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“Recuerdo que de crío el Milan y el Manchester United me daban miedo. No creía en que hubiera un monstruo debajo de mi cama o dentro del armario, pero sí creía que esos tipos venían a robarme mis sueños y mis juguetes”. Hace un año, en esta misma cabecera, Iñaki Lorda escribía sobre el Milan y el Manchester United, sobre su pasado, su historia, sobre lo que fueron y ya no eran. De golpe, como si se hubieran cansado de robar sueños, casi aborrecidos por sus éxitos, cayeron en el olvido. Pasaron de meterse en nuestras pesadillas a vivir anclados a las suyas. De ser el monstruo que se esconde debajo de la cama de los niños esperando a la medianoche a convertirse en el mocoso atemorizado con la manta tapando hasta las pestañas inferiores, como si esto fuera solución para que se marchen los miedos. Y no lo es. Aunque durante un tiempo lo creyeron y posibilitaron que una nueva generación creciera creyendo que “el equipo grande e importante de Mánchester viste de azul cielo” y sin saberse ni cinco nombres de un Milan que ni estaba ni se le esperaba.

“Eran plantillas que te sabías de memoria, quizá por el pánico que producían”, apuntaba. De carrerilla recitábamos sus onces. Desde Barthez hasta Van Nistelrooy. O de Dida a Shevchenko. Stamp, Nesta, Gattuso, Scholes, Giggs, Seedorf. Qué miedo. Entraba el tembleque. Nos atemorizaba hasta pronunciar sus nombres por si nos los encontrábamos en el camino europeo, sabiendo lo mucho que podíamos perder y lo difícil que sería verlos caer, dejarlos tumbados en la lona. Pero acabaron cayendo, como un castillo de naipes. La baraja, de un plumazo, se desestabilizó en Milán y en Mánchester. El huracán de los nuevos tiempos, y el nuevo fútbol, lo derrumbó todo a su paso. Perdieron a sus ases, a sus reyes, a todas las figuras por completo, y se pasaron años sin saber dónde recuperar las cartas que les devolvieran al lugar que les correspondía su historia. Coleccionaron años en el ostracismo, lejos de los títulos, a años luz de ser protagonistas en las mejores noches europeas. Los niños dejaron de cogérselos en el FIFA y los mayores hablaban de ellos en pretérito, con la nostalgia de saber que un tiempo atrás eran grandes, y con la ilusión de volver a mencionar sus éxitos con tiempos verbales presentes.

“Brindemos para que Manchester United y Milan no caigan en el olvido, por mucho que sus dirigentes se empeñen en que los adolescentes del mañana ni sepan de qué color visten sus equipos”. Y el brindis sirvió de algo. Puede que en el contexto actual, entre pandemias, vacunas, virus y estadios cerrados, ya todo carezca de sentido y ello explique que bajo el poder de esos mismos señores de traje y corbata que llevaron a Milan y Manchester -como se le llamaba cuando nos daba miedo- al ostracismo, los dos clubes se hayan levantado, reconstruido su castillo y ahora lideren las clasificaciones de la Serie A y la Premier League, respectivamente. Inexplicable.

Los críos ya no ven fútbol y cuando juegan a videojuegos no se eligen al Manchester United ni al Milan, se están criando con dos equipos que a sus ojos no son nadie. Los adolescentes vuelven a saberse sus nombres. En el FIFA Ultimate Team, el modo de juego online, Marcus Rashford es un puntal en el ataque de cualquier equipo y Bruno Fernandes lleva la batuta a través de infinitos mandos alrededor del globo. Porque pillarse a gente del United vuelve a estar de moda. Y en la vida real, Zlatan Ibrahimovic, paradójicamente, ha rejuvenecido a un Milan que vuelve a asustar a sus vecinos lombardos y a una dubitativa Juventus.

“Lo que ayer nos parecía gigante ahora resulta ser pequeño, todo forma parte del mismo proceso”, concluía Lorda. Esperemos que a ese proceso le esté dando por revertir la situación. Y que a los muchachos de hoy les resulte gigante lo que ayer les parecía pequeño. Vuelven los días de gloria en Mánchester y Milán.

 


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Fotografía de Getty Images.