No nos vamos a extender más de lo que necesitemos para explicar las cosas que queremos explicar, pero sí que arrancaremos siendo fuertes y ambiciosos: Federico Chiesa, un futbolista aparentemente normal, va a ser a partir de este instante un peculiar narrador de la sociedad italiana, si bien no debemos atribuirle ninguna responsabilidad, pues cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. Con este pretexto vamos a hablar de fútbol, de Italia, de su gente, si es que todo eso se puede agarrar, porque hablamos de un deporte y un país que escapan de cualquier control. Y no hay nada más atrayente que lo que permanentemente se nos escurre.

Federico Chiesa es un extremo que también se escurre, derecho o izquierdo, en un país que tradicionalmente no los tiene ni en su pensamiento ni en su historia. Los mejores jugadores que ha dado Italia al fútbol han sido defensores o creativos, estos últimos los que ellos llaman fantasistas. También ha dado muy buenos goleadores, pero extremos ofensivos que sean lo suficientemente pacientes para esperar abiertos y mantener el orden que impera en los últimos 15 años, la era de la racionalización del espacio, como acertadísimamente apuntó Eduardo José Ustaritz, ha dado muy pocos al máximo nivel.

Uno de los grandes rasgos de la sociedad italiana, como nos regaló a modo de tratado Iñigo Domínguez en su Paletos Salvajes, es que son concretos cuando algo les importa de verdad: “(…) en lo demás son de una extraordinaria laxitud e imprecisión”. ¿Cómo es posible que hayan representado en el fútbol el auténtico colmo de la defensa organizada, de la resistencia y la organización defensiva, cuando en su día a día no saben ni hacer una fila para comprar una entrada, en la que el listo se cuela y el que no lo hace se queda sin ella? El fútbol, más aún bajo bandera nacional y en cita importante, les va la vida. Pero incluso en su forma de entenderlo, mezclan la organización -extraordinarios defensores- con el desliz -el número ‘10’, el creativo-.

 

El extremo genovés, que juega indistintamente en ambas bandas, presenta una fluidez y una gracia corporal que le permiten salir por los dos lados del defensor

 

“Los italianos tienen alergia a los carriles a la hora de conducir, es mejor estar entre líneas, sin elegir, sin cerrarse ninguna puerta, a la espera de ver qué carril es el más rápido. Exigir una respuesta o una posición definida genera alarma y desorientación nerviosa, es casi una falta de tacto. Es como no saber vivir”. Iñigo estaba dándonos cuenta del porqué los extremos puros, los más obedientes, en Italia tienen mal encaje. Son aquellos que tienen posición clara, carril fijo, disciplina táctica, rectitud en lo ofensivo. Son los que no se cuelan, los que se toman importancia y esperan abiertos, los que respetan su turno. Y esos, entre los que aportan la certeza de la victoria -delanteros centro- o conectan con el carácter ligero y nunca solemne de lo artístico -el fantasista-, no caben.

Sin embargo, la Juventus de Turín, con su carácter más recto, prima y prioriza la organización. Quien hoy es su entrenador, Andrea Pirlo, al que han entrenado multitud de italianos bien organizados, y siguiendo con la estela del club por contratar extremos desequilibrantes -ya fueron a por otro Federico, Bernardeschi, también de la Fiorentina, tres años antes-, quiere en su plantilla jugadores que permanentemente den amplitud al ataque y desborde en el uno contra uno tras su contacto con el balón. El equipo, que está en construcción, buscando roles y escala jerárquica en su centro del campo, necesita más tiempo y espacio por dentro que otros aporten esperando fuera. En su encuentro ante el Hellas Verona, Pirlo ya daba pistas de lo que quiere como norma, un extremo que intervenga cuando le toque. “Además de Cristiano, hoy nos faltó la amplitud en el campo con Chiesa. Y es lo que intentamos con Bernardeschi. Las posiciones pueden variar en el partido, si entra uno u otro nada cambia, las posiciones pueden intercambiarse y los nombres pueden cambiar”.

Entonces, llegamos al Juve-Barça de esta Champions League 2020-21. Algo concreto, algo que al italiano le importa de verdad, aún más a un ‘bianconero‘ que sigue persiguiéndola después de ocho campeonatos ligueros consecutivos. Enfrente un Barça en el que Koeman tiene clara la estructura, que definiremos de forma esencial: cuatro defensas, dos centrocampistas y cuatro atacantes, que tratan de complementarse en busca del equilibrio pero que tiene sus esperadas grietas si el rival supera su primera presión. Entre ellas, la defensa de los costados: el Barça es un equipo que sólo tiene dos centrocampistas, en lugar de los tres de épocas recientes. Para mayor detalle, su manera de construir la jugada y pasar al ataque abre a De Jong a la izquierda y a Busquets cerca de él, lo que dificulta la basculación hacia su costado derecho, el izquierdo del ataque rival.

Al equipo ‘culé’, por cómo está construido, seguramente le haga daño serio o suponga permanente amenaza un tipo como Federico Chiesa. El futbolista genovés, que juega indistintamente en ambas bandas, presenta una fluidez y una gracia corporal que le permiten salir por los dos lados del defensor, tiene motor para arrancar fuerte y sostener después y, sobre todo, dispone de los dos grandes recursos del regateador: finta para amagar la primera salida y bicicleta rapidísima para ganar la espalda de su par y la línea de fondo hacia portería. Fede, hijo del recordado Enrico, otro de esos futbolistas de gran golpeo y posición intermedia, parece dispuesto a encajar donde otros no pudieron. Es extremo y prefiere ir por el carril. Y como a todo lo italiano, a ver quién le agarra.

 


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Fotografía de Getty Images.