Desde Brescia hasta Nueva York. Tras más de 800 partidos en la élite futbolística, ya no nos queda tiempo para seguir disfrutando de Andrea Pirlo. El italiano ha puesto el punto y final a una carrera plagada de éxitos y llega el momento de decir adiós a uno de los últimos referentes del fútbol italiano. Su fino fútbol surgió desde la mediapunta en Brescia y se curtió en el Milán nerazurro y en Reggina, para triunfar definitivamente en el Giuseppe Meazza vestido de rojo y negro y hacerse eterno en Turín. Recorremos estas dos décadas cargadas de elegancia, pausa, toque y control para entender la evolución del joven Andrea al hombre que se ha despedido para siempre.

1. El trequartista prematuro

Nacido en Flero, provincia de Brescia, Andrea Pirlo disfrutó de una irrupción precoz en las categorías inferiores del Brescia. El 21 de mayo de 1995, solo dos días después de cumplir 16 años, se sentaba en el banquillo del estadio Città del Tricolore, feudo de la Reggiana, esperando la oportunidad de su vida. Ni Reggiana ni Brescia se jugaban ya nada en esa temporada, era la penúltima fecha del campeonato liguero y ambos estaban descendidos desde hacía unas jornadas. Por lo que el encuentro se convirtió, tanto para unos como para los otros, en un mero trance que pasar antes de bajar a las catacumbas de la Serie B. Aprovechando la situación, el técnico del conjunto lombardo, Adelio Moro, quiso premiar al joven Andrea con unos minutos, aunque fueran testimoniales, en el último tramo del partido. A falta de diez minutos, ese adolescente melenudo se convertía en el futbolista más joven del club en debutar en la Serie A. Así arrancaba la carrera de un fino trequartista llamado a entrar en los anales de la historia del calcio.

2. Pirlo, regista; Baggio, el culpable

Los primeros años de Andrea Pirlo en el fútbol estuvieron marcados por la presencia de uno de los mayores ídolos del país: Roberto Baggio. Después de dos temporadas ya como miembro del primer equipo del Brescia, el Inter llamó a la puerta y Andrea hizo las maletas rumbo al Giuseppe Meazza. Ahí se encontró con un equipo plagado de ‘dieces’, con Roberto Baggio a la cabeza, por lo que disfrutar de minutos en aquel equipo se avecinaba tarea complicada. Fue un año convulso en Milán. La irregularidad se asentó en los resultados nerazzurros y hasta cuatro entrenadores ocuparon el banquillo ese año. Ante ese panorama, la cesión al Reggina fue la vía de escape de Andrea Pirlo para gozar de los minutos y la confianza que necesitaba. Su vuelta al Inter, ya en la 2000/01, apenas duró medio curso y un nuevo préstamo al Brescia, el equipo que le dio la alternativa, fue el punto de inflexión que lanzó definitivamente su carrera.

Se reencontró con Roberto Baggio, el mismo tipo que le dirigía al banquillo semana tras semana en Milán. Il Divino se presentaba otra vez como el escollo de Pirlo para dar un salto de calidad y asentarse en la élite, pero Carlo Mazzone, el veterano entrenador del Brescia, convirtió ese problema en la solución perfecta para que Andrea pudiera ser un futbolista de talla mundial. El técnico italiano vio en él unas cualidades idóneas para jugar en posiciones más retrasadas. Pedía siempre el balón, bajaba a buscarlo, le gustaba mimarlo y ofrecérselo a los compañeros. Mazzone quiso convencerlo para reubicarlo y Pirlo, viendo que era la mejor alternativa para verse cada jornada en el once titular, aceptó la oferta. Nacía un nuevo regista -el director del juego- en Brescia. El experimento funcionó y cautivó en Milán. Esta vez, en el lado rossonero de la ciudad.

3. La reconversión definitiva y un fiel escudero

A su retorno al Giuseppe Meazza, ahora como jugador del Milan, Andrea Pirlo arrancó el curso con poco protagonismo. Faith Terim le relegaba habitualmente del equipo inicial para darle cabida en los segundos tiempos. Y esta costumbre duró el mismo tiempo que el turco estuvo en el banquillo rossonero. A primeros de noviembre el Milan destituía a Terim y llegaba Carlo Ancelotti, que impuso su famoso ‘árbol de Navidad’ –un sistema 4-3-2-1 o 4-3-1-2– en la alineación, con Andrea Pirlo como eje del juego de aquel equipo. Se enterró por completo al Pirlo trequartista, para perpetuar a un regista que guiaría a ese Milan a los mayores éxitos situándose como hombre por delante de la defensa. A sus costados, Clarence Seedorf y Gennaro Gattuso se multiplicaban por el césped, y un poco más adelantado estaban Rui Costa, primero, y Kaká, después, para enlazar las jugadas de esa compensada medular con los hombres de ataque para llegar al gol.

Las funciones de cada uno en aquel centro del campo estaban asimiladas. Mientras Andrea Pirlo se ocupaba de hacer funcionar la sala de máquinas con el balón en posesión, su fiel amigo y escudero Gennaro Gattuso era el encargado de que la medular milanista funcionase cuando el balón estaba en poder del equipo rival. Se compenetraban a la perfección. Uno era el toque, la pausa. El otro, un tipo enfurecido que buscaba recuperar balones para dárselos a su socio y que él hiciera jugar al resto. De esa manera tan sencilla, repartiendo trabajo a través de sus cualidades, dominaron sus terrenos sobre el césped a lo largo de casi una década en Italia y en el continente. 

4. Un campeón del mundo en segundo plano

La Copa del Mundo celebrada en Alemania en 2006 atrapó a Pirlo en un momento peculiar de su carrera deportiva. Si bien ya era considerado por los academistas como el concertino de la orquesta que dirigía Carlo Ancelotti en Milán y una de las piezas más diferenciales del bloque nacional italiano, su figura todavía no había alcanzado plenamente la condición de héroe de culto que se le acabaría adjudicando al cabo de unas temporadas. Todavía no le devoraban las masas. Era un jugador de primerísimo nivel, sí, cuajado en la élite y con una cualidad de sobras contrastada para leer las partituras del juego, pero nadie se atrevía a hacer descansar sobre sus hombros todo el peso del destino, como si se temiese que ese tipo de andares sosegados y mirada impasible, al ser señalado como número uno de un conjunto, pudiese desmoronarse inmediatamente. Aquel Mundial disputado en suelo germano, de hecho, aún pronunciaría más esa doble moral con la que se asimilaba el talento del ’21’. Pirlo completó un torneo formidable, acabó segundo en la clasificación de máximos asistentes (solo superado por Riquelme), fue designado mejor jugador hasta en tres encuentros (final incluida) y les regaló a sus tercos compatriotas un punto de lucidez borgiana sin la cual hubiese sido imposible que acabaran besando la copa. Pero, por otro lado, si hoy echamos la vista atrás e intentamos recordar lo que dio de sí ese campeonato con varios flashes, no nos viene de buenas a primeras ninguna imagen del centrocampista, sino más bien otras en las que aparecen Cannavaro, Zidane o Materazzi. El paso del tiempo y sus juicios, siempre tan aclaratorios. 

5. Del Milan a la Juve; de la supuesta decadencia a la eternidad

Pero también el paso del tiempo se encarga de encontrar un sitio para cada uno. El de Pirlo, indiscutiblemente, tenía que estar en un lugar alto, muy alto, desde el que se pudieran observar fenómenos extraordinarios, como un atardecer cayendo sobre los jardines del Vaticano, por ejemplo. Se lo ganó tarde, pero a pulso. Cuando en 2011 se marchó del Milan y fichó por la Juventus, muchos se confundieron. Interpretaron que estaba asegurándose un último invierno en la cúspide, arropado entre billetes y actuaciones mediocres, pero en realidad se estaba sacando un peaje rumbo a la inmortalidad. Fue allí dónde daría el salto definitivo. Ya lo había conseguido todo, pero quería más. Y lo apasionante del caso es que lo consiguió con menos. Como si no le diera la gana hacer otra cosa, dejó de correr y se puso a competir en estático. Recibir el balón, susurrarle algo, girarse hacia la portería contraria y soltarlo. La fórmula funcionó, tal vez porque solo las más sencillas lo hacen, y Pirlo pasó a ser el mejor amigo del cartero, del empresario, de la profesora, del pescadero y del hincha. De todos. La admiración se desbordó. Ya era más que una estrella. Ahora era un mito. La Juventus se hinchaba a ganar en Italia, y nadie dudaba de que la clave de sus resultados se concentraba en el savoir faire de ese veterano que había renunciado a cien virtudes para quedarse solo con la más cara: la elegancia.

6. Y el ’21′ tocó el techo

Italia no ganó en Polonia y Ucrania, como sí hizo en Alemania. Sin embargo, su actuación en la Eurocopa de 2012 recogió más críticas positivas que la del Mundial. Estas cosas raras tiene el fútbol. Pese a caer de un modo estruendoso ante la selección española en la final, todo el mundo simpatizó en algún momento con aquella azzurra que luchaba a contracorriente para desmarcarse de su farragosa identidad, apostando por un juego asociativo y preciosista. Había algo en esa guerra que los italianos libraban contra ellos mismos, contra su propia historia, que nos emocionó, como nos emocionan esos personajes de novela que de un día para otro deciden marcharse de su ciudad, borrar la lista de contactos del teléfono e iniciar una lenta y descomunal batalla contra el pasado que a la postre les permita, de una vez por todas, comenzar de cero. Aunque si Pirlo está de tu lado, cualquier hazaña parece menor. El de Flero sí era el estandarte de aquel conjunto. La única salida. La piedra filosofal. Italia se arremolinaba en torno a él en todos los encuentros, como si solo el mediocentro pudiese decir qué pasos debían darse para atrapar la victoria. Dejó gestos, pases, controles, detalles para el recuerdo. Se paseó una y otra vez ante los adversarios, infatigable, siempre con los ojos caídos, delegando la euforia en terceros. Aunque hay una escena de ese verano, un recuerdo concreto, que sigue resplandeciendo más que el resto. Su penalti a lo Panenka en cuartos contra Inglaterra. Esa delicia detuvo por un instante la corriente de los ríos. Fueron dos segundos de nirvana. Pura magia. Y justamente entonces, con ese balón congelado en el aire antes de impactar en la red, fue cuando Pirlo tocó el techo. Por fin, el mundo estaba a sus pies.

7. Aventura en las Américas

En mayo de 2015, Andrea Pirlo bailó su último vals en el fútbol europeo. No acabó con final feliz para él. El Barcelona le arrebataba el título de la Champions League y la última imagen que se le recuerda en Europa fue la de las lágrimas inundando su rostro al despedirse sin poder alzar la tercera ‘orejona’ de su currículum. Ponía rumbo hacia las Américas para que la ciudad que nunca duerme soñara despierta con los últimos destellos de un hombre que ya había logrado todo en Italia. Jugó en los tres grandes, ganó ligas, copas y supercopas y guió a la Nazionale hacia su cuarta estrella. Vio el momento de dar un paso al costado y se unió a David Villa en Nueva York para brindarle elegancia al fútbol de la Gran Manzana. Entre rascacielos, Pirlo ha seguido dando lecciones con su trote pausado en los dos años y medio que ha durado una aventura que ya llega al final de su trayecto. Con el New York City FC clasificado segundo en la conferencia este de la Major League Soccer, Andrea Pirlo se quedó a las puertas de conquistar un último éxito tras caer eliminado en semifinales de la MLS Cup. El título hubiera sido el broche de oro perfecto para una carrera que inició desde la mediapunta con dudas, suplencias y cesiones, pero que se reubicó por delante de la defensa para dirigir a algunas de las mejores orquestas futbolísticas del planeta.