principales clubes belgas”. Para Omar Tizguine, coordinador del fútbol base en el FC Jeunesse Molenbeek, otro club conocido en la zona gracias a su centro la formación, la culpa es compartida: “Puede que haya una retirada de la comunidad de nuestro lado, pero las autoridades públicas no siempre juegan su papel. Hay un falta de visión global”.

El punto de mira se ciñe directamente en los políticos. “Cuando vemos que el exalcalde, Philippe Moureaux, no se siente responsable de lo que sucede hoy en día, cuando ha estado gobernando Molenbeek durante 20 años, ¡es alucinante!”, se lamenta Nollevaux. Viejo miembro del equipo belga de karate, Ahmed El Khannouss, de origen marroquí, fue regidor de deportes en Molenbeek. Mientras la conversación es interrumpida por el anuncio de la muerte de Abdelhamid Abaaoud, el presunto autor intelectual de los ataques del 13 de noviembre, en el asalto del RAID en Saint-Denis, admite que la comuna está un poco abrumado por el auge de la población en los últimos años. “Pasamos de 76 .000 a 100.000 habitantes en menos de diez años. Deberíamos, por lo tanto, proporcionar más viviendas, más plazas escolares y más instalaciones deportivas. El problema es que no hay ninguna voluntad histórica en el municipio para aumentar presupuestos para el deporte”.

El joven de Molenbeek que quiere jugar a fútbol en un club se encuentra que tiene que desembolsar una suma de 350 a 500 euros por año. En un distrito donde la tasa de paro es del 28%, llegando al 50% entre los menores de 26 años, y cuyo promedio de ingresos es de unos 9.000 euros al año, esto no es sencillo. Así pues, los jóvenes, que están muy presentes en la calles de Molenbeek, no llegan al primer equipo del RWDM. Los imberbes que formaron el núcleo del centro de formación en los últimos años han nutrido más bien al White Star (D2), el club de WoluweSaint-Lambert, a pocos kilómetros de Molenbeek. Montado por John Bico, el exagente de Eden Hazard, tuvo la buena idea de asociarse con el FC Jeunesse Molenbeek. Un goloso mercado que permite al White Star contar con las perlas del centro de ‘Molen’, quien de hecho tiene potencialmente uno de los principales baluartes del país en materia de formación, con cerca de 1.200 jóvenes, “la mayor parte procedentes de la inmigración”, recuerda Mohamed Tabakkalt, creador de la Juventud Marroquí, antecesor del FC Jeunesse.

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Sin embargo, desde el RWDM se pretende no ser menos, por eso el club tiene como objetivo dar cabida a 300 o 400 jóvenes la próxima temporada. “Queremos tener raíces locales. Hoy en día, el 90% de los jugadores del club son de Bruselas: amarillos, negros, magrebís o blancos, pero bruselenses”, explica Thierry Dailly, el inversor de la capital que se hizo cargo del club. “No hay un compromiso especial para apoyar el lado multicultural, simplemente es algo implícito que está en el ADN del club”. Con su experiencia en los banquillos, Nkandu ya ha visto a docenas de adolescentes encauzarse por el buen camino gracias al fútbol. Aunque también ha vivido fracasos: “Conozco a niños que han sido apuñalados porque formaban parte de una banda de la que nunca fueron capaces de salir. Aún falta mucho trabajo para que los jóvenes entiendan nuestro mensaje”. Un discurso que gira en torno a tres aspectos fundamentales: la escuela, la familia y el fútbol. Si el joven se comporta mal en alguno de los dos primeros ámbitos, podrá ser sancionado deportivamente. “Como entrenador, es necesario adaptarse a todas las culturas sin imponer unos principios definitivos”, asegura Nkandu. “Hay que prestar atención a todos los hábitos y religiones de los jugadores. Incluso si alguno pide hacer algo raro por su cultura, lo arreglaremos”.

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Paradójicamente, la gran mayoría de los seguidores que se desplazan a ver los partidos del RWDM son mayormente belgas de otros lugares de Bruselas, fuera de Molenbeek. “Hubo una época en la que había nueve nacionalidades distintas en el equipo, pero eso no es lo que atrae al público inmigrante, siempre vienen los mismos seguidores”, explica Nollevaux, que juega en el Molenbeek desde 2008. “Nunca ha habido un deseo explícito del club de establecer una política aperturista y progresar”, adelanta El Khannouss, que asegura haber sido testigo de decisiones inapropiadas. “En el momento de la refundación del RWDM, sufrí amenazas por parte de personas del club. Uno duda de la capacidad de apertura de miras de los propietarios”. Para Dailly, la regeneración de hinchas no tardará: “Cuando los chavales lleguen al primer equipo, los padres seguirán ahí”.

Esperando ver a sus hijos correr vistiendo los colores del club, los padres se esfuerzan en reprender el curso de una vida que no es de color rosa. Es miércoles, 18 de noviembre, cuatro días después del recuerdo de un sá- bado negro. 685 niños del FC Jeunesse Molenbeek vuelven a la rutina. Los más jóvenes, con la sonrisa sincera de quién no sabe nada; el resto, con la alegría igualmente visible de poder salir de su letargo. Como todos los miércoles, Leila acompaña a su hijo: “Tengo encima una enorme tristeza que se transforma en rabia, pero jamás vincularé a mi hijo con semejantes atrocidades. Tiene nueve años, no puede comprender lo que pasa y no pienso que por su religión deba estar asociado a todo esto. Cuando pone la televisión tiene que ser para ver dibujos animados y nada más”.

Para muchos padres la solución es no hablar de lo ocurrido. Lo explica también Adil: “El mío tiene siete años, ve que está lleno de periodistas y cree que se está rodando una película en Molenbeek. Tampoco tenemos televisión así que esa película no la verá jamás. Esta noche vamos a ir todos a un acto conmemorativo en la plaza, le he dicho que había una fiesta”. Así, son muchos miles de bruselenses los que muestran su apoyo a un pueblo que no es el suyo, pero al que sienten como propio. Para celebrar este momento de recogimiento, Icham, fisioterapeuta y entrenador de niños de menos de 15 años dos tardes por semana, reparte una vela a cada uno de sus jugadores adolescentes: “No se lo pueden creer. Hablan entre ellos y todos están conectados por las mismas emociones. Están un poco perdidos por la vinculación con la religión y sus valores. Algunos vinieron a verme y me dijeron que no querían seguir en Molenbeek por miedo a ser asociados con este ambiente de terror”.