Ismael Urzaiz nació en Tudela hace justo 50 años. Pero, hijo de un fútbol que no entiende de fronteras ni calendarios, también nació en Caravaca de la Cruz, un 5 de enero de 1990. “Mis amigos empezaron a llamarme Urzaiz desde niño porque también me llamo Ismael, por mi apariencia y el pelo largo y porque, pese a que nunca he sido un jugador que se prodigara mucho en goles, también destacaba a nivel futbolístico”, arranca. Su DNI reza Ismael Marín Marín, pero responde al nombre de Urzaiz, llevando hasta el extremo aquello de yo me cojo a tal“Le seguía como si fuera yo, era yo. Era el referente del Athletic y el delantero titular de la selección española. Sus éxitos los sentía míos, igual que sus goles. Recuerdo que cuando marcaba iba al colegio súper orgulloso, súper feliz”, prosigue, adentrándose en el feliz mundo de la infancia.

“En Caravaca, a un amigo que se llama Cristian le llamamos Panucci desde crío. El fútbol produce sentimientos incomparables, y recuerdos imborrables que perduran en el tiempo. Cuando nos juntamos con los amigos siempre revivimos cosas y anécdotas vividas jugando a polis y cacos, jugando al Pro Evolution Soccer de la Play 1, coleccionando cromos, que aún conservo tres álbumes casi completos en casa, solo me faltan las dos últimas páginas, las de los fichajes de última hora, y sobre todo jugando al fútbol en el patio, en la calle o en el parque. O incluso en las típicas 24 horas en verano, que comenzaban un sábado y acababan el domingo, y era espectacular. Jugábamos al fútbol con lo que fuera. Recuerdo que más de una tarde vino la policía a quitarnos el balón por romper algún cristal. Entonces nos poníamos a jugar con botellas, con piedras o con lo que fuera, siempre con el ruido de la cochera temblando de banda sonora. Era la portería. Hoy apenas se ven estas cosas, por todos los entretenimientos que tienen los chavales, y es una pena porque, como dijo Aimar, antes el fútbol era mucho más callejero, y hoy, más allá de excepciones como Vinicius, cada día se ven menos regates, menos futbolistas desequilibrantes de aquellos que cogían el balón y se iban hacia adelante, como Vicente. Esos jugadores nacían y se hacían en las calles. Como todo: la pasión que se despierta ahí es el motor que te permite salir a flote tras cada caída. Es lo que te empuja hacia adelante. El fútbol es una escuela de la vida. Para la vida”, prosigue Urzaiz, que, a los 12 años, siendo aún infantil, recaló en el Murcia tras destacar en el Caravaca.

 

Urzaiz sigue disfrutando del fútbol, con la misma pasión e ilusión que lo hacía cuando de niño celebraba como propios los brutales cabezazos de su ídolo, más que un ídolo

 

“El primer entrenamiento fue complicado. Venía de un sitio en el que estaba acostumbrado a destacar, y ahí, donde los jugadores son elegidos, cada uno de un sitio de la región, eres uno más. Solo uno más. Y no es fácil gestionar eso siendo un niño”, añade. Empezaron, entonces, un sinfín de viajes en coche junto a su padre: de Caravaca a Murcia, 45 minutos, de Murcia a Caravaca, 45 minutos más, corriendo tras un sueño. El peaje era caro. “Sigue teniendo el mismo coche. Un Seat Toledo”, sonríe Urzaiz, que fue escalando la montaña hasta debutar con el primer equipo. Hasta llegar a pisar el césped del campo que había descubierto el día 19 de mayo de 2011, aprovechando una visita a la Vieja Condomina del Tenerife de Rafa Benítez y de su vecino y amigo Mista. Aquel día acabó haciéndose fotos con Federico Lussenhoff, autor del único tanto del partido, y Bruno Marioni, además de Mista. “Están en casa de mis padres y cada vez que voy las sacamos y recordamos ese día”, asiente, nostálgico. Por el camino, antes de llegar al primer equipo ‘pimentonero’, se coronó campeón de España sub-17 con la selección de Murcia, junto a jóvenes promesas como Dani Aquino, Édgar Méndez o Fernando Martínez, hoy en el Almería. “Fue un hito. Una pasada. Hacía 40 o 45 años que Murcia no se proclamaba campeona de España”, continúa, con la sonrisa tatuada en el rostro.

Pero no todo es feliz ni alegre al mirar hacia atrás para desandar el camino que le ha llevado a vestir las camisetas del Murcia, la Ponferradina, el Cartagena, el citado Eldense, el Lorca, el Orihuela y el Racing Murcia, antes de colgar las botas este verano por culpa de su maltrecho tobillo derecho. “Ha dicho hasta aquí, tras tres operaciones. Comienzo a correr y se inflama y aparece el dolor. El único camino era dejarlo, aunque me duela”, suspira. Su foto de perfil de WhatsApp clama que “la vida a veces duele. A veces cansa. a veces hiere. No es perfecta. No es coherente. No es fácil. No es eterna. Pero, a pesar de todo, la vida es bella”, y la frase, según reconoce, tendría el mismo sentido cambiando la palabra vida por la palabra fútbol. “Al final, en este nivel de Segunda B y Tercera, en el fútbol te llevas más desilusiones que alegrías”, mastica Urzaiz.

Pero las alegrías, aunque pocas, alimentan el alma del hombre y calman la sed del niño, siempre insaciable. Y saben a gloria, igual que saben a gloria los dos ascensos conseguidos a Segunda División con el Murcia (10-11) y la Ponferradina (11-12), aunque no pudo llegar a saborear ninguno de los dos, y los dos ascensos a Segunda B con el Orihuela y el Lorca. Y los 140 partidos disputados en la categoría de bronce. Y los cinco partidos jugados en la Copa, sobre todo el de aquella noche de mediados de noviembre de 2011 en el Santiago Bernabéu. “Era como un sueño. Fue a verme casi toda mi familia. Me faltaban dos entradas y recuerdo que Miguel Albiol, compañero de habitación, llamó a su hermano Raúl, que en ese momento jugaba en el Madrid, y me las consiguió. Y al año siguiente jugamos un partido entre la selección murciana y el Madrid para recaudar fondos para ayudar a superar el terremoto de Lorca. Del primer partido guardo la camiseta de Pedro León, además de la mía, y del de Lorca, la de Mamadou Diarra”, rememora Urzaiz, antes de despedirse para ir a entrenar al cadete del Alcantarilla. Tienen 14 años: los mismos que él tenía cuando, después de romperse el tobillo por primera vez por una patada rival, un médico le dijo que sería muy complicado que volviera a jugar al fútbol. Hoy el tobillo ha vencido una guerra, pero no la batalla: porque Urzaiz sigue disfrutando del fútbol, con la misma pasión e ilusión que lo hacía cuando de niño celebraba como propios los brutales cabezazos de su ídolo, más que un ídolo.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Morety.