"El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra" de Ramón Lobo
7.4Nota Final
Temática7.5
Originalidad7.5
Estilo7.5
Gancho7
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9.4

El fútbol se ha jugado aunque alrededor estallase el mundo. Un pellejo de cuero lleno de aire ha transformado muchos conflictos bélicos en batallas deportivas, al menos durante noventa minutos. Entre el barro de las trincheras, la sangre reseca y el eco de las ráfagas de metralla, de repente, un soldado sacaba un balón y el mundo dejaba de rodar por unas horas. Henry de Montherlant escribió que no había más que repetir las palabras del juego para que se sintiera el olor de la guerra. Sabía de lo que hablaba: participó en la Primera Guerra Mundial como soldado y volvió a París con esquirlas de obús por todo el cuerpo, recuerdo indeleble que no le impidió seguir disfrutando bajo los palos de una portería.

Durante la primera Gran Guerra, en Inglaterra, se creó el Football Batalion para reclutar jugadores que luchasen en el frente. En la Navidad de 1914, tras seis meses agazapados en las trincheras que agujereaban Ypres, se produjo un destello de tranquila humanidad: la conocida como “Tregua de Navidad”. Aquella gélida Nochebuena, los soldados de ambos ejércitos firmaron una paz momentánea, fumaron, bebieron y cantaron juntos. Al día siguiente, los británicos aparecieron con un balón y retaron a los alemanes a disputar otra batalla. Jugaron un partido en la tierra congelada. No necesitaron árbitro en aquella contienda.

«Fútbol, fútbol, el fútbol es tierra de nadie —escribió uno de aquellos soldados en una carta—. ¿Lo puedes creer? No es el mejor de los campos, pero había que hacerlo. Teníamos postes y un balón, y dos equipos. ¿Qué más necesitábamos?».

Unos dicen que el partido acabó dos a tres, otros, que uno a dos; pero todos coinciden en dar por vencedores a los alemanes. De aquel encuentro apenas quedan documentos ya que aquella tregua tan humana no interesaba a los señores de la guerra: el partido más importante acababa de empezar y no se decidiría el resultado —no tan favorable para los teutones—, hasta tres años después. Existen fotos que documentan más partidos en el frente, como el que disputaron oficiales y soldados británicos de la División 26 de municiones, en Salónica, o el que jugaron en 1916 soldados ingleses del Regimiento de Wiltshire, en Bouzincourt.

Durante la Guerra Civil española, A Valeriano Ruíz Melero le llegó la noticia de que la contienda agonizaba muy lejos de su casa, concretamente en Albolote, un villoro cercano a Granada donde las tropas nacionales habían ocupado Las Pedrizas. En aquella sierra rocosa y árida, de repente, el bote de un balón enmudeció a los fusiles. Un día, contó Valeriano, desde una de las trincheras rojas apareció un soldado con un pelotón en las manos. Ofrecía al enemigo algo insólito: jugar en vez de pelear.

«Los comisarios políticos republicanos y mis sargentos primero se reunieron sin armas, en zona neutral. El primer tiempo lo pitó un alférez nuestro y el segundo lo arbitró un comisario político. Terminó cero a cero o uno a uno, lo mejor que podía ocurrir. Cuando nos despedíamos alguien dijo: “Vamos, señores, esto se ha acabado, ahora el que asome la cabeza se la volamos”».

También pasó a la historia la fotografía que les hicieron los a los jugadores del FC Star y del Flakelf alemán, tras el conocido como “Partido de la Muerte”, el 9 de agosto de 1942, en el Zenit Stadio. La intrahistoria de ese partido comenzó a gestarse en la Panadería 3 de Kiev, regentada por Josef Kordik, ferviente hincha del Dinamo. El 19 de septiembre de 1941, día en que los tanques alemanes tomaron la ciudad, el fútbol fue prohibido en todo el país hasta que, meses después, los oficiales alemanes decidieron organizar un torneo casero. Kordik confeccionó una plantilla invencible con ex futbolistas que se morían de hambre en las calles congeladas. Un equipo que plantó cara al temido nazismo con un balón, mientras a su alrededor la guerra arrasaba todo el continente.

El lenguaje universal del fútbol

Cuenta Ramón Lobo en El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra cómo le detuvo un penalti, en West Point, Morovia, a un ex gerrillero que poco antes disparaba indiscriminadamente con un Kalashnikov. Tras atajar el disparo, Ramón Lobo escupió la arena mientras varios niños ex soldados lo miraban ojipláticos, y gritó: «¡Casillas!».

El fútbol, de hecho, no necesita jugarse para convertirse en un lenguaje universal que funcione como puente entre dos completos desconocidos. Así le sucedió a Ramón Lobo en más de una ocasión: en 1995, por ejemplo, ofició de cartero de Meho Kodro en la guerra de Bosnia, entregando cartas a sus familiares que el correo nunca hubiera hecho llegar a su destino: «Era el salvaconducto en los controles de Armija […] Una vez visité la casa de sus familiares que sobrevivían en la parte Este de Mostar […] Ante ellos presumí sin saber quiénes eran de sabiduría futbolística y terminé “contratado” como correo privado».

Tras dos décadas moviéndose por zonas de conflicto, ha aprendido que el fútbol es mucho más que deporte cuando el mundo se desmorona alrededor:

«El fútbol inicia conversaciones y las concluye, crea amistades súbitas y las rompe, agiliza trámites y los empantana. El fútbol acerca culturas, borra fronteras y difumina clases sociales; permite penetrar en el alma de las personas sobre las que el reportero va a escribir. Saber de fútbol no es de derechas o izquierdas, embrutecedor o inteligente, es solo un conocimiento útil, una herramienta de trabajo». 

La insignia del Real Madrid, en el frente, muchas veces se ha convertido en otra herramienta de trabajo, muy útil para reclutar nuevos simpatizantes. Madridista confeso, lejos de casa, Ramón Lobo aprovechaba las llamadas a la redacción para preguntar qué habían hecho los blancos. Esa ha sido la única herencia de su padre: unos colores, un escudo. Con siete años lo llevó a ver un Real Madrid-Sevilla y «aquel partido en el Bernabéu fue una revelación religiosa […] Quedé hechizado con el equipo que había ganado cinco Copas de Europa consecutivas y que contaba aún con la presencia de Di Stéfano […] Me conmovió sentirme parte de una emoción colectiva, animal».

Como Vázquez Montalbán, cree que el equipo al que uno se afilia en la infancia es para toda la vida: «Uno cambia de pareja, ideas, amigos, coche, casa, ciudad y país. Uno cambia de nacionalidad, de creencias y de sexo, pero jamás de un equipo de fútbol. Un equipo es la huella dactilar emocional». Aunque matiza que este amor incondicional no se da en todos los rincones del mundo, como en África, donde el cambio de colores no tiene tintes de traición. Además, Ramón Lobo ha aprendido en sus viajes a países en conflicto que:

«El fútbol es la teatralización de la guerra, la canalización, no siempre exitosa, de unas (bajas) pasiones universales. Organiza su desarrollo dentro de un campo de batalla: bandos, uniformes, armas, pinturas en el rostros, banderas, gritos, insultos, ansias de victoria y venganza. Como la guerra, el fútbol tiene normas».

El fútbol, como todo en la vida, también tiene su lado más oscuro, ya que «es un catalizador de la estupidez humana, del odio, la envidia, el nacionalismo exacerbado». Y, además, «el fútbol, el juego, no sirve de abrazadera contra las pesadillas».

Estas historias de guerra y fútbol son algunas de las que recuerda Ramón Lobo mientras viaja en un Moskvitch por la derruida ciudad de Grozni. De repente, vislumbran una figura fantasmal en la cuneta. Es un autoestopista. El Moskvitch se detiene. El hombre sube al coche. Mira a Ramón Lobo, le pregunta si es español. Y exclama: «¡Stoichkov! ¡Barcelona!».