Los profesores de las facultades de periodismo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado, están los que repiten que los profesionales del ámbito de la comunicación deben ser totalmente objetivos; por el otro, están los que, conscientes de que un ser humano no puede ser objetivo por su propia naturaleza, insisten en que la cualidad que tienen que tener los periodistas es la honestidad, el ser capaces de saber narrar los éxitos y las derrotas, independientemente de quienes sean sus protagonistas, y de desligarse del cuello la bufanda del club de su corazón. No nos engañemos, todos tenemos un equipo favorito. De hecho, en esto reside precisamente la grandeza del fútbol: en que es biológicamente imposible mantenerse al margen.

Por este motivo, aunque uno no se sienta nada atraído por la figura de José Mourinho y todo lo que siempre ha rodeado su prolífica y extensa trayectoria en los banquillos, es justo afirmar que el portugués es uno de los mejores entrenadores europeos de los últimos años. Y, ahora que la actualidad ha hecho que tenga que visitar Sevilla para enfrentarse al conjunto hispalense en los octavos de la Champions League, es un buen momento para recordar que ‘The Special One’ se presentó a sí mismo como un ganador ante la escena europea en el Estadio Olímpico de La Cartuja, donde consiguió su primer título lejos de las fronteras de Portugal.

 

La final de la Copa de la UEFA del año 2003 contra el Celtic de Glasgow es uno de los momentos más trascendentes de la carrera de José Mourinho

 

El luso ha celebrado una gran cantidad de títulos desde que empezó su andadura como técnico, pero uno de los momentos más trascendentes de su trayectoria es, sin duda, la final de la Copa de la UEFA del año 2003 que, siendo entrenador del Porto, le ganó al Celtic de Glasgow. Aquella noche del 21 de mayo de hace ya 15 años, Mourinho no solo recibió una medalla de oro, también demostró al universo futbolístico las cualidades que más tarde le darían la oportunidad de dirigir algunos de los más grandes equipos del continente: el Chelsea, el Inter de Milán, el Real Madrid y un Manchester United que, después de varias temporadas decepcionantes para los aficionados de Old Trafford, vuelve a ser un equipo a tener en cuenta en la Champions League.

Ciertamente, aquella final entre el Porto y el Celtic fue un regalo para todos los aficionados al fútbol, que veían ante sí la oportunidad de presenciar un gran encuentro entre dos conjuntos que pretendían ganar la primera UEFA para sus respectivos países y que soñaban con volver a sentirse grandes y con volver a ser lo que habían sido un tiempo atrás: dos de los gigantes más potentes y temibles del balompié continental. “Los dos equipos no juegan una final europea desde hace muchos años. Este partido quedará escrito en nuestra memoria y en la de los dos clubes”, afirmaba, en este sentido, un anuncio de la televisión estatal lusa.

La final generó una gran expectación entre ambas hinchadas, especialmente en la escocesa. De hecho, a pesar de que la UEFA esperaba que tan solo viajaran 4.000 aficionados del Celtic -antes del partido, un representante del organismo europeo aseguró que era imposible que 50.000 seguidores acompañaran a sus jugadores a Sevilla: “Es una locura, una exageración. Estamos hablando de una final que se jugará un miércoles, que la gente trabaja”-; finalmente, alrededor de 80.000 valientes conquistaron la capital del Guadalquivir con el objetivo de presenciar como su equipo, que en las rondas previas había eliminado al Boavista, al Liverpool, al Stuttgart, al Celta de Vigo, al Blackburn Rovers y al Süduva lituano, alzaba un título europeo, algo que no veían desde que los Lisbon Lions ganaron la Copa de Europa de 1967 al imponerse al Inter por 2-1 en un encuentro que, según Santiago Segurola, supuso “la destrucción del catenaccio. A modo anecdótico, resulta imprescindible mencionar que, aunque el Celtic no destrozó ningún sistema táctico en la final de Sevilla, sus aficionados sí que estuvieron a punto de acabar con algo: con las existencias de cerveza de la ciudad hispalense. Y es que, según contó The Telegraph, el día antes del choque hubo un bar que vació hasta 300 barriles.

 

Con el triunfo en la Copa de Europa de 1987 en la memoria, los azuis e brancos querían volver a conquistar Europa

 

Por el lado portugués, acudieron a La Cartuja entre 25.000 y 30.000 hinchas. Es cierto que eran muchos menos, pero su objetivo también era inequívoco: ver como alguno de sus futbolistas emulaba a Rabah Madjer o a Juary dos Santos, los autores de los dos tantos que les dieron la victoria al Porto en la final de la Copa de Europa de 1987 frente al Bayern de Múnich, y celebrar el título de campeones de la UEFA. Realmente, los hinchas del Estádio do Drãgao tenían motivos para creer en una victoria contra el Celtic. Y es que, tras algunas temporadas verdaderamente malas a nivel de resultados, la llegada de José Mourinho, que había dejado el banquillo del União Leiria para sustituir a Octávio Machado a mitad del curso 01-02, le cambió la cara al equipo.

En una de sus primeras ruedas de prensa, el luso reivindicó que el Porto era el mejor equipo del país y prometió que, al cabo de un año, le brindaría algún título a su nueva afición. Y, como no podía ser de otra manera, lo cumplió. De hecho, antes de la final de Sevilla, a la que accedieron después de superar a la Lazio, al Panathinaikos, al Denizlispor turco, al Lens, al Austria de Viena y al Polonia Varsovia, los azuis e brancos ya habían ganado la supercopa portuguesa y la Primeira Liga, en la que sumaron unos 86 puntos que se mantuvieron como la cifra más alta de la historia hasta que el Benfica de Rui Vitória la mejoró en la temporada 15-16.

Desde el inicio del partido, quedaron muy claras tres cosas: una, que iba a ser un duelo tenso, trepidante e igualado; dos, que los dos equipos utilizaban estilos de juego diametralmente opuestos; y tres, que el Porto, que acumulaba 27 semanas sin perder, iba a llevar la iniciativa del encuentro gracias a su evidente superioridad técnica. Por el Celtic, Martin O’Neill, que había sido campeón de la Copa de Europa con el Nottingham Forest en 1979 y 1980, salió con Robert Douglas en la portería; Didier Agathe, Joos Valgaeren, Bobo Baldé, Johan Mjällby y Alan Thompson en la defensa; Paul Lambert, Neil Lennon y Stiliyan Petrov en el centro del campo; y Chris Sutton y Henrik Larsson en la delantera. Por el cuadro luso, los elegidos por José Mourinho fueron el guardameta Vítor Baía; los zagueros Paulo Ferreira, Jorge Costa, Ricardo Carvalho y Nuno Valente; los centrocampistas Dmitri Alenichev, Costinha, Maniche y Deco; y los delanteros Derlei y Capucho. Así pues, entre la categoría de los dos conjuntos y la de los nombres que saltaron al césped de La Cartuja, el espectáculo estaba asegurado.

Sin duda, el catalizador de este espectáculo fue Anderson Luis de Souza, ‘Deco’. Él, que unía lo mejor del fútbol brasileño y del portugués, que era el director de la orquestra del Estádio do Drãgao, “estuvo un cuerpo por encima de todos los actores de la noche sevillana”, tal y como escribía José Sámano en la crónica del encuentro de El País. Con la pausa, la imaginación y el talento por bandera, omnipresente y sublime a partes iguales como si se hubiera convertido en un genio del ilusionismo, el ‘10’ del Porto aparecía por todos los puntos del césped del estadio sevillano para darle a la final una dosis de magia. Finalmente, tras algunas llegadas peligrosas, el conjunto de Mourinho logró avanzarse en el marcador en el tiempo de descuento de la primera mitad. Deco, en la enésima muestra de su elegancia con el balón, asistió a Alenichev, pero el guardameta escocés despejó el potente disparo del futbolista ruso. Aun así, el brasileño Derlei, mucho más atento que la zaga del Celtic, acudió al rechace para anotar el 0-1.

Los pupilos de O’Neill se sobrepusieron rápidamente del golpe y, en una de las primeras acciones del segundo tiempo, volvieron a restablecer el equilibrar por mediación de Henrik Larsson, el tipo que tan bien personificaba la esencia guerrera y luchadora del Celtic; la seña de identidad del equipo escocés. En el minuto 47, el francés Agathe puso un centro al área, donde el sueco, a pesar de medir tan solo 175 centímetros, se las arregló para conectar un cabezazo cruzado e imparable con el que batió a Baía, un hombre que vive con la contradicción de ser considerado uno de los mejores porteros de la historia de Portugal y uno de los peores que ha pisado nunca el Camp Nou, y con el que celebró su gol número 200 con la elástica del Celtic.

El empate de los escoceses amenazó la superioridad del Porto, pero los hinchas azuis e brancos tenían un motivo para no perder los nervios: Deco. En el minuto 54, el habilidoso mediapunta de São Bernardo do Campo se inventó un pase filtrado a la espalda de los centrales del Celtic, tan férreos como lentos, para que Alenichev, ahora sí, superara a Douglas con un tiro raso. De hecho, aunque el propio Deco se restara méritos a sí mismo después del encuentro asegurando que “era una cosa relativamente simple de hacer”, la asistencia es de una belleza tan extraterrestre que merece la pena ver el resumen de la final solo por verla.

 

El Porto tenía a Deco; el Celtic, a Henrik Larsson

 

Pero si el Porto tenía a Deco, el Celtic tenía al imparable Henrik Larsson. Así pues, en el minuto 57, cuando los aficionados azuis e brancos aún no habían acabado de celebrar el tanto de Alenichev, el delantero sueco volvió a hacer gala de su inigualable instinto asesino para rematar, solo desde el punto de penalti, un córner servido por Thompson y para situar el 2-2 en el electrónico, el resultado con el que la final llegó al término del tiempo reglamentario.

El Celtic había logrado equilibrar el marcador en dos ocasiones, pero cuando el central francés Bobo Baldé, expulsado por doble amarilla por cometer una absurda entrada sobre Derlei, se fue al vestuario, sus opciones de conquistar su primera Copa de la UEFA se desvanecieron casi por completo. Aun así, el Porto, exhausto tras el esfuerzo realizado, pareció incapaz de aprovechar la superioridad numérica… hasta que, en el minuto 115, cuando la final parecía condenada a decidirse en los penaltis, Derlei apareció en el área escocesa para aprovechar un pésimo rechace de Douglas, anotar el 3-2 definitivo con un duro disparo y provocar la locura en La Cartuja.

Al brasileño, el mejor socio de Deco en el ataque del Porto, el doblete conseguido en Sevilla le valió para ganar el premio al mejor jugador del encuentro y para acabar la Copa de la UEFA como el máximo goleador del torneo con 12 dianas, justo por delante de Henrik Larsson. De hecho, el sueco fue precisamente la cara de la derrota de un Celtic de Glasgow que, desde aquella final, no ha vuelto a competir de tú a tú contra los grandes del continente. Con todo, en Sevilla, el delantero sueco había marcado dos tantos y había mantenido con vida al equipo de Martin O’Neill, pero no había sido suficiente. “No le veo nada de positivo a mi actuación. Marcar dos goles en una final no significa nada si pierdes. Todo lo que quería era que el Celtic ganara la copa”, aseguró Larsson, mientras el confeti blanco y azul inundaba la capital andaluza y mientras unos aficionados del Porto mostraban, orgullosos, una pancarta en la que se podía leer: “Otro glorioso capítulo para nuestra historia”.

El capítulo en cuestión lo había escrito, con su puño y letra, José Mourinho, un entrenador que se catapultó al estrellato tras aquella final contra el Celtic de Glasgow, la más emotiva de toda su trayectoria. Y es que, tal y como él mismo reconoció unos años más tarde, en una entrevista en la pagina web de la UEFA: “La Champions League es la Champions League, es mucho más importante que la Copa de la UEFA y el día que la gané fue el mejor de mi carrera futbolística. Pero aquel Celtic-Porto de Sevilla es el encuentro más apasionante y emocionante que he visto nunca. Fue un partido increíble”.