Que el pasado fue mejor puede ser particularmente engañoso si hablamos de fútbol. Prueba a ver el Irlanda-Rumanía de Italia’90. Que se lo digan también al ejército de cojos crónicos que ha dejado una permisividad –“sigan, sigan”– confundida con virilidad.

Dudo que al fútbol se jugase mejor antes que ahora. Con mejores fundamentos técnicos y tácticos. Con más velocidad, con más ritmo. Entiendo que tampoco lo disfrutábamos más porque sus jugadores llevasen la barba menos cuidada. De hecho, cuando se habla de futbolistas pilosos, se nos olvida que entre los 80 y la década pasada todos iban afeitados como a una entrevista de trabajo. Entonces, ¿qué echamos de menos cuando suspiramos por ese fútbol perdido, cuando juramos odio eterno al fútbol moderno?

Me temo que en parte a nosotros mismos. No ya ser más jóvenes, sino directamente niños. Ser niño en verano de Mundial es la perfección absoluta, dijo una vez Galder Reguera. Cromos, cromos en los chicles, cromos en las revistas de programación televisiva, revistas, extras, tele, videojuegos. Hay una especie de legitimidad ególatra pero preciosa en ser niño que consiste en pensar que hay cosas preparadas expresamente para ti. El primer Mundial te está esperando. El primer Mundial que seguí pensé que aquello empezaba de verdad en ese momento. Que los países clasificados eran de verdad los mejores del mundo sin discusión y que de ese mes saldría un absoluto incontestable para, ojo: cuatro añazos. ¿Tú sabes todo lo que pasa en el tiempo que va de los 9 a los 13 años? Claro que lo sabes. Creo que añoramos esa foto fija.

No solo extrañamos ese tiempo concreto, sino también tenerlo, disponer de él. A un verano de Mundial no había que hacerle hueco a ningún partido ni por qué llegar tarde al pitido inicial. De hecho podías tener extendida sobre el sofá la página del álbum de una de las selecciones que jugaba para ver cuántos del once inicial habían acertado los de Panini. No les deseabas nada especialmente bueno a los que no salían en el álbum. Si marcaban o hacían un torneo memorable no tendrías un recuerdo tan exacto en papel y adhesivo. Me fascinaba que en el álbum todas las palabras estuvieran pulcramente repartidas en varios idiomas. Era fácil sentir que niños de otros países estaban en lo mismo que tú a la vez. Si hablamos de las tan traídas y llevadas certezas, supongo que esa es una, intuir que el día de mañana te ibas a poder entender con alguien que a miles de kilómetros estuviera sintiendo un nervio parecido.

 

El patio fue también el lugar de una socialización sexista. Una apropiación del espacio público tras despejarlo a cañonazos. Es lo que no siempre se verbaliza tras las bromas nostálgicas sobre cómo picaba el Mikasa

 

Las cosas pasaban una sola vez. Tenías que estar bien atento. También en el patio. En varios años, solo uno de mis compañeros hizo allí un escorpión. Bueno, bueno. La cogió bien y le dio un buena hostia al tablero de la canasta sobre la portería. Rebotó hasta campo contrario. Vamos, que como remate fue malo. Como recuerdo, increíble.

El patio fue también el lugar de una socialización sexista. Una apropiación del espacio público, presuntamente compartido, tras despejarlo a cañonazos. Es lo que no siempre se verbaliza tras las bromas nostálgicas sobre cómo picaba el balón Mikasa. También en clase de gimnasia se notaba el injusto efecto de la mano invisible que para algunos profesores debía regular por sí sola el patio. “Deporte libre” significaba que nosotros ocupábamos todo el patio jugando al fútbol con apenas algunos intentos kamikazes de partidos de voleibol o baloncesto por en medio.

No reconocerlo es faltarse un poco al respeto, por condescendencia, a uno mismo. No glorificar, no ceñirnos y universalizar nuestra experiencia particular es algo que estoy convencido de que es positivo. Como mínimo, agudiza el sentido de la empatía.

Para eso están también los recuerdos, para darnos cuenta de que en algo hemos mejorado. De que si añoramos un fútbol menos mercantilizado, con plantillas más estables, colores más reconocibles, con estadios y porterías más diferenciables entre sí, con jugadores que no tuviesen tanto miedo en alzar la voz contra injusticias sociales, no estamos echando de menos un deporte idealizado -o un momento coyuntural en toda su historia, en cualquier caso algo que no va a retornar- tanto como abordando críticamente el presente. No es tanto lo disfrutado ayer, sino lo escamoteado hoy a base de un régimen de productividad, homogeneización, disponibilidad, inmediatez, estrés, en definitiva, de tener el pecho agitado para mal. Se trata de escapar de la melancolía paralizante y la rendición. Sentir que todavía estamos aquí y no nos conformamos con lo ofrecido.

 


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Fotografía de Imago.