El fútbol regional es el gran olvidado de este deporte. Más allá de la Tercera División existen categorías con altas expectativas que necesitan más repercusión social y deportiva. La Regional Preferente es la Cenicienta del fútbol, pero con una diferencia, no tiene un hada madrina.


Viernes, 20:30. José Miguel llega al complejo deportivo La Fresquitina en una jornada que será determinante para su equipo de Regional Preferente, el Callosa Deportiva. Hoy se preparan para el partido del domingo. Callosa, en la provincia de Alicante, es un pueblo pequeño que apenas roza la cifra de 19.000 habitantes, pero donde la tradición futbolística late con fuerza.

A un paso de Tercera, la Regional Preferente es una división altamente competitiva. Solo los más fuertes sobreviven las 34 jornadas, y solo los luchadores consiguen el ansiado, y a veces no tan querido, ascenso. Los problemas económicos de la gran mayoría de equipos hacen que en numerosas ocasiones la permanencia sea incluso más deseada que una posible subida a Tercera. Ascender significa más gasto, más equipo y más trabajo, algo que no todos se pueden permitir. Aquí no hay jeques, ni grandes empresas, sino pequeños patrocinadores y las ganancias que reciben de las entradas y los famosos sorteos de jamones.

Cuando bajo del coche para merodear por La Fresquitina, lo primero que llama mi atención es el estridente sonido que llega de una fábrica cercana al complejo. Le pregunto a un señor de qué se trata. “Es una fábrica de redes. Redes de fútbol, para las porterías”. Me quedo sorprendida. Tenía algo más que contar, ya que, al otro lado de la carretera se encuentra otra fábrica que realizó las redes para el Mundial de Brasil de 2014, el León de Oro. De mallas va la cosa.

Sus jugadores llegan a cuentagotas, unos antes de las 20:30, otros después, y siempre está el despistado que tarda demasiado en el vestuario y al que hay que llamar para que salga a calentar. Le pregunto a José Miguel en qué se basa su entrenamiento de hoy. Psicológico, me dice. Hay que preparar a los chavales con la motivación, que el entrenador me recalca como imprescindible para el éxito de su equipo.

Me siento en un banquillo vacío y silencioso a observar la charla motivadora, como si de una TED Talk se tratara. No escucho nada, pero veo un círculo de jugadores jóvenes siguiendo atentamente las palabras del ‘míster’. El respeto es mutuo y casi admirable. Empiezo a moverme por el campo y las bolas de caucho inundan mis zapatillas. “Hay poca luz”, me dice José Miguel cuando le comento que me gustaría hacer un par de fotografías.

El equipo empieza a entrenar y yo me siento en un banco a observar el calentamiento. Aparece un señor, mayor, con unos petos amarillos -que olían tan mal que casi me transportan a otra vida- y me dice que hay que sacarlos a que se aireen, que los habían usado antes los juveniles. Supongo que me dio la explicación al ver mi cara de desmayo. Ese mismo hombre se encarga de recoger los balones cuando se pierden entre los matorrales, porque si hay algo que caracteriza a los jugadores del Callosa Deportiva, no es precisamente la puntería.

Como si de un equipo de patio de colegio se tratara, José Miguel me habla de la promesa que tiene con sus jugadores de no cortarse el pelo hasta que se dé la derrota. Más tarde me comenta que uno de sus jugadores perdió una apuesta y se tiñó el pelo de rubio pollo. El ‘míster’ es uno más, no una figura por encima de, lo que hace que el éxito se traslade no solo a la buena relación que tienen todos con todos, sino a los resultados. Octavo en la clasificación y a ocho puntos del líder.

Cada partido es una final para equipos como el Callosa Deportiva. La categoría de Regional Preferente es tan dura y competitiva que el descenso está igual de cerca que la salvación y el éxito. Un día estás arriba y al siguiente en la cola intentando sacar las castañas del fuego. Así funciona. Campos engorrosos, equipos complicados. Una categoría donde uno más uno no suma dos, y donde no existen los Messi y Ronaldo para sacarte de un apuro.

Acaba el entrenamiento con un par de jugadas ensayadas y unas últimas palabras: “Chavales no bebáis mucho el sábado, que el domingo se juega”. Un clásico. Al fin y al cabo, se trata de chicos jóvenes. José Miguel me explica que el sábado por la noche, en su despacho en casa, decide la alineación, y las jugadas claves del partido. La Regional Preferente tiene cada vez más repercusión -aunque insuficiente- por lo que hay mucho material en Internet a través de cual el entrenador puede estudiar al rival o a su propio once.

Si hay algo que sorprende de José Miguel es su palpable nerviosismo. En días de partido apenas come hasta que suena el pitido final, independientemente del rival o el resultado. No es una simple categoría de aficionado donde los cuatro amigos de toda la vida se juntan para jugar un mundialito. Al entrenador le importa el rendimiento de su equipo. Se trata de su trabajo, que tiene que defender con sangre y sudor.

La magia del fútbol local no se ha perdido, estaba de parranda y en categorías como la Regional Preferente, donde todo queda en casa, donde los domingos las gradas se llenan de cortezas de pipas, y el vecindario apoya a su equipo local. Donde los “Pásala, ostia”, se escuchan en alta definición y donde el público entra en juego como si de un debate político se tratase. No perdamos esto.