Se estrenó obrando un milagro en Mónaco. Dejó escrito su nombre en Wembley. Tbilisi fue su último servicio al club que le vio nacer. Y en Bakú, defendiendo otros colores, logró algo insólito. El primer futbolista en anotar un gol en cada una de las competiciones que se disputan en una sola temporada es ahora también el único de la historia capaz de marcar en las finales de las tres competiciones europeas actuales –Champions, Europa League y Supercopa de Europa-.

Para hacerse un hueco en los libros del fútbol, Pedro Rodríguez no ha necesitado dárselas de rico, de crack ni de divo. Eso no va, no ha ido nunca, con él. De hecho, por muchos diminutivos que haya perdido por el camino, hay algo de Pedro que sigue recordando al joven que se presentó una noche de enero de 2008 en el Camp Nou, cuando, a poco de acabar un encuentro liguero contra el Murcia (4-0), el cartelón del cuarto árbitro señaló en rojo el ‘9’ de Samuel Eto’o para dar luz verde a la carrera del ’33’. En un año, el último de Rijkaard, en que las únicas fiestas del vestuario culé se daban demasiado lejos de los céspedes, Pedro -Pedrito, entonces- se ganó una atronadora ovación de la parroquia azulgrana la primera vez que pisó la alfombra del Estadi. Entre el desconocimiento del individuo en cuestión y la ilusión por ver a un joven canterano, ese caluroso recibimiento fue el preludio de una carrera caracterizada por pocas palabras, mucho trabajo y un don especial para aparecer en los momentos señalados.

Pasarán los años pero Pedro atosigará, incordiará y buscará el error rival en los espléndidos estadios ingleses como lo hacía Pedrito en los desangelados campos de Tercera División. La larga lista de títulos en su palmarés, 25 por el momento, solo se entiende después de ver todo lo que ha corrido, trabajando en silencio y con humildad, para volar del modesto San Isidro a La Masia. De un posible adiós en un moribundo Barça C a caer bajo el pupilaje de Pep Guardiola en el filial azulgrana. Y de ahí, a hacerse un hueco en el primer equipo derribando muros de hormigón con la facilidad con la que lo haríamos el resto si se trataran de cartón-pluma. Porque al canario le daba igual con quien tuviera que pelear por un sitio, pues un ídolo como Thierry Henry pasó del césped al banquillo mientras a Pedro le dio por escurrirse entre la defensa del Shakhtar Donetsk para regalarle una Supercopa de Europa en la prórroga a sus compañeros; pocos meses antes de alargar una final del Mundial de Clubes que se iba a La Plata y él redirigió hacia Barcelona.

 

Detectando avispado un solar en el área del Arsenal, se plantó puntual al envío de Hazard al punto de penalti para enchufarla con la zurda. Otro gol de Pedro, el hombre que siempre aparece en las finales

 

Se ganó el respeto de su gente, de sus compañeros y de sus entrenadores. De paso, también un lugar entre los campeones del Mundo en Sudáfrica. Y, por si se le quedaba corto, hasta que el business y el afán por coleccionar cromos se apoderaron del club, Pedro, simple y llanamente Pedro, como cualquier chico de la calle, del metro, del bar, sin nombre de estrella de cine ni del mundo de la farándula, jugaba cada tres días como titular en el que por entonces era el mejor equipo del mundo. Así, fue él mismo, antes de que Leo Messi y David Villa decantaran la final de la Champions de 2011 a favor del Barcelona, quien supo encontrar el espacio para que Xavi le asistiera firmando el primer gol del partido contra el Manchester United. Otra vez, vital en una gran noche continental.

La historia, su historia, cambió cuando Neymar, Suárez y Messi acapararon el ataque del Barcelona, privando a cualquiera de coexistir con ellos en aquella arrolladora delantera. Entonces Pedro, resignado ante la imposibilidad de disfrutar de minutos en Can Barça, tuvo que buscar una vía de escape en Londres. Antes de despedirse, un gol a modo de recordatorio, por si a alguien se le había olvidado quién era Pedro. En otra Supercopa de Europa, en el 115’ como contra el Shakhtar, desequilibrando el marcador, el ‘7’ azulgrana se despedía de su casa celebrando el gol de la victoria ante el Sevilla (5-4) con un rostro serio y torcido, disgustado por las puertas cerradas en los esquemas del Barça. Tocaba vivir una nueva aventura, nuevos retos, siendo el mismo Pedro de siempre.

Y, precisamente, ese mismo Pedro saltó al césped en Bakú el pasado el miércoles 29 de mayo para ganar la única competición europea que le faltaba en su historial: la Europa League. Cuatro años después de su última presencia en una final europea, ya dejadas en el baúl de los recuerdos las rayas granas que lucía en su camiseta, el canario ha sido vital en el camino que ha llevado al Chelsea a conquistar la segunda Europa League de la historia del club. Desde octavos, no ha habido ronda en la que haya fallado a su cita con el gol. Siempre oportuno, siempre determinante. Y en la final, detectando avispado un solar en el área del Arsenal, se plantó puntual al envío de Hazard al punto de penalti para enchufarla con la zurda. 2-0. Otro gol de Pedro, el hombre que siempre aparece en las finales.