Tan solo tenía siete años cuando Pep Guardiola dejó de pertenecer al Futbol Club Barcelona, cuando descubrí que el balompié no solo era aquel deporte divertido en el que invertíamos los recreos mientras jugábamos a soñar con convertirnos en dioses del balón. Profundamente irritado con el Barça por haber permitido un adiós que no acertaba a comprender, incapaz de encajar con un mínimo de dignidad la marcha del único futbolista al que jamás he idolatrado de forma incondicional, le juré odio eterno al conjunto culé. Desafiando al añorado Eduardo Galeano (“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”); decidí refugiarme en la preciosa oda al fútbol colectivo que era el Deportivo de La Coruña de Jabo Irureta, pero el campeonato de liga que consiguió el Valencia de Rafa Benítez en la temporada 01-02 me condujo a abrazar la fe del valencianismo. Supongo que todos queremos ganar, especialmente cuando somos niños.

 

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El paso de los años, imperturbable, ha ido enterrando su nombre en beneficio de los de compañeros mucho más mediáticos; pero resulta innegable que una de las grandes estrellas de aquel irrepetible equipo fue Miguel Ángel Ferrer Martínez, ‘Mista’ (12.11.1978). Tan humilde como sencillo, el incombustible futbolista de Caravaca de la Cruz (Murcia) acabó por erigirse en el mejor delantero del mejor Valencia de la historia, el del mágico doblete de la 03-04. Lo hizo en silencio, de la misma manera que solía aparecer en el área para perforar la portería contraria antes de extender los brazos para celebrar un nuevo tanto con la elástica ché, la que le vio consagrarse como uno de los jugadores más fiables del panorama nacional.

La carrera de Mista arrancó en Caravaca, en los equipos de la peña madridista del municipio. “Con siete años, me metieron a jugar con alevines. ¡Tuvieron que falsificarme la ficha! Fui subiendo categorías y debuté en Tercera con el equipo de mi pueblo en mi primer año de juvenil, cuando llegó el Real Madrid”, rememoraba, en Plaza Deportiva, el polivalente delantero murciano, que creció idolatrando al Fernando Redondo del Tenerife, el que jugaba más cerca del arco rival. Mista acabó de pulir su talento en la prolífica cantera blanca, pero la oportunidad de debutar con el primer equipo no le llegó ni con Fabio Capello, ni con Jupp Heynckes ni con Guus Hiddink, los tres técnicos que dirigieron al Madrid en las dos temporadas y media que el prometedor atacante cruceño jugó con el Castilla. “Para mí fue lo máximo. Porque uno siempre sueña con que un equipo grande venga a por él. Es que estamos hablando de que todo un Real Madrid vino por mí a un pueblo de 20.000 habitantes. Aquello fue como tocar el cielo. Pero después uno tenía que enfrentarse a la realidad, con volver a jugar en Segunda B”, reconocía Mista en una entrevista en la página web de LaLiga.

Estancado en Segunda B, frustrado por la nula confianza de los entrenadores del primer equipo, Mista decidió honrar las palabras que unos años más tarde pronunciaría el atleta paralímpico David Casinos, las mismas que acabaron convirtiéndose en el lema personal del delantero murciano: “Todos los días sale el sol. Y sino me encargo yo de sacarlo”. En diciembre de 1998, Mista se cansó del Real Madrid (“Yo les pedía que me cediesen o que me dejasen marchar, pero el club se cerraba en banda. No me permitían salir”) y decidió rescindir unilateralmente su contrato para incorporarse al Tenerife, que aquella campaña estaba escribiendo el triste epílogo de los mejores años de su irregular historia.

El joven futbolista de Caravaca, que completó la interesante nómina de atacantes del conjunto del Heliodoro Rodríguez López (Roy Makaay, Juanele, Toni Pinilla, Domingos Paciência, Pier Luigi Cherubino, Meho Kodro, Marcelino Díaz y Leandro Machado), no pudo debutar hasta el 7 de marzo de 1999, pero acabó siendo una pieza imprescindible para Carlos Aimar, primero, y para Valentín Jorge Sánchez (‘Robi’), después; aunque sus tres tantos no sirvieron para evitar el descenso de un Tenerife que puso fin a una década brillante en Primera División. Después de una notable primera temporada en la categoría de plata (99-00), la carrera de Mista despegó definitivamente con la llegada a la isla de un tal Rafa Benítez (“Todos los momentos positivos de mi vida los he pasado con él”, como admitía en Las Provincias) que, con la inestimable ayuda del delantero murciano y de futbolistas como Curro Torres, Federico Lussenhoff, Josep Lluís Martí, Federico Basavilbaso, Luis García, Sergio Aragoneses o Gerard Torrado, devolvió el Tenerife a la máxima categoría por la vía rápida tras protagonizar un trepidante mano a mano con el Sevilla, el Betis y el Atlético.

La exitosa campaña del cuadro chicharrero despertó la atención del Valencia, que apostó fuerte por Rafa Benítez, Mista y Curro Torres para tratar de revitalizar un vestuario que todavía lloraba por el implacable revés que supuso la debacle en la final de la Champions League contra el Bayern de Múnich en la tanda de penaltis, la segunda consecutiva tras la derrota contra el Real Madrid del curso anterior. Junto a ellos, desembarcaron en Mestalla hombres como Rufete, Carlos Marchena o Salva Ballesta, completando la plantilla de un Valencia que, tras vengarse del conjunto blanco en la primera jornada (1-0), haría historia al proclamarse campeón de liga 31 años después, cuando lo consiguió con Alfredo Di Stéfano en el banquillo.

Los seis tantos que anotó en aquella maravillosa temporada y los once que celebró en la 02-03, la menos reluciente de las tres que completó Benítez en el Valencia, no fueron más que el prometedor preludio de lo que sucedería en la 03-04, la mejor campaña de la carrera futbolística de Mista. Tras negarse a fichar por el Sevilla cuando ambos conjuntos ya habían alcanzado un acuerdo por unos cuatro millones de euros, el atacante de Caravaca, tan sigiloso que aquel curso ni siquiera constaba entre los 17 futbolistas del Valencia que aparecieron en la colección de cromos, se consolidó como la gran referencia ofensiva del equipo con 19 goles (24 en todas las competiciones) que fueron claves en la consecución del segundo campeonato ché en tan solo tres años. Aquellas 19 dianas, además de servirle para acabar en una meritoria tercera posición en el Pichichi (empatado con Raúl Tamudo y Salva Ballesta; tan solo por detrás de Ronaldo, con 24, y de Júlio Baptista, con 20); le convirtieron en el hombre gol de un equipo que siempre había destacado por la contribución coral en el aspecto anotador (Vicente Rodríguez y él, con 12 tantos en la 03-04, fueron los dos únicos futbolistas que superaron los ocho goles en liga en las tres temporadas de Benítez en Mestalla). “Lo importante es que el equipo marque goles y que sepa rentabilizarlos. Quién los haga es secundario”, enfatizaba Mista.

Aquel extraordinario Valencia firmó su obra magna el 19 de mayo del 2004. Después de eliminar al AIK Solna, al Maccabi Haifa, al Besiktas, al Gençlerbirliği, al Girondins de Burdeos y al Villarreal (en una semifinal, tan apasionante como disputada, que Mista decantó al batir a Pepe Reina desde los once metros en el encuentro de vuelta); el equipo se presentó en la final de la Copa de la UEFA como el indiscutible favorito al título. Poco importó que el dramático recuerdo de las finales perdidas en París y Milán resurgiera de entre las cenizas para atemorizar a la sufridora afición ché. Poco importó que delante estuviera el Olympique de Marsella del veterano Fabien Barthez o de los prometedores Mathieu Flamini o Didier Drogba (“Todos recordamos una jugada entre Drogba y Roberto Ayala en los primeros minutos. En el primer salto entre ambos, Ayala le dejó el codo o le metió la rodilla y Drogba se achantó. Empezamos a ganar la final por ese detalle”, reconocía Mista en Kaizer Magazine). Porque el Valencia, reforzado por el título liguero que había alzado tan solo diez días antes de la final, saltó al césped del Nya Ullevi de Göteborg decidido a enterrar todos sus fantasmas en un encuentro que quedó marcado por la expulsión de un Barthez que, en los últimos instantes de la primera mitad, derribó al omnipresente delantero murciano en la frontal del área pequeña.

La expulsión y la pena máxima, transformada por Vicente, allanaron sobremanera el camino del Valencia hacia un título que quedaría visto para sentencia en el minuto 58, cuando Mista puso el broche de oro a una temporada de ensueño, a una noche histórica, al anotar el 2 a 0 definitivo, al firmar el tanto que todavía recuerda como el mejor de toda su carrera. “Es una jugada de contragolpe en la que Baraja le pone un pase a Vicente, a la banda izquierda. Mientras él conduce, yo continuo la jugada por el centro, realmente solo, hasta que él levanta la cabeza y me pasa el balón. Yo lo controlo con el pecho, amoldo el cuerpo para pegarle con la izquierda y disparo con una mezcla de empeine y exterior”, rememoraba Mista, el MVP de una final que recuerda como uno de los mejores días de su vida: “Podría haber muerto tranquilo. Se cumplió todo lo que soñaba desde pequeño”.

Con todo, a Mista, a uno de los grandes artífices del Doblete del Valencia, aquella sensacional temporada no le bastó para ser convocado por Iñaki Sáez para la Eurocopa del 2004. Tuvo que esperar unos meses más, hasta que Luis Aragonés le convocó para el amistoso contra la selección de China del 22 de marzo de 2005 (“Debutar con la absoluta fue un sueño hecho realidad. Aunque tan solo acabaron siendo dos veces, defender la camiseta del equipo nacional es un orgullo, es lo máximo a lo que puede aspirar un futbolista”).

El ’20’ ché empezó la temporada 04-05 como uno de los delanteros más temibles (en el apartado de Mega Bombers, la colección de cromos hablaba de él como “el estilete del campeón: aunque ya había dado muestras de su depurada técnica, fue la gran sorpresa del campeonato 03-04. El Valencia tenía en casa el artillero que tanto necesitaba”), pero lo cierto es que, con el adiós de Rafa Benítez al Liverpool, empezaron tanto el declive de Mista como el de un Valencia que empezó a navegar a la deriva, adentrándose en la inestabilidad que caracterizaría las siguientes temporadas. La Supercopa de Europa que el equipo alzó al derrotar el Porto, un título que, unido al campeonato de liga y a la Copa de la UEFA, le valió al Valencia para ser galardonado con el premio de la IFFHS al mejor equipo del mundo del 2004; fue una de las últimas alegrías como futbolista ché que vivió un Mista que fue perdiendo protagonismo en beneficio de delanteros como Marco Di Vaio, Bernardo Corradi o David Villa.

Finalmente, después de cinco temporadas, Mista se despidió de Mestalla al término de la 05-06, una campaña en la que tan solo pudo celebrar un tanto, el último de los 48 que anotó en los más de 180 encuentros oficiales que disputó como valencianista. Con 27 años, el atacante cruceño todavía tenía por delante un prometedor futuro, así que decidió recalar en el Atlético de Madrid. Empezó como titular, pero pronto se vio relegado a vivir a la sombra de artilleros de la talla del Kun Agüero, Fernando Torres o Diego Forlán, una situación que, en el verano de 2008, le condujo a aceptar la oferta del Deportivo de La Coruña. Si las cosas no le habían ido demasiado bien en el Vicente Calderón (seis tantos en 47 encuentros, aunque solo fue titular en 24 de ellos), la realidad de Mista aún empeoró más en Galicia. El delantero murciano, ganador de la desaparecida Intertoto en las temporadas 07-08 y 08-09, se estrenó en la liga como deportivista anotando un gol en la visita del Real Madrid a Riazor de la primera jornada del campeonato (2-1), pero una inoportuna pubalgia le impidió disfrutar de la continuidad que tanto necesitaba para volver a demostrar el olfato goleador que enamoró Mestalla.

De hecho, Mista tuvo que esperar más de 14 meses para celebrar su segundo tanto con el Deportivo, para anotar la que sería su última diana en el fútbol español. “Hice una apuesta conmigo mismo. Me dije las lesiones no iban a acabar con mi ilusión por jugar al fútbol. No podía tirar la toalla por toda la gente que había apostado por mí, por quienes confiaban en lo que podía ofrecer”, admitía el delantero en El País. Sin embargo, después de dejarse convencer por su excompañero Julian de Guzmán para aventurarse al fútbol canadiense de la mano del Toronto (1 tanto en 13 encuentros, entre la MLS y la Concacaf Champions League), la pubalgia le obligó a colgar las botas en 2011, cuando tan solo tenía 32 años. “Un día me levanté y me dije: ‘Hoy no iría a entrenar’. Ahí supe que había llegado el momento de dejarlo”, reconocía el atacante de Caravaca en una entrevista en la que también remarcaba que estaba “muy contento de todo lo que he hecho. Cuando empecé en el mundo del fútbol nunca me imaginé que conseguiría todo lo que he logrado. Me voy muy satisfecho”.

Pero lo cierto es que, afortunadamente, Mista no se fue demasiado lejos. De hecho, a pesar de que en el momento de su retirada apuntaba que no se veía en los banquillos, actualmente ejerce como técnico del Juvenil A del Valencia, mientras sueña con llegar a entrenar al primer equipo ché, con emular a su admirado Rafa Benítez. Porque como remarcaba el exfutbolista murciano en una carta dedicada al técnico madrileño en la que rescataba del olvido “una frase que nos decías en el vestuario y yo, que tuve una relación más personal contigo, he hecho mía: ‘Entrenamiento duro, éxito seguro'”; “para bien o para mal, el fútbol nunca para”.

 

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La inmarcesible sonrisa de Ronaldinho, la Champions League de la 05-06 y la perseverancia de un abuelo incapaz de digerir la afrenta familiar que suponía que su nieto no defendiera la causa culé acabaron devolviéndome al barcelonismo, pero me resulta imposible no admirar la figura de Mista, la de “un todoterreno, un currante del fútbol”, como se definía en una entrevista en la página web de la LaLiga. “Mi mayor virtud era el trabajo. Darlo todo, no guardarme nada. Esa es la mejor sensación que he tenido en la vida”, añadía el exdelantero murciano.

El plato favorito de Mista continúan siendo las lentejas de su madre. El personaje histórico favorito de Mista continúa siendo su padre, un humilde carpintero que sacó adelante a toda la familia. Así es el exfutbolista de Caravaca de la Cruz, un tipo sencillo, de los que se dedican a hacer su trabajo en silencio, sin reclamar la atención de los demás. Quizás habrá quienes digan que nunca se consolidó como un gran delantero, que jamás llegó a ratificar todo aquello que dejó intuir en la temporada 03-04. Nadie, sin embargo, podrá negar que Mista es historia viva del Valencia, que tuvo una importancia capital en aquel equipo inolvidable que, de la mano de Rafa Benítez, consiguió mirar a la cara a los grandes del balompié continental.