Desde sus tiempos marcando goles en el humilde Halifax Town hasta la actualidad, después de tocar el cielo en mayo de 2016 conquistando una Premier League imposible vistiendo la camiseta del Leicester, hay algo en el fútbol de Jamie Vardy que siempre, pese a su obvia evolución competitiva, glamurosa y mediática, se ha asemejado a la rutina de cualquier ser terrenal que se planta en el trabajo a primera hora de la mañana y vuelve a casa a media tarde tras otra jornada en la oficina.

El impuro pero a la vez bendito primer cigarro del día de camino al trabajo es tan dañino y placentero como esa habitual diagonal que escapa de los ojos del central y deja al lateral petrificado. El mismo café en el mismo bar a la misma hora cada mañana es la traducción mundana a presentarse en el área rival en el momento adecuado para, con un único contacto con el balón y un clásico giro de tobillo, gobernar en el rectángulo donde dicen mandar los arqueros. El idéntico patrón encarando a pantalla y teclado de lunes a viernes no es ni menor ni mayor reto que el tradicional enfrentamiento contra ese defensa grandullón o contra el hombre del silbato que se cruzan en el camino hacia el gol. Sin todo ello, nos perderíamos la pura esencia de Vardy.

“Hoy fue un día feliz. Solo rutina”, que diría el escritor uruguayo Mario Benedetti.

Y es que Jamie Vardy vive exactamente de eso; de repetir conductas, movimientos, temperamentos, maneras de actuar. En bucle, domingo tras domingo. Porque él es de esos tipos que presentan la misma cara haga un sol despampanante o esté cayendo la de Noé. Pómulos enrojecidos a la inglesa, ceño fruncido y cara de escasos amigos, a no ser que toque festejar durante breves instantes que el balón ha vuelto a su destino habitual cuando el delantero de Sheffield habita sobre el pasto.

 

Permitiéndole vivir en la feliz rutina de la que hablaba Benedetti, el gol siempre será cosa de Jamie Vardy

 

Así ha sido -casi- siempre. Jugando en categorías no profesionales o viajando por los mejores feudos de Inglaterra; liderando bloques herméticos y sólidos como los de Ranieri o haciéndolo de la misma manera en conjuntos más estéticos y estilísticos, a imagen y semejanza del Leicester de un Brendan Rodgers que consiguió seducir a los pocos futbolistas imprescindibles que quedan de aquellos ‘Foxes’ campeones de liga para revertir los patrones de juego del equipo, sin que este perdiera la esencia que lo condujo a lugares reservados para las élites. Modificó las rutinas como previamente también intentó hacerlo, sin éxito, Claude Puel, pero a Jamie Vardy le permitió continuar siendo el de siempre. Y acertó.

Acertó porque a personajes como Vardy no les puedes pedir que dejen de actuar como Vardy. La clavó porque ideó nuevos planes para que los balones llegaran al ‘9’ del Leicester sin que él dejara atrás su manera de entender el fútbol; sintiéndose en las trincheras, como un soldado raso desvivido por aniquilar al enemigo. Adivinó que, jugando así, con Maddison, Iheanacho o Ayoze, volveríamos a encontrarnos con aquel chaval que sorprendió al mundo de la mano de los Riyad Mahrez, Shinji Okazaki o N’Golo Kanté. Y los resultados no han tardado en darle la razón. Porque el Leicester se exhibe entre unas goleadas que le han aupado hasta la segunda posición de la tabla, siendo el tercer equipo con más tantos a favor. Lo que ha hecho que nos encontremos con un Jamie Vardy desatado. Inmerso en una racha anotadora soberbia, viendo portería en los últimos ocho encuentros ligueros, el ariete de Sheffield es, de largo, el máximo goleador de la Premier League con 16 goles, muy lejos de los once que sitúan al joven Tammy Abraham y a Pierre Emerick Aubameyang como segundos mejores artilleros de la competición.

Si a nosotros nos quitaran el cigarro mañanero, el indispensable café o nos cerrasen las pestañas del navegador, nos matarían. Y si a Jamie Vardy le apartaran de sus rutinas sobre el césped, le pasaría exactamente lo mismo. Rodgers lo comprendió. Cambió los caminos. Modificó los ayudantes. Revertió los planteamientos. Reformó todo lo que había alrededor de Jamie mientras a él le dejaba seguir siendo Vardy. De esta manera, permitiéndole vivir en la feliz rutina de la que hablaba Benedetti, el gol siempre será cosa de Jamie Vardy.