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VAR Mirror

Más de un lustro después de su aterrizaje en el fútbol, el VAR, lejos de escenarios utópicos, sigue despertando dudas y recelos entre los aficionados

VAR

Siete temporadas van desde que, allá en la 2018-2019, la Liga, entonces LaLiga Santander (rescatemos el término, no solo a la banca española), obsequiara a sus espectadores con un monitor apagado pero permanentemente conectado, convenientemente encendido, que prometía ser el ideal platónico del videoarbitraje. La tecnología que debía iluminar las Mundial 2.0 de todo equipo arbitral. 

Pero, como toda pantalla, el VAR se ha mostrado como lo que es: una superficie plana y semitransparente sobre la cual rebota la luz siguiendo las leyes de la reflexión de los observadores que hay al otro lado del televisor. El reflejo de los árbitros de antaño: repeinados y untados con esas mismas manos grasientas que vaciaron durante mucho tiempo los dispensadores de servilletas en medio de discusiones acaloradas. El crujido de esos mismos papelitos que rodaban por los suelos de lugares comunes, en un tiempo en que los escándalos arbitrales se confundían con los destellos corporales desdibujados que lograba atrapar la barra metálica del bar de debajo de casa. 

 

“El VAR, pese a representar la manifestación real de muchas más jugadas, ha alejado al aficionado del verde, arrojándolo a las profundidades de la caverna”

 

Ese protagonismo innecesario no debía recaer sobre los colegiados como meros interventores. Pero los focos están más puestos en ellos que nunca, aun cuando los garitos de antes ya han cerrado y los campos de regional son parte de un olvido lejano. Entre toda suerte de actuaciones arbitrales, carentes de autocrítica, el público supo de la existencia de una red eléctrica que enlazaba la cámara secreta que nunca fue abierta con La sala VOR; esos cuartos oscuros y herméticos por los cuales han circulado fotogramas sesgados o líneas de fuera de juego trazadas manualmente a la velocidad de la luz.

Una interfaz que, pese a representar la manifestación real de muchas más jugadas, ha alejado al aficionado del verde, arrojándolo a las profundidades de la caverna de la que Platón ya nos advirtió. El VAR ha redefinido más, si cabe, la comunicación de unos jugadores que ya llevaban años tapándose la boca, generando nuevas formas de exageración enormemente alejadas del fair play. Ya nadie es capaz, siquiera, de percibir la diferencia entre caídas, resbalones, agarrones, cargas, forcejeos, de la mano negra de un asistente que ilumina tantas capas de aire de distinta densidad que genera una ilusión óptica cegadora del fútbol y del futbolista, con o sin balón de por medio.

 

“Lo que se vislumbraba como una utopía es ya una nueva distopía que, para muchos equipos y aficiones, podría haber dado pie a un capítulo de Black Mirror

 

La aplicación del VAR nos ha dado a conocer realidades artificiales y aumentadas del balompié que, paradójicamente, desdibujan los límites entre los espacios virtuales y el mundo físico que los rodea. Sin duda, lo que en sus comienzos se vislumbraba como una utopía es ya una nueva distopía en todas sus manifestaciones que bien podría haber dado pie a un capítulo de Black Mirror para muchas aficiones y equipos especialmente perjudicados por su uso. Pero conviene tener paciencia, estar tranquilos y no fallecer en el intento. No hay nada que temer si uno ya cuenta con su baliza V-16. Además, si las predicciones de los futurólogos y nigromantes tecnológicos son certeras, habremos alcanzado la vida eterna hacia 2030. ¿O acaso hablaron de 2045?

 


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Fotografía de Getty Images.